Hacia un mapa político poliédrico

EL MUNDO 24/05/15 – EDITORIAL

· Las elecciones autonómicas y locales fueron siempre un termómetro para plasmar las tendencias de voto que luego acaban germinando a escala nacional. No hace falta remontarse a 1931 ni a 1979 para ejemplificar este aserto porque ahora no asistimos a un cambio de régimen ni a un proceso de ruptura. Sin embargo, los comicios que se celebran hoy marcarán un punto de inflexión en el mapa político del país. La crisis económica larvada desde 2008, los duros ajustes en materia social y el hartazgo de una parte considerable de la ciudadanía han horadado la credibilidad del PP y el PSOE, al tiempo que han disparado las opciones de los nuevos partidos hasta el punto que todos los sondeos pronostican la irrupción de Podemos y Ciudadanos.

La solidificación del poder local alrededor de estas fuerzas emergentes acrecentará la necesidad de llegar a acuerdos y arrastrará inevitablemente a los dos ejes del bipartidismo a mover ficha, de tal manera que ya nada podrá ser igual que hasta ahora tras el 24-M. Las exigencias de transparencia en los partidos, los propósitos de regeneración y la modernización de las instituciones serán asuntos centrales de la agenda inmediata. El escrutinio de esta noche decidirá en buena medida la orientación de las reformas pendientes en estos asuntos clave.

Los resultados del 24-M serán tomados como una primera vuelta de las elecciones generales, tal como ha venido ocurriendo desde la Transición. Hoy, si cabe, con más motivo teniendo en cuenta la volatilidad demoscópica, el elevado porcentaje de indecisos –a estas alturas todavía supera el 30%– y los 386.189 jóvenes que votarán por primera vez en estas elecciones, lo que, en principio, beneficiará a los nuevos partidos. En contra de lo que suele ser habitual en las campañas españolas, los programas electorales sí se han situado esta vez en el centro de atención, en gran medida, por el empuje de los nuevos partidos y su capacidad para poner sobre el tablero cuestiones que hasta hace poco tiempo pasaban inadvertidas para PP y PSOE.

Aunque la campaña no ha estado exenta de juego sucio –sobre todo a raíz de filtrarse la declaración de la renta de Esperanza Aguirre–, el grueso se ha centrado en la fiscalidad, la corrupción, la vivienda y el Estado del Bienestar. Las propuestas esgrimidas por Ciudadanos –como reducir los tramos de IRPF y aliviar la carga impositiva sobre las clases medias– han movido al PP a asumir las tesis de Aznar y de FAES y recuperar su discurso liberal de rebajas tributarias, por temor a una fuga de apoyos al partido que por primera vez en muchos años le disputa el centroderecha. En el otro costado, los agresivos planes de Podemos en materia fiscal y de vivienda han forzado al PSOE a recuperar en su programa unos mínimos en el impuesto de Sucesiones y la «erradicación de los desahucios».

La ausencia de mayorías absolutas ayudará a refrescar el anquilosamiento orgánico de los partidos hegemónicos, aunque también puede generar un escenario de incertidumbre en muchos gobiernos locales. El PP aspira a conservar el 37% del voto que alcanzó en 2011, cuando amasó un poder institucional inédito. El PSOE se conformaría con repetir el 28% que logró hace cuatro años, mientras Ciudadanos busca convertirse en la tercera fuerza municipal y Podemos focaliza sus opciones en arrebatar al PP y CiU las alcaldías de Madrid y Barcelona, respectivamente. La frustrada investidura de Susana Díaz ha encendido la luz de alarma en los estados mayores de los dos grandes partidos, cuya resistencia se pone hoy a prueba. La capacidad de pactos con las nuevas fuerzas supone, en sí mismo, un cambio sustancial que el bipartidismo se verá obligado a digerir.