JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS-EL CONFIDENCIAL

  • El líder de Podemos está en el Consejo de Ministros con el PSOE y fuera del Gobierno con una alianza de extrema izquierda con Bildu y ERC para controlar a Sánchez
Pablo Iglesias ha culminado una operación política inteligente. Con el fin de aprobar los Presupuestos, ha aunado un grupo bien cohesionado: sus 35 escaños en el Congreso, más los 13 de ERC, más los cinco de Bildu. De momento, sirve para que prosperen las cuentas públicas y se estabilice así la legislatura. Pero no solo. Se trata también de crear una plataforma de extrema izquierda que, con actuaciones coordinadas, actúe en paralelo y condicione a Pedro Sánchez y —en expresión de Gabriel Rufián— le “tuerza el brazo al PSOE en el Gobierno” cuando lo crea necesario.

El estreno de esta alianza ha consistido en presentar de consuno una enmienda a los Presupuestos para que los desahucios se prohíban hasta 2022. De esta manera, Unidas Podemos está en el Gobierno y en la oposición, y lo que no consigue en el Consejo de Ministros lo logra con la coalición paralela fraguada con republicanos y bildutarras. Iglesias se blinda así de las servidumbres inconvenientes de la lealtad y la cohesión que requieren un Ejecutivo de coalición y le muestra a Sánchez un poder más musculado y eficaz que el que le reporta su exiguo grupo parlamentario.

El líder de Podemos, pensando en el futuro próximo, ha articulado una oposición adicional al Gobierno del que forma parte UP para blindarse tras la aprobación de los Presupuestos que atornillarán a Pedro Sánchez en la Moncloa. Si el presidente se fortalece con el respaldo a las cuentas públicas de 2021, Iglesias no quiere ser menos. Pretende que en lo que queda de legislatura, el secretario general del PSOE no solo dependa de su grupo parlamentario (35 escaños) sino también de un espectro mayor de fuerzas de extrema izquierda (53) y, además, independentistas, dispuestas a abatir el sistema constitucional. Esa es la clave del fichaje de Bildu para la ‘mayoría gubernamental’ y de la más estrecha relación con ERC.

El propósito de Iglesias va todavía más allá. Porque con la sobreexposición de Bildu, con su protagonismo, con su legitimación como interlocutor del Gobierno y pieza de la mayoría gubernamental, consigue que le dispute el terreno de juego al PNV, que es un partido por el que el vicepresidente segundo siente una simpatía descriptible. Se trata de una organización de origen cristiano, afecta a determinados valores conservadores y representante de las clases medias y empresariales vascas. Los nacionalistas vascos han denunciado que los de Otegi disponen de una “agenda oculta” en Madrid.

Es evidente: su propósito es sustituir a medio plazo el protagonismo de los peneuvistas en la gestión de los intereses de Euskadi en las instancias estatales y planificar el asalto a Ajuria Enea, para el que contarán con la ayuda de Podemos y, si no hay una rectificación muy seria en la política interna del PSOE, con un ‘podemizado’ socialismo vasco que considera a su actual secretaria general, Idoia Mendia, casi una ‘histórica’ de la organización. Ya hay candidatos para sustituirla: uno de esos jóvenes, de la edad de Adriana Lastra, a los que les ‘toca’ dirigir el partido.

Si para Iglesias el progreso de Bildu en el País Vasco y Navarra es de fundamental importancia, el de ERC en Cataluña es igualmente esencial. Y más perentorio, porque quiere jugar la baza de un tripartito tras el 14 de febrero con un presidente republicano en la Generalitat y su fiel Asens en la vicepresidencia o en una consejería determinante del Govern.

Estos planes para Bildu y ERC saldrán o no en el País Vasco y Cataluña, pero Iglesias los fabula mientras ya ha logrado que en el Congreso de los Diputados tres grupos parlamentarios bajo su mando estratégico se conviertan en una advertencia permanente a Sánchez. De ahí que el presidente trate por todos los medios, y sin perder la cara, de mantener la precaria relación con Ciudadanos. Si Arrimadas arroja la toalla, el secretario general del PSOE sería por completo dependiente de la coalición paralela de Iglesias. Una perspectiva poco halagüeña. Apartar a Ciudadanos del bloque que aprobará los Presupuestos es el objetivo principal del vicepresidente segundo y de su grupo de aliados para articular un doble control al Gobierno: desde dentro y desde fuera.

El silencio de Sánchez sobre la incorporación de Bildu a la mayoría gubernamental es muy elocuente. El presidente sabe perfectamente que el fichaje de Otegi responde mucho más a los intereses de Iglesias y de Podemos que a los suyos y a los del PSOE. Por mucho que se empeñen Adriana Lastra, Simancas y Ábalos, el electorado socialista, mayoritariamente, está en ese “¡con Bildu, no!” que teatralizó tan eficazmente Alfonso Guerra, un representante egregio de los ‘históricos’ del partido, a los que la edad no ha restado ni un ápice de lucidez sobre las vibraciones emocionales de una buena parte de la militancia de la izquierda.

Está en el ambiente que, aunque el Gobierno de coalición dure, terminará mal. Sánchez querrá comparecer en unas futuras elecciones recuperando el discurso que esgrimió entre abril y noviembre de 2019 —y que traicionó—, e Iglesias hará lo propio impugnando la política socialista y arrogándose los logros de la legislatura en materia social. Entre ambos líderes, hay una tensión soterrada aunque se presenten como bien avenidos. No lo están en absoluto. Y los dos lo saben. Por eso, Iglesias se atrinchera con una alianza estratégica con la extrema izquierda en el Congreso y el secretario general del PSOE quiere de su lado al PNV y a Ciudadanos. Veremos cómo termina esta partida entre dos tahúres de la política.