Iñaki Ezkerra-El Correo

Con motivo del Halloween, que se festejaba la noche del sábado, y del Día de los muertos, que se celebraba ayer, me topo con un artículo que habla de la elevación intelectual que está experimentando el cine de terror en los últimos años a base de incorporar ingredientes ideológicos y temas que están de moda en el debate social: el feminismo, el racismo, la violencia intrafamiliar, la sororidad, la inclusividad…

El fenómeno no sería inédito. Ya se ha producido antes en otros géneros como el distópico, el histórico, el policíaco… El de la distopía fue el primero que perdió su inocencia cuando se impregnó allá por los años 60 del credo ecologista y pacifista con ‘El planeta de los simios’, en el cual abundó ‘El día después’ en los años 80. Ese contagio ideológico ha llegado hoy a su apogeo con ‘El cuento de la criada’. El género histórico es, sin duda, el más afectado por ese mestizaje. No hay modo de ver una película sobre la esclavitud, el colonialismo o la guerra que no esté empapada de valores presentistas. La última es ‘La bola negra’, que, pese a sus hallazgos estéticos, se te hace bola porque te presenta a un Lorca convertido en profeta del LGTBI, con lo cual el pobre ni soñó en aquel tiempo en que los tradicionalismos, los fascismos y los comunismos andaban compitiendo en lo que ahora llamamos homofobia. En cuanto al género negro, el empacho de la corrección política amenaza con eliminar uno de los grandes y genuinos atractivos de sus clásicos héroes, que no es otro que el del defensor de la Ley que se salta la Ley gracias a sus métodos poco ortodoxos.

Volvemos al género del terror y a la elevación intelectual que hoy está sufriendo. Ni ‘Psicosis’ ni ‘La semilla del diablo’ ni ‘El resplandor’ se limitaron a la simplona receta del susto y el escalofrío. Las tres sobrepasan, por sus valores estéticos y sus connotaciones culturales, los estrechos límites del género. Pero una ideologización presentista habría arruinado esas tres películas. A Norman Bates, el apocado propietario del motel que encarnaba Anthony Perkins y que se disfrazaba de mujer asumiendo la personalidad de su madre muerta lo habría humanizado en nombre de la inclusividad sexual. A la secta que quería robar el bebé de la Rosemary interpretada por Mía Farrow la habría absuelto en nombre de la libertad religiosa y del derecho a practicar el satanismo. Con la Shelley Duval que hacía el papel de Wendy, la esposa del escritor poseído, se habría fabricado una empoderada heroína contra el maltrato machista y a las gemelas las habría despojado de su terrorífico halo beatificándolas como víctimas de la violencia de género.

No. No creo que la elevación intelectual sea un buen camino para el género gótico. Y es que toda buena película de terror exige un grado de incorrección política.