Manuel Marín-Vozpópuli

  • No sé si es una derecha sociológica llena de complejos o sencillamente con un déficit alarmante de autoconfianza, pero parece obnubilada por el presidente del Gobierno

Era lo previsible. Bueno, no. Era lo seguro. Ha llegado la violencia a la calle, nada nuevo bajo el sol. La extrema izquierda antisistema que usa las libertades que les brinda la democracia para destruir la democracia. Ya lo avanzó Pedro Sánchez hace pocos días. De una manera… o de otra. Gobernar sin Parlamento. Usurpar las funciones de los jueces. Vivir sin presupuestos. Impedir la alternancia. Y ahí están ya lanzados a destruir, a asolar, a desguazar las calles. Los antifascistas más fascistas de la historia reciente de España con todas sus contradicciones, con su afán de demolerlo todo. Ya que no todos pueden ser ricos, que todos seamos pobres, con una lona y una tienda de campaña. Y a votar. Este es el contexto de una izquierda a la desesperada… y de una derecha sociológica, ciudadana, votante, que como siempre empieza a estar asustadita. Esa derecha de clase media, esa derecha de buenos restaurantes, de fines de semana en Berlín y de élites acomodadas en confortables adosados o en chalés… Es inevitable que siempre esté dando vueltas a la cabeza cómo le comerán esta vez la tostada. Siempre en modo víctima, en régimen de inferioridad.

Odian a Sánchez y lo que representa. Su chulería, su mentira, su falso aplomo y su desprecio por la democracia. Pero a la vez se dejan embaucar. Lo ven peligroso y saben que es capaz de cualquier cosa para reasegurarse el poder. Se dejan iluminar por su psique de ‘killer’ de la política. Es una suerte de relación amor-odio, una adoración involuntaria por Sánchez que les sublima y enamora. Y tanto lo aborrecen, que en una especie de síndrome de Estocolmo no saben vivir sin él como obsesión. Sencillamente desean que deje de gobernar de una puñetera vez, pero en su fuero interno siguen convencidos de que diseñará alguna trampa para mantener su halo de triunfador de bolera. Y de algún modo, casi desean que el trilero no les defraude para autoconvencerse con aquello de “ya lo venía diciendo yo, ya sabía que…”. Son la derecha ‘blandiblú’ incapaz de confiar. Temerosos con sueldos de seis cifras o directivos con patrimonios consolidados que en el fondo ven impotente a la derecha, y que ven en Sánchez al ‘crack’ imbatible que todo lo puede. Sánchez siempre será para ellos ese gol en el minuto 96.

Es esa derecha pusilánime que entre gintonics insulta al presidente, pero en lo más profundo, sin desearlo sinceramente, de algún modo casi prefieren que siga gobernando sólo para reafirmar su raquítica confianza en la derecha política. Si ya lo sabía yo. Porque la derecha política nunca será suficiente para ellos. Nunca será tan hábil, lista y malvada. Pobres de espíritu que sostienen que Sánchez es la octava plaga y que asumen que si gobierna de nuevo, va a terminar de asolar a España y que no hay fuerza humana que pueda impedirlo. Tan cenizos. No sé si es una derecha sociológica llena de complejos o sencillamente con un déficit alarmante de autoconfianza, pero parece obnubilada por el presidente del Gobierno. Más parece que quieran resignarse y someterse a la perpetuación de este caciquismo 3.0. Dicen estar movilizados, van a votar al PP o a Vox, pero se autoconvencen de que nunca será suficiente. Que Sánchez es más inteligente y más amoral. Es la irresistible atracción del malote de la clase, la luz del macarra de polígono con sus mangas redobladas por los hombros y con un palillo en la oreja.

Es la derecha ‘soft’ que se enreda en sandeces del tipo de que Cayetana Álvarez de Toledo y Borja Sémper son antagónicos, y hacen ‘casus belli’ de ello. Son los que creen que si Feijóo acude a la SER y anuncia que no habrá un Ministerio de Igualdad, ya está cometiendo un error regalando bazas a la izquierda. Y para qué tiene que decir eso. Se ha metido en otro charco. Qué torpe es. Son los cabizbajos que siempre, entre el lamento y la satisfacción gozosa, concluyen que haga lo que haga la derecha, se va a equivocar. Le achacan errores de comunicación de parvulario mientras Sánchez te miente a la cara adornando la voz con la impostura del vendedor de crecepelos… y se le mira como a un maestro intratable. Es el eterno plus de inferioridad e impotencia tan común en esa derechita tierna que no se avergüenza de serlo, pero que sale acojonada al patio como deseando que el chulo le quite el bocadillo. Son los tristes que siempre salen al campo a perder el partido. Nunca aprenderán. Son los pesimistas existenciales. Da igual que la derecha supere el 50 por ciento del voto en todos los sondeos útiles, o que ya lo hiciese en Extremadura, Aragón, Andalucía o Castilla y León. Son los gafes que eternamente auguran la remontada de Sánchez, los que dicen que no entienden cómo puede haber españoles que voten al Gobierno de las prostitutas, los cohechos, las cátedras y las oficinas de artes escénicas, sin entender que eso da igual. Son fanáticos del derrotismo. Y son insufribles. Y en el fondo, no es que no se fíen de Sánchez. Es que no confían en sí mismos, tan contradictoriamente arrobados con el sanchismo como están.

Y además, siempre emergen en campaña, con el temblor de piernas, porque de tanta exigencia que tienen para la derecha política, presumen de aborrecer el sanchismo pero nunca se conforman con la derecha política porque no es fiable. Son el perro del hortelano, son los mustios de la ilusión incapaces de regenerarse de su agonía. No vamos a ganar. No vamos a ganar… Y disfrutan cuando el tertuliano, el politólogo o el analista de derechas, con ese prurito de virginidad inmaculada, y porque la derecha no es derecha si no hace o dice lo que ese tertuliano, ese politólogo o ese analista piensan, sacuden a PP y Vox porque no son tan inteligentes como ellos. Es la derecha tan exquisita y tan pura que Alberto Núñez Feijóo nunca es suficiente y Abascal se pasa. Son los exégetas de que bicho malo nunca muere. Son los ángeles de la desesperanza. Los plastas del “hay que esperar y ver lo que pasa”. Y se pasan las cenas de fin de semana entre amigos en la paradoja de temer y elogiar a quien quieren echar con su voto. Sánchez les cohíbe. Les intimida y por eso una parte de la derecha sociológica, aquella que tanto se queja, pero que aquel 23 de julio de 2023 prefirió mantener sus vacaciones y no votar por correo porque todo estaba hecho, se ha creído que Sánchez es el prestidigitador al que el truco de magia le funciona siempre.

Son los de la derecha que detesta la inmoralidad de Sánchez, su ética fangosa, pero que a la vez desearían que Feijóo y Abascal funcionasen con idéntica indecencia. Escupen a Sánchez, les encanta cuando se acuerdan de su madre, pero admiran su cachaza de cemento armado, su destreza en la mentira y su alma de robot. A veces parece más que esa derecha asustadita esté deseando que Sánchez revalide el poder solo para poder reafirmarse en su ego. Por eso esta vez no debería ocurrir. Y si los fanáticos destrozan la calle, es sencillo… que los demócratas las limpien desde las urnas con la lógica del voto y no con el derrotismo preventivo en la mirada.