Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • El agitador no apareció y la violencia antifascista se ejerció exactamente igual

Con un par de tuits y una imagen del campus de Deusto generada por IA, Vito Quiles consiguió que ayer en Bilbao la jornada se transformase en un acontecimiento y terminase con violencia. Al agitador le bastó con anunciar su presencia para movilizar a miles de manifestantes y para que la Ertzaintza montase un dispositivo que involucró a la Brigada Móvil, la Unidad Marítima y algún helicóptero. Hubo cortes de tráfico. Y paros estudiantiles. También cerró sus puertas la universidad, que podría haber optado por sacar a los profesores de Sociología para que explicasen a gritos cómo en la sociedad del espectáculo la realidad es sustituida por su representación. En este caso, la respuesta (¡antifascista!) a la presencia de un provocador que viene a ser una mezcla entre el oso Waldo de ‘Black Mirror’ y el buscavidas marbellí de toda la vida.

Al final, Vito Quiles ni apareció. Todo quedó en teatro del absurdo. Se le esperó, como a Godot, pero no llegó. Aun así, se llevaron a cabo dos manifestaciones contra su fantasma. Por la juventud de los participantes y su evidente plenitud no lectiva, ambas recordaron al día de Santo Tomás. La de la mañana transcurrió entre banderas rojas y sus portavoces parecían creer liderar a los estudiantes georgianos que en 1956 se enfrentaron al ejército contra la desestalinización de Kruschev. En la segunda manifestación ya hubo ikurriñas y gritos de ‘independentzia’, lo que hace pensar en que la influencia que la izquierda abertzale mantiene sobre el estudiantado es más bien vespertina. Que alguien como Vito Quiles pueda provocar todo esto hace pensar en los esfuerzos invertidos en agigantar su personaje. Por ejemplo, nombrándolo desde la tribuna del Congreso. O invitándole a cerrar campañas, como si la defensa de la libertad de expresión pudiese hacerse en su caso sin el añadido inevitable: en una sociedad abierta, el derecho funciona incluso para alguien tan despreciable como él. Que una ciudad como Bilbao entregue su espacio público a una especie de disputa sectorial en el frente ficticio de Leningrado hace pensar en un tiempo extraño. Todo en él es simulación, pero acaba con las capuchas y la violencia de siempre, que en nuestro caso es endógena e inconfundible. No viene de París. Ayer, un pequeño ejército de encapuchados terminó desplegándose para quemar lo que encontró a su paso: motos fascistas, contenedores fascistas, coches fascistas. Fue la culminación de un día absurdo y un espectáculo inquietante: el de una ciudad que apenas opone resistencia a que los fanáticos la transformen en su cuarto de jugar.

Brasil

Fraudes hereditarios

Lula ganó el domingo las elecciones con el 52% de los votos. Eso quiere decir que le sacó algo más de cuatro millones de votos a Flávio Bolsonaro, que tardó horas en aferrarse a una verdad que se abre paso con fuerza en la democracia contemporánea: las elecciones solo son limpias si las ganas tú. «Es imposible reconocer el resultado», dijo Bolsonaro la misma noche electoral y pidió anular los comicios porque un juez, antiguo abogado de Lula, había ampliado el horario de votación en algunos colegios. Parece que en esas horas extraordinarias tampoco votó demasiada gente, pero los Bolsonaro cultivan la tradición de no reconocer los resultados cuando les perjudican. Puede que la teoría del fraude electoral sea hereditaria, como el color de los ojos. Ayer se miraba hacia Estados Unidos con la esperanza de que el reconocimiento de la victoria de Lula evitase la comprobación de si los Bolsonaro también heredan las ganas de golpe de Estado. Jair, el padre cumple condena por eso, acuérdense. Estados Unidos tenía listo el reconocimiento protocolario del resultado electoral en Brasil, pero Trump mandó pararlo a la espera de ver qué pasa con las acusaciones de fraude emitidas por Bolsonaro, que es al fin y al cabo uno de sus grandes partidarios en el Sur del continente. Lula advierte que Brasil no va a ser el «patio trasero» de nadie. Entre sus vecinos del club trumpista, hay división de opiniones. De la Espriella y Kast le han felicitado por su victoria electoral. Milei y Bukele ayer por la tarde aún no habían dicho nada, y mira que les gusta hablar.