Me confieso un bicho raro en hábitos televisivos. Concentro mi escaso tiempo como espectador en las series de misterio con trasfondo político y el baloncesto europeo.
De hecho, jamás había visto un programa de Broncano antes de sus casi dos horas con Sánchez de este jueves. Me había hablado tan elogiosamente de él un amigo del PSOE, de los de ‘con el partido, con la verdad o sin ella’, que poco menos que lo tenía amortizado en el subconsciente.
Lo de la otra noche confirmó en buena medida el estereotipo.
Si Broncano colegueaba tan fluidamente con el presidente al hablar de la intervención de los alquileres, la pasividad ante la invasión de Ceuta, la inocencia de Begoña o por supuesto la Monarquía («Esto va de cargarse al rey») y la República («No tendremos esa suerte»), no era solamente por el tono ligero del programa.
Era el diálogo entre un entrevistador de marcada ideología socialista y un gobernante que dice pretender perpetuarse en el poder para aplicar políticas socialistas, incluida la permanencia de La Revuelta en la parrilla.
Pero este matiz, subrayado irónicamente por el propio Broncano, creó sutiles momentos de distanciación brechtiana que hicieron interesante el programa, a pesar de que, como a tantas películas, le sobrara al menos media hora.
Vaya por delante que me parece patético que la televisión pública contribuyera con el chiste del ajedrez a la campaña emboscada que Sánchez ha recrudecido contra Felipe VI, a raíz de la claridad con que le ha exigido —a él y a las demás «autoridades»— defender Ceuta y Melilla «sin medias tintas».
Las imágenes recurrentes del punkie con esa camiseta ácrata en la que se leía «Ni Patria, ni Rey, ni Dios, ni Amo» parecían cedidas por el canal underground de Pablo Iglesias.
Que eso sucediera en un programa de máxima audiencia, pagado con nuestro dinero y bajo la vitola de «servicio público», es el indicio más claro de hasta dónde está llegando la autodestrucción del Estado constitucional.
De broma en broma, esto puede ponerse muy serio.
Pero también me parece justo destacar que los lametones de brocha gorda de los anteriores entrevistadores de Sánchez en TVE fueron sustituidos por algunas caricias con las uñas afiladas y un regalo final envenenado.
Por eso me quedé con la duda de si todo el programa no fue un ejercicio del género satírico, basado en la técnica clásica de elogiar exageradamente al poderoso para desnudarle ante el público.
Pope confesó haberlo hecho al dirigirse a Jorge II como «Augusto» y añadir que «la loa inmerecida es el escándalo disfrazado».
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No conozco a Broncano, ni sé cómo trabaja los guiones con su equipo, pero su cálido recibimiento al «Presidente… por pocos días», fue lo más parecido a lo de «entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja», atribuido a Quevedo.
Su cachondeo compartido sobre la nota que Tezanos le pondría a Sánchez —»diez sobre diez»—, justo el día en que la Junta Electoral acababa de denunciar al director del CIS por manipular las encuestas, también encajaría en el género del alarde bumerán.
Algo así como cuando Lucano, para llamar gordo a Nerón, le pidió que no se sentara en un extremo del cielo porque el techo del mundo notaría el peso de su divinidad.
Otro tanto podría decirse de la fingida complicidad de Broncano cuando Sánchez trató de explicar la corrupción de Ábalos y él se refirió al «grupo que teníais un poco guarrete».
O al servirle de eco sarcástico cuando el presidente añadió que se quedó «helado» al descubrir la tostada.
La única complicación de fondo llegó con el fracaso capital de Sánchez, dejando pudrirse durante ocho años el problema de la vivienda. «Os habéis esperado muy al final…», le espetó Broncano. «La gente tiene una decepción respecto al PSOE porque en la práctica estamos igual».
Como sentía que jugaba en casa, Sánchez se relajó y al referirse al decreto sobre alquileres, se le escapó que su «somos más» de julio del 23 fue siempre una gran mentira: «Lo hemos presentado en cinco ocasiones durante estos tres años y medio y en las cinco nos las ha tumbado la mayoría de derechas del Congreso de los Diputados».
Si Broncano no hubiera ejercido de «compi—yogui» de ida y vuelta o tuviera mejores fundamentos democráticos, le habría preguntado ipso facto por qué no convocó elecciones tras el primer tropiezo en la realidad en lugar de hacerlo tras el quinto.
La consecuencia de ello es que Sánchez ya ha pasado a la historia como el único gobernante en medio siglo que ha aprobado más decretos que leyes, mutando así nuestra democracia en autocracia.
Se acercaba la medianoche y el programa dormía a las ovejas. Máxime cuando Sánchez eludió contestar cuál es su patrimonio —no vaya a ser que…— y desactivó asépticamente el morbo, atribuyéndose una vida sexual «activa y sana».
«Sánchez ya ha pasado a la historia como el único gobernante en medio siglo que ha aprobado más decretos que leyes, mutando así nuestra democracia en autocracia»
Pero quedaba la postdata del bufón, o más exactamente de la actriz cómica, con las dos preguntas que ningún interlocutor válido había formulado nunca en voz alta en presencia del gran ‘Perro Sanxe’.
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Candela Peña llegó disfrazada del objeto de su adulación: «Es un homenaje a ti, cuando vas a los sitios como este… siempre te vistes de vaquero».
Sólo que más emperifollada y con sombrero. Como lo hacían los bufones que imitaban las galas de los reyes y los nobles, añadiendo gorro y sonajero.
Era una irrupción con desopilante licencia de proximidad: «Me he puesto así para ti… ¡Peter! Hueles a cremita… Marica… Pedra… La Peter».
Y con licencia también de transgresión: «¡Ay, te estoy tocando mucho! Perdóname». Expresamente reconfirmada: «No, no. Puedes tocar lo que quieras».
Era la licencia del «licenciado Vidriera» cervantino a quien, mientras se cree de vidrio, la Corte ríe las verdades más impertinentes. Una vez curado, nadie le escucha y debe marcharse a Flandes.
La verdad sólo se tolera mientras viene de un loco, de una loca o de quien se lo hace.
Es la única espita a la crítica en cualquier absolutismo. «He de tener libertad, un fuero tan ancho como el del viento, para soplar sobre quien me plazca, que así lo tienen los bufones», proclama el cortesano Jacques de «Como gustéis» al ofrecerse para el puesto.
En el Rey Lear, Gonerila se queja a su padre de «este bufón tuyo con licencia para todo». Un bufón que llama al rey «bobo», con cariño y a la cara, como hizo Candela con Sánchez, e incluso le dice que «los demás títulos te los han regalado y ese lo traías de nacimiento».
Qué no habría dado Sánchez para que lo que le hubiera llamado la bufona hubiera sido «bobo». Candela Peña tenía permiso para «tocarle lo que quisiera» y vaya que si lo hizo.
Si el presidente primero se quedó cerúleo y luego esbozó una sonrisa de cocodrilo en ayunas fue porque oyó algo muy distinto de lo que esperaba:
«Este hombre, perdóname ahí, con respeto y con todo, pero digo yo, ¿será un psicópata?».
Como escribió Lorena Maldonado en su antológica columna fue «ese segundo insoportable en el que eres cercado, en el que eres resumido en una sola palabra y para siempre».
Era como si Santiago Abascal, el último en llamar «psicópata peligroso» a Sánchez por su «traición» a Ceuta, se hubiera introducido de repente en el cuerpecillo de la actriz que interpretó a Rosario Porto en ‘El caso Asunta’.
Es decir, de alguien con cierta autoridad para hablar de psicopatía, esa «anomalía por obra de la cual —según la RAE— se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece».
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Por mucho que se haya llamado psicópatas a Hitler, Stalin o Mao, la psicopatía no es sinónimo de crueldad, manía persecutoria, cinismo o extravagancia.
Cada psicópata tendría su propia «alteración de la conducta» y la que mejor encaja en el caso de Sánchez es el autoadictivo «síndrome de hubris», fruto del ejercicio prolongado del poder.
Como se sabe, la «hubris» es el pecado de soberbia que los dioses endilgaron a los humanos. En la vida pública caracteriza a quien se cree por encima de las leyes, desprecia los controles institucionales y confunde su ansia insaciable de poder con el interés del pueblo.
«Cada psicópata tendría su propia «alteración de la conducta» y la que mejor encaja en el caso de Sánchez es el autoadictivo «síndrome de hubris», fruto del ejercicio prolongado del poder»
Es verdad que la frialdad bajo presión, la imperturbabilidad ante el descubrimiento de sus desmanes o la disposición a cambiar de posición ante cualquier asunto permitirían tomar por psicópatas a muchos políticos oportunistas.
Incluso a esos serviciales jerbos especializados en salvar obstáculos, transitar por terrenos hostiles y cambiar de rumbo a gran velocidad.
Pero la ambigüedad que permitía amortizar como una broma la transgresión de la bufona se disipó bajo la tapadera de las risas cuando llegó la segunda pregunta sobre por qué se empeñaba en continuar en el poder.
«Pero, marica, por qué quieres seguir… ¿Te gusta porque tú socialmente quieres trabajar para nosotros o porque a ti te mola estar allí en la Moncloa y tener mucha gente y mucha comida gratis?»
Era la indagación sobre el ánimo de Sánchez. La búsqueda del dolo en la obsesión por no bajarse del sillón. El requerimiento sobre ese narcisismo enfermizo que, según Max Weber, infecta y degrada la vocación por la política.
«La ambigüedad que permitía amortizar como una broma la transgresión de la bufona se disipó bajo la tapadera de las risas cuando llegó la segunda pregunta sobre por qué se empeñaba en continuar en el poder»
Lo mismo que, por cierto, comida excluida, yo le pregunté con la mirada a Margarita Robles cuando me la crucé el pasado miércoles, sin reponerme aún del asombro de que a estas alturas de su vida haya aceptado desprestigiarse blanqueando como número dos al ‘señor X’ del siglo XXI.
Pero a estos fuegos artificiales, con muchas carantoñas «a la Bego», aún les faltaba la traca que precede a la oscuridad y el silencio.
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Sánchez estaba diciendo que, además de andar en bici para relajarse, practica la «meditación» cuando, como quien no quien quiere la cosa, reapareció Broncano por su espalda y soltó otra palabra «bomba»:
«¿Terapia no? Terapia en plan…»
Sánchez admitió que «hay mucha gente que se pone en manos de profesionales» –»yo, yo… yo hago terapia», remachó Candela— pero dijo que no era su caso.
Me quedo con la incógnita de si Broncano y su troupe tocaron la flauta accidentalmente o se hicieron los ingenuos, conociendo la «regla Goldwater» que requiere que un político haya sido evaluado por un especialista para hablar con propiedad de su psicopatía.
Se trata de una norma deontológica establecida por la Asociación Americana de Psiquiatría a propósito de las teorías de que el halcón republicano derrotado por Lyndon Johnson en 1964 no estaba en sus cabales cuando proponía escalar la guerra fría.
Más de medio siglo después la conducta errática de Trump ha llevado a muchos profesionales de la salud mental a renegar de esa restricción, alegando que hay signos externos lo suficientemente elocuentes para catalogarle, aunque nunca haya hecho terapia.
En esa misma línea el 16 de noviembre del año pasado Gabriel Rufián llamó a Carlos Mazón «psicópata» en la comisión de investigación sobre la dana y la portavoz del PSOE le respaldó alegando que no se trataba de «un insulto» sino de un «diagnóstico». Que se sepa ninguno de los dos pasa consulta.
Debo reconocer que lo más probable es que nunca averigüe si lo que ocurrió el jueves, al filo de la hora bruja, fue un «resoplido por casualidad» o el acta notarial de la izquierda inteligente reconociendo que el sueño de su razón ha engendrado un monstruo ya fuera de control.
Lo que consta en la videoteca es la forma en que el gran Perro Sanxe eludió el embrollo. Cual duque de Mantua dirigiéndose a Rigoletto, se declaró merecedor del halago sin darse por aludido en lo demás.
Cuando Candela Peña volvió al piropo del vaquero, el presidente se contoneó gustándose a sí mismo: «Pero me queda bien, ¿no?». Lo de la psicopatía y la Moncloa molona quedaban sin respuesta. Aparentemente.