Jesús Prieto Mendaza-El Correo
- Se ha sido muy injusto con aquella comunidad. Se piensa que la entrada masiva de julio fue excepcional, cuando recibe un goteo constante de migrantes desde hace veinte años
Han pasado tres meses desde que el 30 de julio se produjo la entrada masiva de población procedente de Marruecos por la frontera de Tarajal. He omitido deliberadamente la palabra ‘migrantes’ pues nadie que haya conocido en las últimas dos décadas la realidad de Ceuta podría asociar lo ocurrido con las habituales llegadas de población migrada. Antecedentes como el paso masivo del 18 de mayo de 2021; los vaivenes en el control fronterizo dependiendo de los intereses de Marruecos; la cuestión geoestratégica por el control del Mediterráneo Occidental; el descontento social al que se enfrenta el reino alauí o, finalmente, las posibles tensiones sucesorias al trono de Mohamed VI en el seno del ‘Makhzen’ son factores a tener en cuenta en este análisis.
Los campamentos de migrantes en el país vecino, como los de Castillejos, cerca de la frontera de Tarajal, son habitados casi al 99% por hombres subsaharianos. Los ‘saltos’ usuales los protagonizan estos jóvenes negros y tan solo alguno magrebí. Sin embargo, las primeras imágenes que nos ofrecieron las televisiones fueron las de miles de personas magrebíes y tan solo una exigua representación de jóvenes de piel oscura. De forma inequívoca se podía afirmar que lo allí ocurrido obedecía a otras motivaciones.
Radicalmente diferente es la realidad de las entradas posteriores que se dieron durante el 31 de julio y que, además de los fallecidos enterrados en Sidi Enbarek, mantiene en la vieja ‘Septa’ un contingente cercano a los 4.000 irregulares, estos sí con un evidente proyecto migratorio que exige una gestión adecuada bajo los parámetros de legalidad y respeto de los derechos humanos.
Han sido demasiadas las inexactitudes y falsedades, no pocas veces azuzadas por nuestros representantes políticos y viralizadas en las redes sociales o tertulias, que han preñado de forma obscena el caluroso estío de 2026. Entre las opiniones vertidas hay una que me ha dolido especialmente, pues mis investigaciones en Ceuta y el magnífico trato recibido de sus moradores durante años me han hecho sentirme también un poco caballa. Me estoy refiriendo a ese mantra difundido desde ciertos sectores que no han dudado en calificar a la población ceutí como de extrema derecha, xenófoba o directamente facha.
Esta ciudad me atrapó desde mis primeras incursiones precisamente por el nivel de tolerancia que se evidenciaba entre las distintas comunidades que componen su ciudadanía: musulmana, cristiana, judía e hindú. Pero también por la normalidad con la que se acogía a contingentes migrantes irregulares, en muchos casos jóvenes, procedentes de países del Magreb y de forma especial del África negra. Tanto el personal del CETI; de los centros de menores, como el de La Esperanza del barrio de San José-Hadú; los miembros de distintas asociaciones como Cruz Roja, Luna Blanca, Andalucía Acoge, Digmund Ceuta, Cáritas, Accem o Elin Vedruna; el profesorado de los distintos centros educativos así como los y las médicos y sanitarios; los voluntarios del Banco de Alimentos o de las asociaciones de vecinos y también los militares de distintos acuartelamientos de la ciudad se han volcado durante muchos años para atender a las personas llegadas en las numerosas situaciones de excepcionalidad que he podido vivir in situ.
Se ha sido muy injusto con Ceuta. En ‘la península’ se piensa que esta entrada masiva ha supuesto una excepcionalidad en el devenir de la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Ceuta es una ciudad que ha hecho esfuerzos titánicos para recuperar su economía y atractivo turístico después de que la actividad comercial, vinculada a su zona franca, se perdiera. A pesar de ese desvelo, y coincidiendo con los nuevos movimientos migratorios generados por la globalización, la ciudad no ha dejado de recibir a migrantes en pateras, a nado o saltando las vallas del perímetro. Un goteo constante desde hace veinte años.
Se puede afirmar que es rara la semana en la que no entra nadie de forma irregular o no aparece un ahogado en una cala. Ocurre a menudo, y esa misma cotidianidad es la que hace que no sea noticia y no aparezca en los telediarios. La ciudad convive desde hace demasiado tiempo con jóvenes que viven fuera de un centro de estancia temporal o de acogida y que se esconden en los bosquecillos de Monte Hacho o cerca de Benzú; en los alrededores de la desalinizadora o entre los bloques de hormigón de Playa Benitez o del Muelle de la Puntilla. Jóvenes que deambulan por las calles y que intentan robar algo simplemente para comer. Varios lustros en esas condiciones generan cansancio y desgaste social. Lo ocurrido este verano de 2026, y créanme si les digo que aún no ha terminado, ha sido tan solo la gota que ha colmado el vaso de su resistencia.
No, Ceuta no es un lugar insolidario. Ceuta es una ciudad exhausta.