Rekarte

ABC 24/05/15 – JON JUARISTI

Jon Juaristi
Jon Juaristi

· Insultar a los reinsertados resulta tan indecente como humillar a cualquier conciudadano.

Asus 19 años, en 1991, Iñaki Rekarte Ibarra se desenganchó de la farlopa e inició una breve carrera criminal en las filas de ETA. El 19 de febrero de 1992 hizo estallar un coche-bomba cargado con ciento veinte kilos de amonal en la calle La Albericia de Santander, al paso de una furgoneta de la Policía Nacional. La explosión produjo heridas de diversa consideración a los dos ocupantes del vehículo y a quince transeúntes. Mató a otros tres: a un matrimonio que dejó huérfanos a dos adolescentes sólo algo más jóvenes que Rekarte y a un hombre de 28 años. Apenas un mes después del atentado, sus autores fueron detenidos.

El 19 de noviembre de 2013, tras la anulación de la aplicación retroactiva de la doctrina Parot, Rekarte fue puesto en libertad. Había cumplido una décima parte de la condena que se le impuso (203 años de prisión). En la cárcel se había desvinculado de ETA, optando por la llamada «vía Nanclares». Hace unos días se puso a la venta su libro Lo difícil es perdonarse a uno mismo (Editorial Península) y, con tal motivo, ha sido entrevistado en diversos medios de prensa.

He leído el libro de Rekarte, intrigado por las indignadas reacciones de algunos amigos míos a su campaña de promoción. No me ha parecido escandaloso. Si acaso, tristemente innecesario. Salvo rarísimas excepciones, las palinodias de terroristas no han producido obras memorables. Como sucede con todo género autobiográfico, no basta que el autor sea sincero. Debe ser inteligente, lo que no es el caso de Rekarte, que pretende suplir con sentimentalismo un penoso déficit de discernimiento y capacidad analítica. Le sobra, en cambio, moralina emocional y, lo que es peor, autocompasión. Defectos muy evidentes cuando se compara el resultado con la devastadora autocrítica del terrorismo nacionalista en autores como el antiguo miembro del IRA Sean O’Callaghan o los vascos Mario Onaindía y Eduardo Uriarte Romero.

Pero es que el tipo humano del etarra de los años de la democracia ha sido muy distinto del que predominó en los tiempos del franquismo. No me refiero –o no únicamente– a diferencias morales, sino a una degeneración cultural innegable. Los etarras de la generación de Rekarte eran ya el resultado de una brutalización de la subcultura juvenil vasca a consecuencia, precisamente, de la persistencia de la violencia abertzale. El kalimotxo y la kaleborroka habían apagado la luz del entendimiento. Si no se hubiera señalado antes, sería un mérito de Rekarte haber dado testimonio de la afluencia a la ETA crepuscular de lo peor de cada casa o caserío, pero ni en esto se pasa de original.

Sin embargo, con toda su cursilería y su narcisismo a cuestas, Rekarte ha hecho bastante más por la reconciliación y la convivencia cívica que la mayoría de sus camaradas de antaño, y eso es precisamente lo que me irrita de los ataques que viene recibiendo por parte de enemigos más o menos probados de ETA, entre los que se cuentan amigos míos: el hecho de que se encarnicen más con él que con los exetarras que se proclaman orgullosos de sus delitos pasados, como los noventa y tres del manifiesto de esta semana, sin ir más lejos. Rekarte no me cae simpático. No me iría con él de copas, pero, si lo tuviera por vecino, lo saludaría al cruzármelo o le devolvería el saludo. Y, por supuesto, lo defendería contra cualquier tentativa de linchamiento moral (o físico, si se terciara). La mayor parte de las opiniones que expone en su libro me parecen sencillamente erradas y banales, pero no son las de un terrorista, y humillarlo porque lo fue en otro tiempo resulta tan indecente como pintar dianas en la puerta del adversario político.