- Cada vez somos más los que creemos que la situación política en que ha caído España tiene mucho que ver con las peculiaridades psicológicas del personaje
En lo alto del escenario, un macilento y sudoroso Líder Supremo, ataviado con un niki rojo donde se lee «La Fuerza de la Gente», estrecha en un abrazo la larga espalda de Gómez, vestida con idéntica camiseta. Luego la besa en los labios y proclama ante su Comité Federal: «Que lo escuchen alto y claro: ¡te quiero!».
Entrañable. Solo se echó en falta que por la megafonía sonase Rocío Jurado -ahora convertida en «icono feminista» de la izquierda- entonando con poderío aquello de Como yo te amo.
Imaginamos que la imputada respiró tan aliviada como todos nosotros al escuchar semejante declaración de amor, aun viniendo de un mentirómano compulsivo. Y es que el personaje ha demostrado que es capaz de soltar lastre rápidamente si se trata de salvar el pellejo. Se vio de manera despiadada cuando Ábalos zozobró y se desmarcó de él con su memorable «en lo personal no lo conocía demasiado».
El problema político en que está sumida España es en cierta medida el problema psicológico de Sánchez. Un día después del bochorno de ver a la portavoz de su partido dimitiendo por la hipocresía de su novio multipropietario y escaqueador fiscal, al candidato del PSOE no se le ha ocurrido mejor maniobra de distracción que llevarse a un mitin a su mujer, que el próximo año se sentará en el banquillo ante un jurado popular por sus complutenses chanchullos.
Tras unos bailoteos con el candidato al llegar, Bego se aposentó en la primera fila, flanqueada por dos colosos del PSOE. A su derecha, la mayor cabeza de nuestra vida pública (hablamos de perímetro), el gran Óscar López. A su izquierda, partiéndose de risa, la legendaria Marisu de Triana, autora del peor resultado en Andalucía de la historia del PSOE y premiada con un escaño en el Senado para forrarse a dos carrillos. No es de extrañar que se tronche: doble nómina tras ser vapuleada por el público.
Comenzó el gavilán con su romántica declaración y su pichona, conmovida en la silla y también con un brillo de sudor en el rostro, se llevó las manos al corazón en gesto de gratitud.
La escena me conmovió tanto que la imagen se tornó borrosa por el lagrimeo de mis ojos. Pero luego he visto la jugada repetida para deleitarme en los detalles. Cuando la imputada se encuentra todavía desbordada por la emoción amatoria, el brillante estratega Óscar López le musita algo al oído -probablemente un «sube, sube»-, pues acto seguido la excatedrática extraordinaria salta ágil a las tablas embutida en sus leggins negros. El resto ya es historia: «Te quiero, Begoña. Nos han intentado quebrar de todas las maneras y han logrado justo lo contrario; hoy estamos más unidos y más fuertes que nunca».
Lejos del auditorio de Fuenlabrada, Page explicaba que se había ausentado porque el Primer Camarada le había prohibido hablar. Mientras tanto, Pumpido comienza a calentar para reactivar la fábrica de votos de América, una vez que Gabilondo -el defensor del PSOE, que no del pueblo- ha llevado presto el asunto al TC.
La literatura es un modo de conocimiento sapiencial, como decía el orondo sabio Harold Bloom. Nada evoca mejor el clima de deterioro de la España de la Restauración que la noche alucinada de Max Estrella en el Luces de Bohemia de Valle-Inclán. Caneiro, el más laureado de los escritores gallegos vivos, se propuso escribir el primer gran esperpento del sanchismo. Lo tituló Reino de Babilonia y se encontró con que ni una sola editorial, grande o pequeña, se atrevía a publicarlo. Miedo al poder y censura. Lo ha tenido que editar en Amazon y su panorámica resulta harto sugerente, porque cuando en un futuro se estudie el sanchismo no se podrá olvidar la pasta humana de sus protagonistas.
Begoña y Sánchez son hijos de dos familias modestas que en una sola generación amasaron un buen dinero. Los Gómez, con la prostitución, y los Sánchez, con dádivas del PSOE y una fábrica de plásticos. La pareja que batalla con denuedo contra los fondos buitre es dueña de tres pisos y una casa en la playa. «Grandes tenedores», según su jerga.
Su comportamiento al llegar contra pronóstico a lo más alto ha sido el propio de los nuevos ricos, con un toque hortera y unas efusiones sentimentaloides que parecían reservadas a los culebrones de la siesta. A ello añade Pedro su carencia de brújula moral y un profundo resentimiento, al modo del Tiberio que describía Marañón, que paradójicamente lo ha ido volviendo más amargado, colérico y suspicaz a medida que acumulaba éxitos.
La mentira como modo de vida y un narcisismo que ronda lo patológico. Se creen los profetas de una nueva casta, la de la izquierda caviar. Su sueño calenturiento sería establecer la dinastía «progresista» de los Sánchez-Gómez. Arribistas sin compromiso con su país, son capaces de lo que haga falta para continuar en la torre de marfil (ahí están las sombras de las tramas de guerra sucia y el censo electoral inflado).
El esperpento sanchista podría resumirse con aquella cita de Shakespeare en Macbeth que luego retomó Faulkner: una historia de «ruido y furia». Todo barnizado ahora por un toque kitsch, una ignorancia temeraria de las propias limitaciones y una propensión a olvidar la letra de la ley, quizá inspirada por lo aprendido en su juventud con el rentable vapor familiar.
El cambio en España habrá de ser también moral, e incluso de recuperación del buen gusto.