Editorial-El Correo
- España e Italia ponen fin a los controles fronterizos por la crisis de Ceuta, aunque persiste el malestar entre los Veintisiete por la gestión migratoria de Sánchez
Cuando el 30 y 31 de julio unos 80.000 inmigrantes irrumpieron en Ceuta, 22 líderes europeos firmaron una carta para protestar contra la política migratoria del Gobierno de Pedro Sánchez, en especial a causa de la regularización extraordinaria acordada en abril. Entre aquellos mandatarios destacó Giorgia Meloni, cuya crítica no se limitó a las palabras: decidió inmediatamente suspender el espacio Schengen y restringir la libre circulación entre Italia y España. La decisión, adoptada a principios de agosto, se justificó por razones de seguridad nacional -el Código de Fronteras Schengen permite recuperar excepcionalmente los controles en las fronteras cuando existe una amenaza grave para el orden público o la seguridad interior-.
Los controles se limitaron a comprobaciones de documentación e identidad en puertos y aeropuertos, sin llegar al cierre de las comunicaciones ni a la suspensión completa de los desplazamientos entre ambos países. Sin embargo, fue una decisión muy arriesgada. Al alterar el funcionamiento habitual del espacio Schengen, suspendió de facto el principio de solidaridad europea y abrió la puerta a un clima divisivo en el seno de la Unión que pudiera ser inoportuno y fácilmente aprovechable por potencias hostiles al continente, como Rusia. Tras más de dos meses de pulso, Sánchez y Meloni han acordado poner fin al cruce de controles fronterizos. Si bien tardío, resulta tranquilizador y cierra uno de los enfrentamientos diplomáticos más importantes entre ambos ejecutivos en los últimos años.
La política migratoria de la Unión Europea ha adquirido una relevancia creciente, hasta el punto de que hoy decide el curso de muchas elecciones. De hecho, el acuerdo de ayer entre Italia y España coincidió con la cumbre del Consejo Europeo, durante la cual la inmigración fue una cuestión central en las conversaciones de los Veintisiete. Los líderes reconocieron la «situación especial» de Ceuta y Melilla como única frontera de la UE con África, pero varios se mostraron muy críticos con la política migratoria española. Entre ellos, la danesa Mette Frederiksen, socialista, quien cuestionó de manera velada el proceso de regularización extraordinaria de migrantes de su compañero de filas. Mientras ella exigió a Bruselas que analice el caso de «un país que hace prácticamente lo contrario a los demás», Sánchez se comprometió a rebatir con datos los reproches y abogó por una gestión respetuosa con los derechos humanos. La tensión continúa en territorio Schengen.