Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Francia ha cruzado ya la frontera del desastre. España va en el mismo tren, pero aplaudiendo al maquinista. Es preciso sacarlo a rastras de la máquina cuanto antes

En la mañana del 25 de agosto de 1944, con la guerra ya perdida, Adolf Hitler telefoneó hecho una furia al general Dietrich von Choltitz, a la sazón gobernador militar del París ocupado, con una pregunta perentoria: “¿Arde ya París?”. El dictador nazi le había ordenado volar los puentes sobre el Sena y los monumentos más emblemáticos de la capital (la Torre Eiffel, el Louvre, Notre-Dame, etc.), dispuesto a reducir París a escombros antes de dejarla caer en manos de las tropas aliadas que se acercaban a gran velocidad para liberarla. Von Choltitz desobedeció la orden y no destruyó París. Poco después, se rindió a las fuerzas aliadas, salvando la ciudad de la ruina total. Algo más de 82 años después, el “¿Arde ya París?” de Hitler se ha convertido en una realidad por obra y gracia de la alianza entre la extrema izquierda que comanda el líder de La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Mélenchon, y el islamismo radical de segunda/tercera generación que, nacido, educado (es un decir) y generosamente financiado por el Estado de Bienestar galo, sueña con reducir a cenizas esa Francia que le ha dado cobijo y sustento. A cinco semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, la España que durante ocho años ha sido un bálsamo de paz bajo los Gobiernos de Pedro Sánchez, se ha convertido de repente en una olla a presión a punto de explotar con huelgas y conflictos de toda clase. ¿Qué está pasando aquí? La respuesta es obvia. El presidente parece dispuesto a incendiar España con tal de que la derecha no llegue al poder. ¿Arde ya Madrid?

Lo ocurrido en La Coruña este miércoles es indicativo de lo que nos espera hasta la fecha electoral y después, si las urnas dictaran sentencia contra el autócrata. Ese día, Santiago Abascal había anunciado su presencia en la capital gallega como una parada más en la ronda que está efectuando por todo el país. A las 12 del mediodía, cientos de personas le esperaban en la plaza de María Pita dispuestos a escucharlo, pero media hora antes, unos 5.000 manifestantes se habían concentrado en los alrededores dispuestos a impedirlo. Se trataba de una “concentración antifascista” (“los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas”) convocada por las juventudes del BNG, que poco después de que el líder de Vox abandonara la plaza estalló en agresiones contra las fuerzas del orden saldadas con varios heridos y detenidos. Las fotos de la concentración “antifascista” hablan por sí solas: lo mejorcito de cada casa. Los disturbios continuaron por la tarde/noche siguiendo el guion paleocomunista de costumbre: manifa por el centro de La Coruña contra “la represión policial” y para exigir “la liberación de los detenidos”, lanzamiento de piedras, quema de contenedores y demás. Y una pregunta: ¿Cómo es posible que el Delegado del Gobierno en La Coruña permitiera esa concentración “antifascista”, justo en el mismo lugar y a la misma hora en que Abascal tenía previsto comparecer? Porque tenía el v/b del ministerio del Interior, responsable del mantenimiento del orden público. Porque Marlaska sigue las órdenes que emanan del ingeniero del caos, el doctor Sánchez: hay que alborotar la calle para meter a la gente el miedo en el cuerpo.  

El intento de escrache contra el político se repitió el viernes en Menorca (“Radicales golpean la furgoneta en la que viajaba Abascal tras intentar reventar un mitin de Vox en Mahón”). Esta va a ser la pauta. Movilizar a la extrema izquierda contra la derecha, particularmente contra Vox, para expandir el miedo. ¡El dóberman! A primeros de mes, el delegado del Gobierno en Madrid, el polémico Francisco Martín, había acordado una reunión con la concejalía de Puente de Vallecas para levantar los asentamientos ilegales instalados en Peña Gorbea, un bulevar del barrio que lleva meses sumido en el caos por el consumo de alcohol, la venta de drogas y los toxicómanos durmiendo y haciendo sus necesidades en el propio paseo, una situación que los vecinos de la zona, tradicional voto psoe, están urgiendo a resolver a las administraciones implicadas. Pero ocurrió que ese mismo día estalló el asentamiento perroflauta de la Puerta del Sol, y Martín, siguiendo instrucciones de la “autoridad”, suspendió inmediatamente la reunión con los representantes del Ayuntamiento madrileño. El delegado del Gobierno, un sujeto que debería terminar en el banquillo, no podía levantar la acampada de Vallecas y al mismo tiempo permitir la de Puerta del Sol. Y ahí sigue el indescriptible espectáculo del kilómetro cero español ocupado por una minoría delincuencial que hace tiempo sustituyó al dizque Sindicato de Inquilinas. Al Gobierno de Sánchez le interesa mantener vivo el espectáculo de degradación de la Puerta del Sol y de su entorno. Le interesa alimentar el clima de caos como recordatorio de lo que puede pasar en España si el 29N la derecha se hace con el poder. 

La capital española ha conocido esta semana bloqueos del céntrico Paseo de la Castellana por parte de grupos de docentes en huelga dispuestos a amargar la vida a Isabel Díaz Ayuso, la mujer que desde junio de 2018 trae loco al yerno de Sabiniano. La secuencia, como lo ocurrido en La Coruña con Abascal, es reveladora de los tics de la izquierda española, convertida toda ella en extrema izquierda. En abril de 2025, la Comunidad llegó a un acuerdo con los sindicatos de educación para reducir horas lectivas y ratios de alumnos por clase, acuerdo que a esos mismos sindicatos se les ha quedado pequeño y anticuado en cuanto a Sánchez se le ha ocurrido convocar elecciones. Casualidad. Lo más llamativo es que plantean a Ayuso unas exigencias (17 horas lectivas para el año en curso) que no rigen para el resto del Estado (18 horas, las mismas que ya tienen firmadas con la Comunidad). Y lo mismo ocurre con el ratio de alumnos por clase (pasar de los 20 alumnos por clase actuales a 13 y 15 en infantil y primaria). Los sindicatos, brazo político de partidos como Más Madrid, saben perfectamente que exigir unilateralmente una rebaja del alumnado por clase del 40% es inviable tanto en aulas como en profesorado, pero no se trata de eso: se trata de mantener la agitación en las calles a cualquier precio. Contra Díaz Ayuso, por supuesto, pero contra toda la derecha. Incendiar las calles para sembrar el miedo al cambio. 

Que el propio Gobierno está detrás del clima de revuelta social que se ha declarado en el país tras la convocatoria electoral del 29N es una evidencia que confirma la propia policía antidisturbios, que lleva días sin recibir órdenes (el siniestro Marlaska de nuevo) y se ve obligada a improvisar frente a los violentos en la calle. “El Gobierno avisa a la Policía minutos antes de las manifestaciones” titulaba ayer sábado el diario ABC. Esa falta de órdenes está tomando un cariz preocupante para la seguridad de los agentes: “No actuamos hasta que somos agredidos”. Es lo que las fuerzas del orden vivieron el viernes en Madrid, con motivo de la manifestación del profesorado de izquierdas: los miembros de la Unidad de Intervención Policial (UIP) de la Policía Nacional fueron avisados con solo 15 minutos de antelación, una circunstancia que deja a los funcionarios a los “pies de los caballos” y sin margen para diseñar un operativo acorde a la importancia del evento: “Trabajamos atados de pies y manos”. Todo apunta a una dejación de funciones intencionada por parte del Ministerio del Interior, responsable de la Seguridad Ciudadana a través de la Dirección General de la Policía Nacional y de la Guardia Civil. La inhibición culposa de los Delegados del Gobierno a la hora de autorizar manifestaciones que se sabe de antemano que terminarán en conflicto, apunta a un comportamiento del Ejecutivo más que pernicioso sencillamente criminal: la involucración del aparato del Estado en la lucha política con fines electorales. ¿Qué pasaría si se produjera algún muerto entre los grupos de extrema izquierda en uno de esos intentos de escrache a Vox, como consecuencia de la intervención policial? ¿Es eso lo que está buscando Sánchez?

Es una constante en quien nos preside. Marco Antonio Gómez, representante de la Asociación de Militares de Tropa y Marinería (ATME), denunciaba ayer en Vozpópuli la falta de instrucciones claras durante el asalto a la valla de Ceuta del 31 de julio: “El Ejército se podía haber desplegado en la ciudad en minutos, pero no dieron la orden”. Tenemos al frente del Gobierno a un enemigo de España y de la seguridad de los españoles. Todo lo que está ocurriendo en la calle apunta un in crescendo que tendrá su cénit el 11 de noviembre, día de la huelga general política promovida por Sánchez, con los sindicatos como mano de obra, contra la oposición, lo nunca visto en los anales del enloquecido izquierdismo patrio. El jefe de la banda quiere meter en la cama de Feijóo y Abascal una cabeza de caballo ensangrentada como aviso de lo que podría pasarles si llegaran a formar Gobierno tras el 29N. CC.OO. y UGT, al servicio del autócrata, calientan motores. Los sindicatos cuentan ahora mismo con casi 332.000 delegados sindicales, el 67% de los cuales llevan a la escarapela de CC. OO. y de UGT. 332.000 tipos que trabajarán dos días al año: el 11 de noviembre y el primero de mayo. 332.000 tíos con los que se pueden formar algo así como 33.000 piquetes, número más que suficiente para paralizar el país. Y meter miedo. Garamendi, presidente de CEOE, ya ha anunciado que no piensa impugnar esta convocatoria de huelga. Ataque de pánico. ¿Qué pasará en la tarde/noche del 11 de Noviembre, festividad de San Martín? ¿Arderá España, como ayer sábado volvió a arder Francia? “No habrá paz en las calles de Madrid” (Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid).

Y mientras tanto el sujeto se asoma cual cordero degollado por TVE para vender la imagen falsa del psicópata dulce dispuesto a seguir engañando incautos. Usa la televisión pública, cuyo déficit pagan los contribuyentes españoles, como si fuera una propiedad privada, con el desparpajo propio del mafioso acodado en el quicio de una casa de citas. Sánchez bailotea en los mítines mientras siembra el pánico en las calles. Y tiene millones de seguidores. Es la pura realidad. Con la mitad de la población española dependiendo financiera o estructuralmente del Estado a través de sueldos, subsidios y subvenciones, la tarea de democratizar, de regenerar las instituciones e insuflar nueva vida a nuestra doliente democracia se ha vuelto casi imposible. Un ejército de estómagos agradecidos lo impide. La mitad de ellos, con sólida base intelectual, renuncian a la libertad con tal de asegurar sus golosas regalías. Son los Évole, los Broncano, los Redondo, los millonarios de la ceja y no pocos ricos de Madrid… Los hay a miles, centenares de miles, quizá millones. La otra mitad, la gente humilde que vive en la frontera de la pobreza, sacrifica la libertad porque nunca ha sabido qué hacer con ella. Le sobra la libertad y le vale la imagen del chulo de barra de bar dispuesto a arreglarle la vida desde las páginas del BOE con más socialcomunismo. Es preciso insistir: esto no está ganado ni mucho menos. Más que nunca hay que apelar al patriotismo de PP y Vox para que hagan lo que tengan que hacer con tal de desalojar de Moncloa al delincuente que nos preside. Como dijo Alberto Núñez Feijóo este jueves, durante la celebración del 15º Aniversario del nacimiento de Vozpópuli, “nadie debe dejarse intimidar por el miedo al cambio”. Movilizarse por el cambio y prepararse para lo peor: bailoteo en el estrado y fuego en las calles. Francia ha cruzado ya la frontera del desastre. España va en el mismo tren, pero aplaudiendo al maquinista. Es preciso sacarlo a rastras de la máquina cuanto antes. ¿Arde ya Madrid?