Luis Ventoso-El Debate
  • A veces olvidamos que la propuesta política del PCCh destruye todo el tesoro espiritual, jurídico y político que resumimos como Occidente

Existe una diferencia capital entre Estados Unidos y la China del PCCh. Cualquiera puede poner verde al presidente Trump sin que le ocurra nada, pues se preserva la libertad de expresión y crítica. Pero si haces el más leve reproche a Xi puedes acabar en la cárcel. Por desgracia muchos occidentales no reparan en ese detalle, que lo cambia todo.

Si preguntásemos quién es el dictador que más muertes ha provocado en la historia, la mayoría de la gente respondería que Hitler. Algún iniciado contestaría acaso que Stalin. Pero casi nadie ofrecería la respuesta correcta: Mao Zedong, cuyo nombre apenas dice nada a los escolares y universitarios actuales. Sobre Mao pesan unas 50 millones de muertes, que algunos estudiosos elevan a 70. A Stalin se le atribuyen 25 millones y a Hitler, 17.

Los crímenes del comunismo, todavía hoy, no son condenados ni estudiados como los del otro extremo del terror. Si al futbolista francés Mbappé, de 27 años y padre camerunés y madre de ancestros argelinos, le montasen un meme presentándolo como Hitler, le molestaría y exigiría muy enojado su retirada, como es lógico. Sin embargo, en una entrevista ha comentado que «el meme con el que más me he reído es ese en el que usan mi cara con la de un dictador chino». Le hace gracia que lo caricaturicen con la imagen del mayor genocida de la historia en volumen de víctimas.

La reacción de las autoridades chinas ante el comentario de Mbappé refleja lo que nos vendría encima si el modelo político de Pekín se impusiese. Simplemente nos quedaríamos sin libertad, lo más valioso que tenemos. China ha puesto el grito en el cielo por el meme de Mao. Como represalia ha retirado de sus parrillas los partidos de la Liga española y Mbappé ha perdido tres contratos publicitarios. El futbolista ha acabado arrastrándose en una humillante carta de disculpa. Una vez más, la pela es la pela.

A pesar de que durante la Revolución Cultural purgó al padre de Xi Jinping, Mao (1893-1976) es venerado en China como el gran héroe nacional. Ahí está su retrato presidiendo Tiananmen. La versión oficial del PCCh es que cometió algunos errores, sí, pero ante sus enormes logros esas equivocaciones –los 50 millones de muertos– se convierten en una nota a pie de página.

Ciertamente el Gran Timonel cambió la faz de China. Batalló contra los japoneses y sus espantosos crímenes de guerra. Unificó el país bajo un propósito común y puso fin a las guerras civiles. Recuperó el orgullo nacional tras la humillación de los imperios occidentales y acabó con el adocenamiento de la población por el opio. Duplicó la esperanza de vida, reconoció derechos a las mujeres, educó al pueblo y otorgó a China un peso en el mundo. ¿Problema? Uno cardinal: para Mao la vida humana no valía nada, lo cual lo sitúa en las antípodas del cristianismo, que sabe y defiende que cada una es sagrada e inalienable.

Fue un genio político y un monstruo. Las personas eran solo peones desechables, que se podrían destruir sin pestañear al capricho de su utopía de turno. «Los muertos tienen beneficios. Fertilizan la tierra», llegó a decir en uno de sus comentarios más cínicos y despiadados.

¿Venerar a Mao? Para hacer eso hay que tener el compás moral muy averiado. Hijo de campesinos, visionario, poeta, ególatra del culto al líder y obseso sexual, comenzó su vida como un estudiante y bibliotecario que se lo leía todo. Acabó revelándose como un maestro de la estrategia política. Pero a qué precio… La reforma agraria iniciada en 1950, acompañada de una campaña para «suprimir a los contrarrevolucionarios», provocó un millón de muertos en dos años y encerró a cuatro millones de personas en campos de trabajo, la tétrica red de prisiones de reeducación política llamadas laogais. Era solo el aperitivo.

En 1953, lanza un plan de industrialización con fuerte apoyo soviético. El país empieza a funcionar. Mao se siente seguro y para prevenir una revuelta interna como la de Hungría, en 1956 lanza la campaña Un Centenar de Flores, con la que invita a los intelectuales a expresar sus críticas. El oasis durará poco. En menos de dos años escribe un ensayo titulado La situación está cambiando, seguido de un editorial contra la disidencia en el Diario del Pueblo, el periódico órgano del partido. Nueva ola de represión con medio millón de muertos.

En 1958 incurre en un colosal error, el Gran Salto hacia Adelante, un alocado intento de transformar de manera precipitada una sociedad agraria en una industrial. Su resaca será la Gran Hambruna, con 30 millones de muertos entre 1959 y 1962, la mayoría campesinos pobres.

El crepúsculo de su carrera concluye con otra ocurrencia catastrófica: la Revolución Cultural. Para recuperar la pureza revolucionaria y extirpar las debilidades burguesas, invita a los jóvenes Guardias Rojos a denunciar, humillar –o torturar y matar, si así lo consideran– a sus profesores u otros elementos perniciosos. Se desata una orgía de violencia, con apaleamientos, descuartizamientos, linchamientos, víctimas enterradas vivas y hasta actos de canibalismo por pura degeneración. Un caos con dos millones de muertos.

¡Y ahora China nos abronca por bromear sobre el sagrado Mao! En fin… Deberíamos ir despertando y dándonos cuenta de que la propuesta política del coloso emergente destruye todo el tesoro espiritual, jurídico y político que un día dimos en llamar Occidente.