Guillermo Garabito-El Español
  • Gobernar España después de Sánchez es como reconstruir la civilización después del Apocalipsis: uno sólo piensa en por dónde empezar.

Existen esos tipos que cuando lo tienen todo hecho, cuando la vida al fin les sonríe y es liviana, la lían.

Ese al que le mira la mujer de sus sueños y sale con un comentario inconexo, inoportuno.

No por cafre, sino porque los nervios le jugaron una mala pasada.

El que la invita a un vino y, cuando ella intenta brindar, él decide tirárselo por encima.

Al PP, cada vez que puede gobernar, le pasa igual.

Moncloa es como una mujer guapa y el PP el tipo que responde: «¿Dónde vas? ¡Pues mi ex decía!«.

Gobernar España después de Sánchez es como reconstruir la civilización después del Apocalipsis: uno sólo piensa en por dónde empezar.

Está tan arrasado el decoro institucional (con un presidente al que se le mueren sesenta y nueve personas en un accidente de tren y decide que electoralmente no sale a cuenta ir al funeral…).

Está tan denostada la ejemplaridad, tan maltrecho el sentido de Estado, la lealtad con el pueblo español y su soberanía, que encauzar de nuevo una democracia digna de España (y no de un país en vías de desarrollo) va a costar lágrimas, sudor y más de una huelga general.

Supongo que alguien se lo habrá dicho a Feijóo, pero yo, si fuese él, preferiría que me mandaran a galeras que a Moncloa, porque ya se encargarán los restos del sanchismo, Colau y los mecenas de la kale borroca de incendiarle cada mañana la actualidad.

Para gobernar España hoy conviene desmontar el sanchismo, que ha parasitado el consejo de administración de RTVE, Correos, Renfe, Red Eléctrica y todo lo que alcanza la vista cuando miras el panorama desde la Carrera de San Jerónimo.

Porque el sanchismo no es un presidente, es una forma de entender las instituciones públicas, incluida la universidad, como un feudo particular.

Lo primero que debe entender Feijóo, lección que jamás entendió Rajoy, es que gobernar un país no es ser presidente, consiste precisamente en no dejar en sus puestos a aquellos que ayudaron a perpetuar el sanchismo contra toda indicación ética y moral.

Este «que viene la extrema derecha» que claman Almodóvar, Ana Belén, los Javis y toda la infantería bien nutrida de la Ceja de Zapatero (antes de que se le cayera el pelo) tiene sólo que ver con su propio interés.

No hay un solo español honrado, que madrugue cada mañana y pague impuestos a final de mes, al que le parezca mejor vivir en medio de un lodazal de casos de corrupción diarios que en un país con un presidente nuevo.

Y bastaría con que los ministros del próximo Gobierno no se fueran de putas y además les pusieran un piso después a cambio de favores ministeriales.

Nos serviría con que no acabaran en la cárcel por haberse llevado a manos llenas los recursos que les acabaron costando la vida a más de un centenar de personas sobre las vías de un tren.

Nos conformaríamos con que nuestros impuestos fuesen de verdad para sanidad, educación e infraestructuras en vez de para pagar los caprichos de los independentistas que mantienen un Gobierno en estado vegetal.

Nos conformamos con tan poco ya…

Con que el PP y Vox le devuelvan Ceuta a los ceutíes, de los que ya nadie habla.

Con que Red Eléctrica no se fundiera, con que las víctimas de cualquier tragedia reciban lo que les corresponde ya que nadie podrá devolverles a sus familiares o sus vidas.

Con que la derecha no le deba nada, ni turbio ni claro, a Marruecos.

Con que tengamos un presidente que garantice de una vez por todas las fronteras, incluida Barajas.

Un presidente que no se deje coaccionar.

Eso, y que decidan dejar de sangrar impositivamente a cada español.

No necesitan hacer nada más, pero tampoco pueden permitirse hacer menos.