Editorial-ABC

  • La renuncia de Óscar Puente es puro cálculo y confirma la degradación de la responsabilidad política como exigencia democrática

La dimisión de Óscar Puente como ministro de Transportes, tras el accidente de Urda y los anteriores de Adamuz y Gélida, no repara el daño causado ni satisface las exigencias de responsabilidad política. Las víctimas merecen explicaciones, justicia y garantías de seguridad, no una operación destinada a contener el desgaste del Ejecutivo. La gravedad de lo sucedido trasciende la gestión de un ministro y obliga a examinar el estado de la red ferroviaria, las decisiones presupuestarias y la supervisión de unas infraestructuras esenciales. La responsabilidad última de esa política corresponde al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Conviene reconocer una deficiencia que no nació con el sanchismo. Durante la etapa democrática española, la dimisión rara vez ha servido para sustanciar con transparencia la responsabilidad política. Ninguno de los dos grandes partidos que han gobernado España –PSOE y PP– ha cultivado de manera consistente esa práctica con la auténtica vocación de servicio público. Demasiadas renuncias han llegado tarde, forzadas por la presión mediática, judicial o electoral, mientras otras responsabilidades evidentes quedaban sin respuesta. Las excepciones se cuentan con los dedos de una mano. Esa tradición empobrece nuestra cultura institucional y alimenta la desconfianza hacia los poderes públicos: dimitir no equivale necesariamente a admitir una culpa penal, pero sí puede expresar el reconocimiento de un fracaso político y el respeto debido a los ciudadanos.

Precisamente por eso, la salida de Puente resulta tramposa. No se produjo después de Adamuz, donde murieron 46 personas, sino tras una nueva sucesión de accidentes y cuando falta menos de un mes para una cita electoral. El ministro había rechazado públicamente la utilidad de dimitir para reconfortar a las víctimas. Aquella respuesta confundía deliberadamente dos planos distintos. Nadie sostiene que una renuncia devuelva la vida a los fallecidos o alivie por sí sola el sufrimiento de sus familias. Su sentido consiste en rendir cuentas por las decisiones adoptadas, las advertencias desatendidas y los fallos de gestión que deban esclarecerse.

El cambio de criterio exige, por tanto, una explicación convincente. ¿Qué responsabilidad reconoce ahora Puente que no reconocía después de Adamuz? ¿Qué hechos nuevos justifican su salida? Sin respuestas, la dimisión parece subordinada al calendario político y no a un examen honrado de la gestión.

El propio ministro había vinculado su continuidad a que ella perjudicara al proyecto socialista o a que Sánchez lo considerase un problema. Es una concepción reveladora: la permanencia en el cargo depende de la conveniencia del partido, cuando debería depender ante todo de la confianza pública y del cumplimiento de las obligaciones institucionales. Tampoco puede el presidente presentar el relevo como una simple cuestión de talante. Sánchez sostuvo durante años a un ministro cuya agresividad verbal frente a adversarios, periodistas y ciudadanos degradó el debate público. Si ahora descubre la necesidad de un perfil más dialogante, debe explicar por qué toleró antes unos comportamientos incompatibles con la ejemplaridad exigible a un miembro del Gobierno. Pero el problema principal no es de modales. Es de gestión, mantenimiento, prevención y transparencia sobre el funcionamiento del sistema ferroviario.

La renuncia solo adquiriría significado si viniera acompañada de una investigación rigurosa, información completa sobre las causas de los accidentes y decisiones verificables para corregir las deficiencias detectadas. No corresponde anticipar conclusiones técnicas ni atribuir responsabilidades penales sin pruebas. Sí corresponde exigir responsabilidades políticas por la respuesta del Ejecutivo y por su obligación de garantizar un servicio seguro.

El presidente del Gobierno no puede utilizar a Puente como cortafuegos. Mientras no explique qué falló, qué controles resultaron insuficientes y qué medidas adoptará para evitar nuevas tragedias, esta dimisión seguirá siendo una maniobra defensiva, no una rectificación de Estado ni un verdadero ejercicio de responsabilidad del Ejecutivo, la salida de Puente será un cortafuegos y no una rectificación.