Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Lo que estará en juego dentro de un mes es la propia existencia de España como Nación histórica

        Millones de españoles son conscientes de que las elecciones del 29 de noviembre no son una cita con las urnas como las demás, en las que las distintas opciones en liza proponen programas diversos basados en planteamientos ideológicos distintos, pero dentro de un marco constitucional e institucional que todas comparten y aceptan. Ojalá estos inminentes comicios fueran de este tipo; para nuestra desgracia no es este el caso. Los aciagos ocho años del Sanchinato nos han conducido a una coyuntura angustiosa y fatal: lo que estará en juego dentro de un mes es la propia existencia de España como Nación histórica, espacio de solidaridad, garantía de nuestros derechos y libertades y sujeto político colectivo identificable por el resto del mundo como uno de los grandes contribuyentes a la configuración de la civilización occidental. Bajo la presión de sus enemigos externos e internos, nuestra casa común se tambalea, se cuartea y amenaza con derrumbarse. Y todo ello porque un individuo sin escrúpulos, sin freno moral alguno, movido únicamente por una combinación letal de egoísmo narcisista, ambición sin límites y codicia irrefrenable se ha hecho con las palancas del Estado y las páginas del Boletín Oficial con el único fin de mantenerse en el poder, dispuesto a atravesar cualquier frontera ética y a cometer las más ofensivas vilezas mientras le sirvan para conseguir su obsesivo propósito de seguir durmiendo en La Moncloa.

Salvarnos de un naufragio irreversible

Frente a tan perturbador panorama, es obvio que desalojar a Pedro Sánchez del gobierno representa una prioridad absoluta, una cuestión de supervivencia, un deber cívico insoslayable y una tarea ineludible y que cualquier legítima aspiración personal que en circunstancias normales podría pugnar por satisfacerse sin mayores problemas, en la ocasión presente constituye una irresponsabilidad y una frivolidad merecedoras de condena. Cuando España tiembla ante su ser o no ser, la imperiosa necesidad de concentrar el voto en las dos fuerzas políticas -porque no hay más, son lentejas, las tomas o las dejas- en condiciones de articular una mayoría parlamentaria sólida, amplia y viable que se erija en alternativa a la actual pesadilla de corrupción, sectarismo, ineficacia, incompetencia, despilfarro y traición que nos agobia, aparece ante nuestros ojos como una obligación patriótica y un objetivo irrenunciable. Por supuesto que ni PP ni Vox son entes ideales e impolutos y que tienen defectos e insuficiencias, algunos notables, pero no es momento para buscar la perfección, sino de salvarnos de un naufragio irreversible.

Así lo ha entendido de manera ejemplar Iván Espinosa de los Monteros cuya decisión de renunciar a concurrir el 29 de noviembre aporta una muestra admirable de patriotismo altruista y de verdadera grandeza de espíritu. El ex portavoz de Vox en el Congreso y hoy presidente de la asociación Atenea dispone de bagaje intelectual, experiencia política, carisma y apoyo ciudadano más que suficientes para lograr una docena de escaños en las circunscripciones en las que nuestro sistema electoral es prácticamente proporcional, Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Alicante, Málaga y Murcia. De hecho, si se hubiera presentado solamente en estas provincias, el daño infligido a los dos partidos mayoritarios del lado derecho del espectro ideológico hubiera sido mínimo y muy probablemente hubiera capitaneado un grupo parlamentario, pequeño, pero influyente. Sin embargo, convencido de que esta etapa decisiva de la vida española requiere de todos los sacrificios y las renuncias exigidas por el bien superior de la Nación, ha tomado un camino que le limita, pero que le honra.

Otros candidatos, también en la esfera opuesta al sanchismo y con casi nulas probabilidades de obtener voz en las Cortes, deberían reflexionar sobre la conveniencia y la oportunidad de añadir papeletas con sus siglas a la consideración de los electores sabiendo que no van a lograr ni un mísero escaño y que en aquellas demarcaciones de poca población en las que un diputado depende quizá de unos pocos centenares o incluso decenas de sufragios, su presencia tan sólo es un incordio y una colaboración implícita con Pedro Sánchez. Las razones por las que en una encrucijada de nuestra historia contemporánea del dramatismo de la que estamos sufriendo incurren en semejante falta de visión y de madurez política no pueden ser más que banales o inconfesables. Es bueno recordarles la célebre frase de Eugenio d´Ors cuando la torpeza de un camarero al abrir una carísima botella de espumoso derramó el precioso líquido sobre su chaqueta: “Joven, los experimentos con gaseosa”. Todavía están a tiempo de rectificar un error monumental y de ganarse la gratitud de sus compatriotas.