Antonio Rivera-El Correo
- En política se es responsable por el puesto que ocupas: no soluciona nada pero es inevitable, otra norma básica de la democracia. Puente debe dimitir y facilitar su relevo
Vox no interrumpió su precampaña por el accidente de Urda. Sorprendió a nuestras intuitivas sensibilidades, pero es coherente. Llevan años diciendo que este es un Gobierno criminal, y el accidente solo confirmaba su aserto. Luego, todo normal: sigamos con la rutina. Pero el Gobierno no estaba en la sala de control que dio la orden fatal; Óscar Puente no estaba allí, en un imaginario lugar del crimen.
A cambio, el ministro (y el Gobierno) no tardó en asignar roles que reducían y alejaban su implicación en los hechos. Hasta donde sabemos, una decisión humana incorrecta había desatado la tragedia. No le quieren llamar error humano, pero no parece otra cosa. El sistema técnico ordena el tráfico y evita los fallos. Pero a su vez falla recurrentemente y ‘se cae’. Cuando esto pasa, entra en acción la persona. Así se hace todos los días; en ese, se cometió un error al final de esa cadena de decisiones. Fue así y no hay ninguna anormalidad en el procedimiento; al menos en términos teóricos, sin considerar afecciones a la propia situación de las personas que toman esas decisiones, un tema no menor.
El país ha vuelto a dividirse entre responsabilistas y culpabilistas. Culpa es un concepto rotundo, directo, apabullante. Viene de nuestra antropología judeocristiana y se relaciona con el pecado. La culpa es individual, como su pena. Lo veremos cuando se desarrolle la causa judicial inevitable. Responsabilidad es algo más abstracto, proveniente de la cultura política liberal. En política se es responsable por el puesto que ocupas. El ministro y el Gobierno son responsables de lo ocurrido, da lo mismo de si es por una mala decisión, por una falta de atención y presupuesto a algo tan sensible como los desplazamientos diarios de millones de ciudadanos o por una casualidad en la que no tendrían nada que ver. Te ha ocurrido, por activa o pasiva, por acción u omisión, y te la comes. Eso es la responsabilidad política, la del gobernante, muy distinta de la judicial, aunque últimamente pretenden que el Ejecutivo cargue con las dos a un tiempo (la causa abierta por lo de Ceuta).
En sí misma, la responsabilidad política no soluciona nada, pero es inevitable, otra norma básica del mecanismo democrático. Puente debe dimitir. Además, en su trayectoria departamental, acumula créditos sobrados. Tendrá que dar más explicaciones y facilitar su relevo, en la difícil coyuntura de unas elecciones a la vista. Pero el Gobierno tiene que demostrar que conoce cómo funciona la responsabilidad en una democracia.
En el otro lado, la culpa. Todos tenemos en la cabeza la imagen del aturdido conductor de Angrois. Somos empáticos y conscientes del peso infinito que soportaba ese hombre, igual que ahora el o los trabajadores de ese centro de control de Atocha, criminalizados prematuramente por interesadas filtraciones. Pero, al final, tendrá que derivarse por ahí también la consecuencia de lo ocurrido. No para satisfacernos con la pena judicial, como una suerte de revancha social. Pero sí para cerrar el círculo adecuadamente. Es el factor humano el que estaba en su sitio para corregir el fallo técnico. No hay una máquina que nos lo evite. Y mejor que así sea si esta falla.
La derecha ha escurrido ese bulto de la responsabilidad personal del trabajador, porque prefiere disparar sobre el ministro, la estructura de poder a derribar. La izquierda ha vuelto a su tradicional esquema de que no hay responsabilidad personal (y mucho menos de uno de abajo frente al de arriba), que todo es cosa del sistema. Sin embargo, con sus rémoras y miserias, responsabilidad y culpa ya tienen trayectoria consolidada en nuestra cultura política, y bueno sería que las aplicáramos sin la distorsión de la coyuntura o de la ideología.