Editorial-El Español

Óscar Puente ha comparecido este viernes, dos días después de que al menos sesenta y nueve personas murieran en Urda (Toledo), para anunciar que no dimitirá. Lo ha hecho a un mes de las elecciones del 29 de noviembre y con una frase que lo retrata.

«Sé lo que me espera, sé el calvario al que me van a someter, encima en campaña electoral».

El ministro de Transportes ha añadido que pasar «por esta circunstancia en dos ocasiones en un año» no se lo desea «a nadie». Y ha enumerado, al descartar su dimisión, los «insultos», las «descalificaciones» y los «prejuicios de culpabilidad» que, según él, le aguardan.

El calvario del que habla Puente no es el de las víctimas. Es el suyo. Puente ha gastado una buena parte de su comparecencia hablando de él, de sus sentimientos y de su compromiso con Pedro Sánchez, con su proyecto y con su partido.

Sánchez, el proyecto de Sánchez, Óscar Puente… y luego, se supone, las víctimas. Ese es el orden de prioridades en la cabeza del ministro.

Ha sido una rueda de prensa de una crueldad insoportable, incluso de acuerdo a los baremos habituales de Puente. Su falta de empatía con las víctimas les retrata a él y a su «proyecto», que es el proyecto de Pedro Sánchez.

A la hora de escribir este editorial, sólo trece de los sesenta y nueve fallecidos de Urda estaban identificados, y hay setenta denuncias por desaparición. Muchas familias siguen sin saber si su desaparecido está entre los muertos.

Preguntado por si su marcha reconfortaría a las víctimas, el ministro ha respondido con un resoplido: «¿Para reconfortar a las víctimas? Buff… ¿Cuánto reconfortaría, de cero a cien, a quien ha perdido un hijo, un padre o una pierna?». La pregunta lo dice todo.

Las víctimas de Adamuz llevan meses pidiéndole que se vaya. Tras Urda, su presidente, Mario Samper, lo resumió así: «Podemos esperar un tercer o cuarto accidente, o un quinto, a ver qué hace».

Es la pregunta que Puente no ha respondido este viernes. ¿Cuántos accidentes han de ocurrir para que asuma que no es competente para el cargo?

Porque nada de lo que ha dicho es nuevo. Ya lo dijo tras Adamuz, donde murieron cuarenta y seis personas en enero.

El 23 de enero aseguró sentirse «absolutamente capacitado» para seguir. Este viernes ha dicho: «Soy la persona que está en este momento al frente y creo que puedo conseguirlo».

El 23 de enero recordó que era «una persona nombrada por el presidente del Gobierno» y que Sánchez podía cesarle «cuando quiera». Hoy, que dimitir no es «lo que el presidente del Gobierno me ha pedido».

En enero prometió: «No me voy a esconder, nunca ha sido mi estilo». Hoy: «No me voy a esconder detrás de nadie».

Y luego ha procedido a esconderse detrás de los presuntos errores de los operarios de Adif.

«Si se ve capaz de resolver esta crisis, ¿por qué no resolvió la anterior?»

También se ha comprometido a «trabajar en esto como he trabajado en la crisis» de Adamuz.

Ese es precisamente el problema. Si se ve capaz de resolver esta crisis, ¿por qué no resolvió la anterior?

Tras Adamuz pidió «tranquilidad» y calificó de «bajísima» la probabilidad de otro accidente de esas características. Nueve meses después, un choque en la misma línea ha matado a todavía más personas.

En enero fijó, además, su propio listón: asumiría responsabilidades si hubiera contribuido al daño «por acción o por omisión«. Ayer admitió que el LZB, el sistema de seguridad que cayó antes del choque, se ha caído ciento setenta veces este año. Puente lo sitúa «dentro de la normalidad europea». También ha dicho que «la fatalidad existe».

Pero ciento setenta caídas en un año no son fatalidad.

En el Senado, el 29 de enero, despachó con malos modos y una buena dosis de fanfarronería a quienes le pedían la dimisión: «Me piden la dimisión, no por mi trabajo, sino porque hago mi trabajo muy bien. Si escuece es que cura».

Y cuando las familias de Adamuz le pidieron en una reunión que se fuera, el ministro les contestó, según relató Samper, «yo no he soldado el raíl».

Dar la cara, ha insistido hoy, es su «forma de asumir responsabilidades«. Samper ya le había respondido en mayo, ante el Senado: «No necesitábamos al ministro dando ruedas de prensa».

Ahí está la calidad humana del ministro. Ante los muertos, sólo ve los golpes que va a recibir él.

Puente ha dejado claro a quién se debe. Se describe como «una persona muy pequeña para el proyecto político del que formo parte». Y dice que se apartaría si su continuidad «perjudica al proyecto», al que ha llamado «de país», o si Sánchez lo considerara un problema.

Es decir, Puente no se irá por las víctimas. Se irá, si acaso, cuando Sánchez lo decida o cuando estorbe al PSOE.

¿Es eso lo importante? ¿Sánchez y el proyecto de Sánchez?

¿Y las víctimas, qué?

El propio ministro ha contado a los periodistas que Sánchez le ha trasladado que su dimisión sería «injusta». Injusto es que al menos ciento quince personas hayan muerto en dos accidentes de alta velocidad en menos de diez meses sin que el ministro asuma nada.

En Grecia, tras el choque de trenes de Tempi, en febrero de 2023, el ministro de Transportes, Kostas Karamanlis, dimitió al día siguiente. Lo presentó como «un pequeño gesto de respeto» hacia los muertos.

Cualquier ministro de cualquier otro país democrático habría dimitido ya. Pero no después de Urda. Sino después de Adamuz.

Puente dice que «lo fácil» sería salir. Pero lo fácil, para él, ha sido quedarse. Dos veces.