Ignacio Camacho-ABC

  • Antes o después de las elecciones: ésa es la única duda sobre el contagio a España de la revuelta de violencia urbana

Emmanuel Macron, el último gobernante moderado de Europa, ha perdido el control de Francia en el último tramo de su doble mandato. Su Gobierno no controla el déficit, ni la deuda, ni la economía, ni la inmigración, ni el orden en las calles. La segunda potencia económica de la UE se desangra en una crisis de sistema a ocho meses de las elecciones presidenciales, que con toda probabilidad se disputará entre dos candidatos radicales, ambos prorrusos, porque el presidente tampoco ha sabido ni quizá querido recomponer el espacio de centro ni encontrar a alguien capaz de defenderlo con ciertas posibilidades. Los problemas estructurales que el ensayista Nicolas Baverez denunció en ‘La Francia que cae’ siguen sin resolverse, la mayoría más graves, casi un cuarto de siglo más tarde. Los recurrentes estallidos de violencia urbana son el retrato de una sociedad sin horizontes, incapaz de pagar su enorme gasto subsidial, que se ha acostumbrado a evacuar sus malestares en una periódica orgía de furia salvaje.

Las protestas de estos días empezaron por los estudiantes y siguieron por sindicalistas, agricultores, funcionarios, jubilados y consumidores asfixiados por el coste de la vida y el colapso de los servicios, a los que luego se unieron los heterogéneos ‘chalecos amarillos’. Pero ésa no es la gente que ha quemado Limoges, arrasado Marsella, colocado la bandera palestina en la torre Eiffel y saqueado los comercios parisinos. Tras ella han aparecido los ‘black blocs’ de la extrema izquierda, los guerrilleros enmascarados de la Francia Insumisa de Melenchon, como vanguardia de los jóvenes musulmanes de las ‘banlieues’, los hijos del fracaso del multiculturalismo. Esos son los que han prendido las barricadas de fuego sobre las que el veterano líder poscomunista –una especie de Pablo Iglesias setentón y más revenido– pretende iniciar su campaña hacia los futuros comicios, aunque tal vez sólo consiga arrimar a Le Pen los votos de una clase media espantada por el vandalismo.

Como los disturbios se han extendido ya a naciones vecinas como Bélgica o Italia se vuelve pertinente la pregunta de si llegarán a España. Y la única duda al respecto es la de cuándo, si antes o después de estas elecciones convocadas y planteadas por el sanchismo sobre la base de una polarización frentista máxima. Lo más probable es que hasta el 29 de noviembre sólo veamos apuntes, ensayos de una movilización populista a gran escala que cobrará mayor agresividad en el momento en que se consume la previsible alternancia. Con las derechas en el poder y unas municipales y autonómicas en primavera parece bastante verosímil que la ‘alarma antifascista’ desemboque es una sucesión de huelgas, escraches y algaradas, un desafío callejero disfrazado de democrática revuelta ciudadana. Y habrá, como siempre, una conspicua nómina de intelectuales y órganos de opinión dispuestos a analizarlo –y comprenderlo o justificarlo– con esa prosopopeya enfática que el sedicente progresismo aplica a las causas revolucionarias.