Editorial-El Español

El caso de las joyas halladas en el despacho de José Luis Rodríguez Zapatero ha dejado de ser un asunto judicial más del largo carrusel de escándalos que rodean a Pedro Sánchez para convertirse en un problema electoral de primer orden para el PSOE.

Un solo ejemplo. El jueves, Pedro Sánchez eligió el plató de La Revuelta para responder a David Broncano sobre el tema. Lo hizo con una evasiva tan absurda como reveladora: «Muchas veces los presidentes del Gobierno no saben cuáles son los obsequios que el anfitrión o el líder que visita el país te da».

Para ilustrarlo, recurrió al revólver que le regaló Erdogan en la última cumbre de la OTAN y que, según dijo, dejó en un cuarto de Moncloa junto a otros regalos institucionales.

Si Broncano hubiera sido un periodista de primer nivel en vez de un presentador que le debe su puesto en La 1 a Pedro Sánchez, le podría haber preguntado cómo aparecen joyas por un valor presunto de varios millones de euros en la caja fuerte personal de un presidente sin que este lo sepa.

En cualquier caso, el mensaje es claro: Sánchez sigue protegiendo a Zapatero y, al hacerlo, agrava un escándalo que ya es doble.

El primer escándalo es el de las propias joyas.

En mayo de este año, durante un registro enmarcado en el caso Plus Ultra, la UDEF localizó en la caja fuerte del despacho de Zapatero en la calle Ferraz un lote de alhajas y relojes que una primera tasación situó en torno a 1,3 millones de euros.

Las piezas más valiosas (collares de oro blanco cuajados de diamantes con esmeraldas de Zambia o zafiros de Tailandia) no figuran en el inventario de regalos institucionales que el propio Zapatero entregó a Patrimonio del Estado al abandonar la Moncloa.

Sí entregó, en cambio, un reloj de sobremesa dorado con esmeraldas que le hizo el mismo rey Abdullah de Arabia Saudí en la misma visita de 2007.

El contraste es muy revelador y es seguro que el juez lo tendrá muy en cuenta en su momento.

El entorno del expresidente ha ofrecido versiones sucesivas y contradictorias (herencia familiar, regalos de viajes, «obsequio personal» del monarca saudí) sin aportar hasta ahora la documentación que acredite de forma inequívoca el origen de las piezas y el motivo de su entrega.

La Fiscalía Anticorrupción ha pedido ya que se investigue a Zapatero también por malversación, además de por delito fiscal y contrabando.

Si los regalos se recibieron en su condición de presidente del Gobierno, el Código de buen gobierno que su propio Ejecutivo aprobó en 2005 obligaba a incorporarlos al patrimonio del Estado. Y por eso quedárselos no es un detalle menor. Porque supone una apropiación de bienes que deberían ser públicos.

El segundo escándalo es la cobertura política y casi personal que Sánchez sigue prestándole a Zapatero, sin que haya una explicación clara del porqué.

Este jueves, Broncano le preguntó con ironía si en 2032 le iban a «descubrir unos pendientes de oro buenos».

El presidente no exigió explicaciones a Zapatero ni defendió el principio elemental de que los regalos institucionales deben ser declarados. Optó por la anécdota del pistolón turco, ya vieja y repetida, y por la idea de que los jefes del Ejecutivo a menudo desconocen lo que les regalan.

La explicación quizá convenza a los más sectarios entre la izquierda. Pero existe un inventario formal de obsequios. Pero Zapatero sí entregó otros regalos. Pero el propio Código de buen gobierno establece límites claros a lo que puede considerarse cortesía habitual.

Son demasiados ‘pero’ como para pasarlos por alto.

Así que la evasiva de Sánchez no es inocente: forma parte de una estrategia de protección que el presidente ha mantenido desde el principio del caso, cuando relativizó la gravedad del asunto y dejó en manos del expresidente la decisión de entregar o no las piezas.

Hoy, con la justicia avanzando (segunda tasación encargada, petición urgente del inventario completo a Patrimonio y posible comisión rogatoria a Arabia Saudí), esa protección resulta tan chocante como inculpadora. Nadie protegería de esa manera a Zapatero si no tuviera algo que perder en el envite.

El momento es pésimo para Sánchez. Porque el caso ha entrado de lleno en la precampaña de las elecciones del 29 de noviembre. Y por eso Sánchez eligió la televisión pública y el tono distendido de Broncano para diluir un asunto que la Fiscalía acaba de agravar, entre tantos otros a los que también le interesaba poner sordina.

El mensaje que transmitió Sánchez es el de siempre: la ley del silencio pesa más en su PSOE que la exigencia de transparencia y la rendición de cuentas.

El escándalo de las joyas de Zapatero ya no es sólo un problema judicial del expresidente. Es también un test de la responsabilidad de Pedro Sánchez y del PSOE.