Alberto López Basaguren-El Correo

  • Cunde, dentro y fuera, una pérdida de confianza en la fiabilidad del país ante la sucesión de tragedias humanas que no tendrían que haberse producido

Esta es la pregunta que se hacen cada vez más personas ante la continua sucesión de tragedias humanas que no tendrían que haberse producido. Unas veces, una catástrofe natural gestionada de forma improvisada y desastrosa; otras, un accidente por fallos o errores que tendrían que haber sido impedidos. Pero por encima del elemento último que lleva a la tragedia aparece, sin excepción, el mismo problema de fondo: la falta de previsión, de anticipación en la gestión, que da oportunidad a que ocurran las tragedias.

En esa falta de anticipación destacan la ausencia de una planificación territorial y urbanística y de una gestión del entorno natural adaptadas a las nuevas condiciones climáticas, así como el abandono del mantenimiento de las infraestructuras. Por desgracia, no es un problema específico de esta legislatura o de los gobiernos de Pedro Sánchez; es un problema que viene de lejos y que atraviesa la gestión de los dos grandes partidos de gobierno, en uno u otro periodo. La ausencia de una mayoría estable de gobierno en estas dos últimas legislaturas y la incapacidad de aprobar nuevos presupuestos en la que acaba de concluir han agudizado el problema; pero ha habido muchos ejercicios en los que se han aprobado presupuestos sin que se diese prioridad al mantenimiento en buenas condiciones de lo construido o a actuar con anticipación para que los problemas no se produjesen. Es difícil resistirse a pensar que el problema de imprevisión y abandono no sea ya estructural, sistémico, que no sea un problema de país.

El desarrollo de la red ferroviaria de alta velocidad es un ejemplo transparente. No hay más que recordar cómo gobiernos de uno y otro partido fueron configurando la red con criterios de clientelismo electoralista; y cómo gobiernos de uno y otro partido fueron anteponiendo la ampliación de la red a su mantenimiento en condiciones idóneas, de forma que se garantizase la calidad del servicio y su seguridad. Somos el país del mundo con más kilómetros de línea ferroviaria de alta velocidad por millón de habitantes, lo que llama la atención si tenemos en cuenta nuestra riqueza relativa. Y somos, con gran diferencia, el país del mundo con mayor siniestralidad y pérdida de vidas humanas en ese tipo de ferrocarril.

Por desgracia, el problema de mantenimiento de las infraestructuras no se limita a la red ferroviaria de alta velocidad. Hemos tenido oportunidad de comprobar los problemas de la red eléctrica, con el apagón como expresión extrema; y podríamos hablar de las autovías, del abandono del ferrocarril convencional o de otras infraestructuras esenciales en un país económicamente desarrollado. La sensación de que el país se cae a pedazos es poderosa.

Entre la gente está cundiendo una creciente pérdida de confianza en la fiabilidad del propio país. Dentro y fuera de España. El deterioro de la imagen en el exterior puede tener efectos significativos, especialmente económicos teniendo en cuenta la importancia del sector turístico. Pero lo que más nos debería preocupar es la pérdida de confianza de la gente dentro del país. Está en juego, en última instancia, la estabilidad política, porque no hay sistema democrático que salga indemne de la desafección de una parte relevante de su ciudadanía. Lo primero que la gente necesita es sentir seguridad. Viajar en alta velocidad ferroviaria no puede crear la sensación de estar jugando a la ruleta rusa. Ni cada previsión de lluvias torrenciales, especialmente en determinados lugares, la de estar participando en un sorteo macabro en el que las personas se juegan perder sus bienes o su propia vida, arrastrados por las aguas.

La responsabilidad del mundo político, de los partidos que se alternan en el gobierno es, a estas alturas, incuestionable. En estos tiempos de polarización, el mundo político vive en el puro presente. Solo reacciona cuando sucede alguna tragedia; entonces, gobierno y oposición sitúan el asunto en el centro de atención -y de sus promesas-. Pero la actitud de fondo ante la gestión de los asuntos públicos raramente se altera. Desde la oposición se exige responsabilidad, que se rechaza cuando se está en el gobierno. Y los ministros parecen olvidar que son cargos políticos, pero con la responsabilidad de gestión de su cartera, que tiene que ser su prioridad. No poner remedio a tiempo a los problemas, no haber sido capaz de adelantar soluciones, es responsabilidad indeclinable de quien está al frente de un ministerio; y no puede eludirla.

Si los partidos con responsabilidad de gobierno, presente o futura, no reaccionan rápida y profundamente, el populismo de las propuestas simplistas, las que no resolverán nada, tendrá las puertas abiertas de par en par. Y el sistema democrático quedará gravemente herido. Nos jugamos mucho.