Ignacio Camacho-ABC
- Pedro no se va a quedar quieto a esperar el descabello. Necesita algún acontecimiento disruptivo capaz de crear un marco de debate nuevo
Mientras tú te preguntas cuántas veces habrás rozado la desgracia sin tener conciencia del peligro; mientras recuerdas las veces que con el tren parado en mitad del campo te llegaba un SMS de Renfe o de Iryo avisando de un retraso por vagos ‘incidentes operativos’; mientras te pasan por la mente los momentos en que leías la prensa o veías una serie en la tableta para matar el tiempo que te has acostumbrado a dar por perdido; mientras te indignas en diferido con el penoso deterioro del servicio que tanta satisfacción y hasta orgullo te provocaba al principio; mientras el pensamiento de haber estado en manos del azar sacude tu médula con un escalofrío; mientras te crece por dentro la rabia de saber que quizá ya nunca más podrás viajar tranquilo en tu medio de transporte favorito; mientras te irritas al concluir que la puntualidad o la comodidad han dejado de importarte con tal de llegar vivo, hay un montón de asesores políticos dando vueltas al modo de esquivar la ola de rabia popular que amenaza a su partido con un voto de castigo.
Así es la cosa, por irritante que te parezca. Con las elecciones a menos de un mes vista, la prioridad del Gobierno consiste en minimizar el impacto de la tragedia. Diseñar argumentarios, improvisar estrategias, impostar pesadumbre y responsabilidad, apuntar culpas ajenas, cortar alguna cabeza, presentar con gran alharaca mediática paquetes de medidas preventivas de urgencia. Tratar de levantar como sea la curva negativa de esas primeras encuestas que registran movimientos de placas tectónicas en una opinión pública desolada, impotente y colérica. Los expertos lo llaman ‘lansdlide’, corrimiento de tierras: un brusco desplazamiento de tendencias que en este caso está frenando el incipiente repunte del sanchismo y reforzando el avance de la derecha. El laboratorio de ideas de Moncloa no ha encontrado aún ninguna lo bastante eficaz para que la campaña cambie de tema; su única herramienta de movilización consiste por ahora en esa absurda huelga convocada con la esperanza de generar cierta agitación callejera. Aunque le quede el triste consuelo de que el foco nacional se ha alejado de la crisis de Ceuta.
Nadie debe caer, sin embargo, en el error de creer que Pedro se va a quedar quieto, resignado como un toro agonizante a la espera del descabello. Ni de que esté dispuesto a librar el resto de campaña con lealtad convencional a las reglas de juego: esa actitud es incompatible con un dirigente que lleva cuatro años planificando la alteración del censo a través de la ‘ley de nietos’. Es un experto en manipulación emocional y dispone de un ejército de ingenieros del caos acostumbrados a modificar comportamientos sociales en poco tiempo. Para mantener alguna opción necesita algún acontecimiento disruptivo capaz de crear un marco de debate nuevo. Pero ante la terca realidad de un fracaso sistémico y el balance dramático de decenas de muertos le costará encontrar un cisne negro que oscurezca al que acaba de aparecer entre las vías de Toledo.