- Las imágenes de París dan ya la vuelta al mundo: nuestras calles destripadas, nuestras avenidas incendiadas y la República desafiada en sus lugares más sagrados.
Hoy es el primer lunes después del 17 de octubre (porque quizá haya, por desgracia, en la historia de la Francia contemporánea, un antes y un después del 17 de octubre).
Pienso en los comerciantes saqueados durante aquella terrible noche del sábado y, en menor medida, del domingo.
Comerciantes que, al amanecer, se encontraron el escaparate hecho añicos, las estanterías arrasadas y su vida de trabajo, de sacrificio y de esperanza arruinada por unos bárbaros.
Pienso en los bomberos amenazados, apedreados, humillados, a veces heridos.
Y a los que en Lyon, en Joué-lès-Tours y en Toulouse se intentó impedir, entre gritos, el acceso a los lugares del siniestro.
Pienso en los ciudadanos de Limoges que vieron su ayuntamiento, su Notre-Dame de la República, derrumbarse ante sus ojos, devastado por el incendio.
Ese lugar de memoria y de vida donde generaciones enteras se casaron, votaron y celebraron a sus hijos y a sus mayores.
Pienso en los basureros a los que los alborotadores, al amanecer, cuando se cansaron de romper y se fueron a dormir la resaca de su noche, ahítos de estruendo y de destrucción, les dejaron la tarea de retirar los escombros de su saqueo.
Y de limpiar las calles que habían dejado hechas un asco.
Pienso en los policías a los que se insultaba desde hacía semanas, a los que se señalaba como enemigos del género humano y como asesinos.
Policías que aquel día, y luego aquella noche, permanecieron en su puesto, expuestos a la furia de una turba imbécil, estoicos bajo las pedradas, heridos en grandísimo número.
Merecen, estos guardianes de la paz, el homenaje de la patria agradecida.
Manifester est un droit fondamental. Semer le désordre avec violence et de manière concertée n’en est pas un. Attaquer nos forces de l’ordre, s’en prendre à nos institutions, dégrader des bâtiments publics, s’introduire dans des préfectures ou des mairies, piller des commerces : rien ne peut le justifier. Au lendemain de cette journée du 17 octobre qui dans certaines villes s’est poursuivie très tard, je remercie vivement et j’apporte mon total soutien aux policiers, aux gendarmes et aux sapeurs pompiers qui, partout en France, sont intervenus dans des conditions extrêmes. Dès la mi-journée, à Marseille dès le matin, des exactions étaient commises par plusieurs milliers d’individus d’ultra gauche décidés à s’en prendre à nos bâtiments publics et à prendre à partie nos forces de l’ordre. Par la suite, ils ont été rejoints par des délinquants qui ont pillé et saccagé de nombreux commerces dans plusieurs villes en France : Paris, Marseille, Lyon, Bordeaux, Rennes, Strasbourg, Grenoble, Nice, Limoges, … et bien d’autres. Pour l’heure, plus de 2 000 personnes ont été interpellées et dès aujourd’hui des enquêtes sont menées pour identifier les auteurs de ces actes pour qu’ils en répondent devant la justice. A ce stade, plus de 600 policiers, gendarmes et sapeurs-pompiers ont été blessés pris dans ces scènes de violences. Ce bilan sanitaire n’est malheureusement que provisoire. Les dégâts matériels sont considérables, pour notamment plusieurs centaines de commerçants. La République ne cédera rien à ceux qui veulent imposer le désordre et la violence.
— Laurent Nuñez (@NunezLaurent) October 18, 2026
Pienso en los canallas descerebrados que rompieron por romper y saquearon para revender.
Y que se graban en las redes convirtiendo la leyenda Robado el 17 de octubre en un sello de calidad para el pasamontañas, el plumífero, el chándal o el perfume exhibidos como trofeos.
Pero pienso también en los espíritus débiles a los que los canallas elocuentes de La Francia Insumisa, con la banda tricolor en bandolera, han convencido de que la violencia es «legítima».
De que ha llegado la hora de «derribar la ciudadela» y de que no hay que «ceder ante los perros guardianes que ordenan llamar a la calma».
(Citas exactas… Fuentes y contextos a disposición… ¿Por qué no una comisión de investigación parlamentaria que determine la responsabilidad de esta gente en este estallido de salvajismo?)
Pienso en los hogares que no pueden ni llegar a fin de mes, ni pagar el material escolar de los niños, ni llenar el depósito sin privarse de algo.
Hogares cuyas justas reivindicaciones quedaron ahogadas por el griterío de los jefes melenchonistas.
Y luego, cuando alguien cayó en la cuenta de que la cosa se torcía, por un nuevo estruendo: el de unos chavistas de tres al cuarto que, como si manifestantes y alborotadores fueran una tropa a la que hacer marchar al paso, corrieron a la televisión.
Allí, con una media vuelta digna de una comedia de cuartel, exhortaron a «la gente» a la «disciplina» y a la «sangre fría».
Une fois de plus, j’appelle à la discipline du combat. Pas de panique ou d’énervement. Du sang-froid. Cela ne sert à rien de mettre le feu ! Nous sommes en ordre, disciplinés. Nous ne commettons pas d’actes qui vont à l’encontre de l’objectif que nous nous sommes donné. Nous appelons à des méthodes de lutte non-violentes et à rien d’autre !
— Jean-Luc Mélenchon (@JLMelenchon) October 1, 2026
Pienso en los estudiantes de instituto engañados, de quienes se decía que serían el corazón del movimiento y cuyas legítimas y nobles iras se pretendía abanderar.
A ellos se les prometían profesores que faltaran menos y clases de un tamaño más humano.
Pero están descubriendo que eran, en el mejor de los casos, los figurantes de una ópera bufa a mayor gloria de un «insumiso» de pacotilla vendido a todos los dictadores.
Y, en el peor, carne de cañón electoral.
Pienso en los vecinos de la plaza Bellecour en Lyon, del Vieux-Port en Marsella o del bulevar Magenta en París, cuyos barrios soñaban estos facciosos con convertir en nuevos barrios perdidos de la República.
Vecinos que tuvieron que bajar las persianas, dejar a sus hijos en casa y esperar a que los alaridos se alejaran para atreverse, como en una ciudad en guerra, a volver a salir a la calle.
Un manifestante disfrazado junto a un coche ardiendo. Reuters
Pienso en la gran tradición de las insurrecciones parisinas, que quizá idealizo un poco.
Pero no. No sueño. He leído bien Los miserables. Y La educación sentimental. Y El insurrecto, de Jules Vallès.
Había de verdad un ideal que animaba a Gavroche, a Sénécal y a Delescluze, una vaga idea de la justicia, una promesa de emancipación.
Y todavía en Mayo del 68 los lanzadores de adoquines eran a la vez inmensamente cultos y movidos por un poderoso impulso hacia el futuro.
¡Qué lástima que todo eso se haya borrado! ¡Esta ira ya sin palabras, sin causa, sin mañana!
¡Esta revuelta nihilista, alimentada por el resentimiento y el odio, que nada espera y nada quiere!
Pienso en París, al que tanto quiero y cuyas imágenes dan ya la vuelta al mundo y dicen por nosotros lo que no supimos impedir.
Nuestras calles destripadas, nuestras avenidas incendiadas, la República desafiada en sus lugares más sagrados y nuestros responsables políticos desbordados y tirados a la basura a seis meses de unas elecciones presidenciales vitales para el país.
Pienso en todo eso. Me aflijo. Temo lo que se avecina.
Y me viene a la memoria la frase de Tocqueville el 27 de enero de 1848, poco antes de las jornadas de febrero y del posterior aplastamiento sangriento de la insurrección: «Creo que, en este momento, nos estamos durmiendo sobre un volcán«.
¿Hemos llegado a eso?
Plantear la pregunta me hiela la sangre.