La dependencia de los individuos a su grupo familiar o tribal varía con los lugares y con las épocas. Una autonomía plena en ese sentido no suele ser fácil, tampoco aquí y ahora entre nosotros. En especial, no someterse a la disciplina dictada tiene un precio; a veces, muy alto.
Hablemos de Francisco de Asís, muerto hace justo ocho siglos, se cumplieron el pasado 4 de octubre, cuando tenía 44 años de edad. Un par de decenios antes, había fundado una comunidad cristiana que postulaba dar ejemplo de virtud, sin alarde de virtuosismo o afán de aleccionar. Aquellos hombres buscaban una pauta de autenticidad en su humildad con los demás, con mayor o menor dulzura y comprensión. La editorial Trotta acaba de reeditar Francisco de Asís, libro de André Vauchez publicado hace diecisiete años. De su figura, el medievalista francés resalta:
«no huye del mundo, al contrario, va a sumergirse en él para conquistarlo, en pos de su Señor, y para reintroducir en la sociedad a los pobres y a todos aquellos que han quedado excluidos de ella por el poder y el dinero».
Hace casi un siglo, el legendario ideólogo del PCI Antonio Gramsci reprochaba al Poverello (pobrecillo, en italiano, era el apodo con que se conocía al fundador de la orden de los hermanos o frailes menores) haber contribuido con su pacifismo a condenar a las masas populares a la impotencia, mientras que los herejes, en cambio, habían desafiado a la Iglesia y al poder feudal. No sé.
La coherencia de Francisco de Asís en favor de la paz iba unida a una intensa decisión de no ser agresivo ni consentirse un solo sentimiento de superioridad o de suficiencia con respecto a los demás, no digamos de desprecio. Por el contrario, su estilo de vida, su actitud ante la existencia le llevaba a evitar recriminaciones y polémicas inútiles, a practicar la generosidad con confianza y congruencia. Él y sus compañeros optaron por ganarse el pan con el sudor de su frente, compartiendo la condición de casi todos los hombres de su tiempo. Escogió situarse del lado de los pobres, los desheredados y marginados; lo hizo, en palabras de Vauchez, con «la certidumbre de que la humanidad pecadora está llamada a progresar junta hacia el conocimiento del verdadero rostro de Dios», en una conversión continua.
En consecuencia, el Poverello no quiso oponer una Iglesia ‘pura’ a la institucional. Apartado de la cultura libresca, entendía que sólo con la conducta y viviendo en fidelidad a la Iglesia podía darse paso a la santidad; no buscada en sí misma y nunca clericalizada. Aquel hombre desprendido y desclasado, procedente de una familia acomodada, tenía escasa formación intelectual, escribió muy poco, carecía de afán de protagonismo y se mantenía en segundo plano. Se volcó, en cambio, en ejercer una visión espiritual y lírica que le produjera paz y gozo, embelleciera cuanto le rodeaba y le confiriera hermanamiento. Hace más de cuarenta años, Juan Pablo II lo nombró patrón de los ecologistas.
Unos años antes de morir dimitió de su cargo en la orden. Su salud era frágil. Cuando tenía veinte años de edad, participó en una batalla donde fue hecho prisionero y estuvo encerrado durante un año en una mazmorra insalubre de Perugia, donde enfermó gravemente y hubo de aprender a soportar tribulaciones.
A los dos años de morir fue canonizado, lo cual le dio una notoriedad fuera de su tierra que nunca había tenido. Merece saberse que no se contó con un retrato suyo hasta más de medio siglo después de su muerte. Un cronista que había llegado a verlo predicando escribió que «llevaba un mal hábito; toda su persona parecía insignificante; su rostro no era hermoso».
Su tumba desapareció en el siglo XV y no fue recuperada hasta 1818, cuando se encontró tras unas excavaciones hechas en la basílica de Asís. Un personaje fascinante y carismático que nunca pretendió estar en el lado correcto de la historia, porque éste no existe y es sólo una frase empalagosa, propia de bobos y engreídos. Lo que sí quiso fue estar radicalmente en el lado de los excluidos, personas deshumanizadas o menospreciadas: el poverello que no quiso ser ejemplo de nada, sino simplemente vivir en armonía con los seres vivos y con el misterio del amor de Cristo. Nada más.