Miquel Escudero-El Correo
- Que suframos o gocemos por el juego y los resultados de los nuestros tiene un alcance limitado, emocional y ajeno a la razón
El fútbol es una metáfora colorida de emotivos sueños colectivos, es también un espectáculo de masas y un negocio millonario a escala mundial. El hecho de que sea una poderosa arma de manipulación social no nos aparta de sentir alguna ilusión por ‘nuestros colores’; si los tenemos. Que suframos o gocemos por el juego y los resultados de los nuestros tiene un alcance limitado, emocional y ajeno a la razón.
En el proceso orquestado de infantilización y alienación que se ejerce sobre la ciudadanía, hay partidos políticos que pretenden pasar como clubes de fútbol. Así, algunos dirigentes persiguen el ‘voto cautivo’ de su afición: «Digamos lo que digamos, siempre serán nuestros. Ninguna de nuestras decisiones les hará cambiar de voto». Claro está que esto no es limpio ni honrado. Y entrar en ese juego lleva a dar el visto bueno a la corrupción y a la arbitrariedad. Hay equipos de especialistas en esta gran trampa social. Pero fracasarían, claro está, si los electores supieran poner las cosas en su sitio y rechazaran intoxicarse por quienes mienten y emplean continuas argucias, tomándolos por tontos.
Hace ochenta años el Betis bajó a tercera división, donde estuvo unas temporadas. Desde la prensa surgió entonces la frase: «¡Viva el Betis manque pierda!». Aunque sean ‘malos’, es nuestro equipo y le seguiremos apoyando. Es una actitud leal y amorosa que no daña a nadie. Pero cuando se va a las urnas esta pauta no es adecuada: trasladarla allí puede someternos a un equipo de políticos que parasitan en unas siglas que les sirven para controlar el máximo poder político y económico. Y lo peor: dañando gravemente el grado de convivencia.