La efigie

ABC 12/02/14
DAVID GISTAU

· Conviene solucionar la congestión de ira sin someter a los cargos públicos a sesiones de escarnio que no tienen por qué apetecerles

Siempre me hizo gracia una idea con la que Forges jugaba a menudo cuando, hace muchos años, comencé a leer periódicos. Se trataba de ofrecer a los ciudadanos, que sólo debían introducir una modesta moneda en una ranura, como en un vídeo-juego de bar o en la cabina de un «peep-show», la posibilidad de desahogarse insultando o golpeando durante un tiempo predeterminado un maniquí que representaba el cargo político que más odio les inspirase. Era una buena solución terapéutica, con menos afectación en el tráfico vial y menos riesgos para la dignidad de las personas que, por ejemplo, la de conceder una legitimación legal a la invasión de intimidades familiares de los escraches.

Durante el fin de semana, tuve dos ocasiones de comprobar cuánta frustración le queda al ciudadano enojado que no puede aliviar la bronca a base de verbalizarla como insulto contra un sujeto sin posibilidad de réplica. Cela quiso que a su Pascual Duarte lo asombrara lo sosegados que se quedaban los habitantes de Madrid después de proferirse en las discusiones de tráfico insultos tremebundos. Atribuía a esa vía de escape que en la ciudad no se cometieran más asesinatos de los relacionados con el empozoñamiento que causa un rencor al que no se dio salida. Mi mujer, que es porteña y por lo tanto nació en la ciudad cuyas élites cambiaron los confesores por psicólogos, siempre insiste en que los españoles deberíamos confiar más en el psicoanálisis, ya que no todo puede consistir en andar arrojando una cabra desde el campanario, y menos aún cuando la cabra es una infanta o un ministro.

En la España contemporánea, el «exabruptus interruptus» puede provocar un grave problema de salud social. Si al manifestante no se le permite hacer catarsis, quién sabe si no estallará contra el vecino que le diga «pues parece que va a llover» durante una de esas conversaciones ligeras típicas del ascensor. El primer acontecimiento de este fin de semana donde empecé a preocuparme por la gestión de la ira y la cohesión a partir de un odio compartido fue la manifestación fallida con ocasión del interrogatorio en Palma. No pude sino compadecerme de ese republicano, incorporado a la crónica, que, habiéndole impedido la Policía alcanzar una distancia propicia para el insulto, tuvo que regresar a casa sin desahogo, condenado a volver el lunes a la oficina con la rabia intacta. El segundo, obviamente, fue la gala de los Goya, donde los cineastas tuvieron que conformarse con quemar al ministro de Cultura en efigie, como hacía la Inquisición con los huidos, mientras la realización ofrecía planos de Lasalle que recordaban, durante el fervor vindicativo de «El Santo», los de Casillas en el banquillo cada vez que a Diego López le metían un gol. La frase que mejor definió esta frustración fue la de Barroso cuando dijo que el ministro de Defensa jamás faltaría a un desfile del ejército. Esta opinión delata una visión orgánica procedente del intervencionismo cultural creado para el gaullismo por André Malraux: el ejército forma parte del Estado, pero los cineastas no, y su fiesta, como sus proyectos profesionales, son del ámbito privado.

Aun así, conviene solucionar la congestión de ira sin someter a los cargos públicos a sesiones de escarnio que no tienen por qué apetecerles. Pueden emplearse dobles de los ministros para las escenas de acción. Pero la idea de Forges es una posibilidad: Wert representado por un muñeco y colocado en la alfombra roja para que pudieran arrearle un rodillazo en los testículos todos los cineastas según fueran pasando.