Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Cuando se escriba la historia completa de la caída del sanchismo, régimen de corrupción sistémica que ha sido la peor amenaza contra la democracia y la propia España desde 1978, habrá que dedicar el espacio que merece a la impagable contribución del periodismo independiente a la defensa de una democracia al borde del colapso
Tanto la del profesional de noticias e investigaciones como la de análisis y opinión combativa. Su importancia no ha sido menor que la de los jueces insobornables y la policía judicial, con la UCO de la Guardia Civil a la cabeza.
Caída inminente tras la defección del gran mariscal del régimen, Cándido Conde-Pumpido, sumada a los fracasos desastrosos del plan Ceuta, el plan vivienda con la ocupación de Sol, la ansiada ‘ley de nietos’ con renovación del censo a la medida del psicópata, la estrategia de Partido del Amor y la inadmisión del recurso de Gabilondo para salvar la adulteración del censo con descendientes de falsos exiliados republicanos, tan conmovedores como ese senador mexicano del PRI de 90 años (acaso descendiente de Hernán Cortés).
El periodismo superviviente ha ganado
El periodismo imprescindible ha sobrevivido refugiado en algunos pocos medios de comunicación, y muy destacadamente en pequeños digitales, como este donde me leen. Medios sin financiación suficiente, constantemente amenazados desde el poder político e ignorados a conciencia por poderosos empresarios que, en cambio, no tienen inconveniente en dilapidar dinero sosteniendo grupos de comunicación abandonados por el público, pero que aún proporcionan brillo social e influencia política (el futuro dirá si ha sido un acierto inversor de los oligarcas del Ibex).
Dice mucho del régimen, y de la degeneración de la democracia en España y buena parte del mundo occidental, que el mantenimiento del sanchismo y su montaña de basura corrompida haya dependido tanto de la colaboración obsequiosa de los grandes medios y del penoso tertulianismo patrio. Se han ganado el apodo de la “sincronizada” desde que tantos aceptaron ser las cámaras de eco de consignas muñidas en Moncloa y Ferraz por asesores áulicos pagados por el contribuyente.
Salvar la democracia de la corrupción
El caso es que la revelación de los escándalos de corrupción más notorios, y de la corrupción de la política en general, ha salido de esos pequeños medios digitales, como mucho medianos, donde se ha bregado una nueva generación de periodistas investigadores mal pagados.
Da igual que en los últimos tiempos se haya abierto un mercado de fichajes de tales periodistas por los grandes grupos que temen la vuelta de la tortilla política que sostenían mientras continúa el declive de difusión. Siguen siendo los pequeños los que redactan cada día la agenda de temas realmente relevantes, y entre estos medios regeneradores del periodismo y de la cosa pública está Vozpópuli, el medio en que escribo.
En la teoría del idealismo democrático una de las misiones sagradas de los medios de comunicación, y cuanto más grandes mayor será, consiste en fiscalizar al poder político y económico en base a la sospecha liberal de que toda desconfianza siempre será poca con quienes gobiernan a todos.
El reverso de este principio, que descubrieron en seguida los falsos demócratas, es hacerse con el control de los medios y convertir el control del poder en farsa y el aplauso en obligación disfrazada de cortesía.
En nuestro caso, el apeo del periodismo de su labor crítica, convertida en andador de tipos corruptos e incapaces, se remonta al menos a Zapatero y sus aliados nacionalistas. Fue en Cataluña y País Vasco donde primero se estranguló la disidencia periodística -a tiros y con bombas, en el caso vasco- y se sincronizó a los medios en defensa cerrada del nacionalismo obligatorio. Los socialistas tomaron buena nota. El duopolio televisivo de Zapatero ha sido el aparato de respiración asistida del sistema corrompido, algo que la derecha no supo ver, o peor, quiso poner a su servicio en la época de Rajoy con torpeza contraproducente característica.
Travesías del desierto sin tinta ni internet
Viví en persona la involución desde los tiempos en que unos cuantos nos convertimos en látigos del terrorismo y el nacionalismo vasco obligatorio por la combinación de deber político y moral, casualidad y gusto por la escritura y el debate público. Recibí muchas llamadas para escribir artículos de opinión tras cada atentado de ETA porque las firmas principales lo encontraban demasiado peligroso, o no sabía muy bien que decir, más allá de la condena elemental. Habrá que dar detalles un día.
Dicho interés desapareció como por ensalmo cuando el establishment se convenció a sí mismo de que el terrorismo era cosa del pasado, que llegaba la sociedad de socialistas y etarras llamada paz con paso arrollador y amnesia curativa, y que los veteranos de columna crítica debíamos ser silenciados como ruidos anacrónicos. La cosa empeoró, si cabe, cuando uno cometió la imprudencia de cofundar con Rosa Díez, Fernando Savater y unos cuantos locos más el partido que más acertó en el diagnóstico de los males y peligros del sistema, ya en 2007: UPyD.
Cuando aquello se acabó y quise volver a la gresca de papel ni un solo periódico quiso publicarme nada. Tampoco famosos del gremio que se decían muy agradecidos por el apoyo incondicional en los años de plomo y goma dos. Yo había publicado docenas de artículos en Vocento, El País, ABC y El Mundo, y todo eran portazos. Bien, toda crisis es una oportunidad y con algunos amigos abrimos nuestro pequeño digital de análisis, El Asterisco. Brilló algunos años, pero no sobrevivió a las leyes del mercado.
Vozpópuli
Así estaban las cosas, de nuevo tirado como el capitán Drogo en el desierto de los tártaros de Dino Buzatti, cuando un día me llamó Jesús Cacho y me ofreció colaborar en Vozpópuli en la sección de opinión, a cargo de Alejandro Vara. Desde entonces he publicado, si las cuentas no me fallan, unas 255 columnas en este medio tan hospitalario, abuso por el que les estoy muy agradecido.
Celebra estos días Vozpópuli su decimoquinto aniversario. Y aunque no he podido asistir a la celebración en Madrid quiero unirme desde la columna del viernes -escrita en la tierra de Mordor, donde el terror vuelve a enseñar la patita (no se podía saber)- a celebración tan merecida. Muchas felicidades a todo el equipo, y muchas gracias a los lectores que nos dan soporte.