PEDRO CHACÓN-El Correo

  • Los mismos partidos que dicen condenar por igual a ETA y al franquismo igualan a todas las víctimas de la época de ETA, pero no a todas las de la Guerra Civil

El indulto a los presos catalanes del ‘procés’ pone bajo el foco del análisis lo que representa el perdón en general y el perdón en la política en particular. Si hay una acción del ser humano que más le reconcilie consigo mismo y con los demás, esa es la de perdonar. Filósofos, moralistas y teólogos debaten sobre lo más profundo y a la vez más inexplicable del comportamiento humano que entraña el concepto de perdón. Y es que, así como se dice que somos capaces de lo peor, los seres humanos también lo somos de lo mejor, y el perdón es su ejemplo máximo. Se llega a decir que solo existe perdón verdadero cuando se perdona incluso lo imperdonable, sin contrapartidas, sin interés por quien perdona y sobre todo sin que nadie te lo pida y sin exigir nada a cambio.

Y del mismo modo que la política es una actividad humana, para algunos la más excelsa, es lógico que también exista el perdón político, que es ante lo que estamos ahora con lo de los presos del ‘procés’. Es cierto que las fallas de este perdón de Pedro Sánchez a Oriol Junqueras y los demás, en relación a los intereses en juego, desvirtúan, por sí solas, la magnificencia del perdón entendido en su más auténtico significado. Pero el solo hecho de que hablemos del perdón con relación a los indultos nos lleva a imaginar lo que podría suceder si aplicáramos esa posibilidad -o lo intentáramos al menos- a otros aspectos igualmente candentes de la coyuntura política actual.

Hace unos días ha tenido lugar un acto solemne que todos los años viene a recordar a los gudaris y milicianos muertos hace más de ochenta años durante la Guerra Civil en Euskadi. Allí estuvieron representados el Gobierno vasco, con Josu Erkoreka e Idoia Mendia a la cabeza, así como los partidos, sindicatos y fundaciones políticas activas en el tema de la memoria histórica. Un acto así no redunda precisamente en la convivencia política que se diga, puesto que se está señalando expresamente a quienes no estuvieron, a los que el simple hecho de su ausencia les niega la posibilidad de estar de acuerdo con lo sustancial de lo que allí se ensalzaba y defendía, a saber, «los hombres y mujeres que, bajo el mando del Gobierno de Euskadi, se entregaron y dieron todo en defensa de la libertad y la democracia, contra el fascismo, para construir una sociedad para todos».

Si el PNV y el PSE de entonces, uno contra el aborto, los matrimonios del mismo sexo, el divorcio o la eutanasia, y el otro partidario de la dictadura del proletariado, no tenían mucho que ver con sus homólogos de ahora, del mismo modo cabe pensar que los partidos actuales de derechas tampoco tendrían por qué sintonizar con los de entonces, sostenedores de un alzamiento militar. Pero en un acto como el que decimos se establece una línea de continuidad ficticia entre el entonces y el ahora que viene a remachar una vez más el clavo de las disputas y ahondar las trincheras ideológicas, en lugar de aportar cauces de convivencia, cohesión y serenidad al debate político.

Hace poco también, como sabemos, se inauguró el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Parece que hay un consenso generalizado en ver esa institución como un hito en el reconocimiento de las víctimas, poniendo el énfasis en que ahí están representadas todas las víctimas, porque todas son iguales y no hay de primera ni de segunda. Y los victimarios quedarían en segundo plano. Pero es que resulta que los dos partidos principales que inauguraron ese Memorial, representados por sus máximos dirigentes, son los mismos que organizaron el acto del homenaje a los gudaris y milicianos, donde está claro que más que de todas las víctimas solo se habló de una parte de ellas, esto es, de los gudaris y milicianos muertos, no de las del otro bando. Y eso que, como está demostrado por los estudiosos de la Guerra Civil menos sospechosos de revisionismo, Euskadi fue donde las víctimas de ambos bandos estuvieron más igualadas en número, en relación con el resto de España.

Los mismos partidos que dicen condenar por igual a ETA y al franquismo, cuando se trata de víctimas, igualan a todas las de la época de ETA y, sin embargo, no igualan a todas las de la Guerra Civil. Aducen que el franquismo ya homenajeó a sus víctimas. Como si ETA no homenajeara a las suyas. ¿Por qué en el caso del terrorismo se pone el énfasis solo en las víctimas, mientras que en el caso de la Guerra Civil se pone en las causas que motivaron a los victimarios, haciendo a unos defensores acérrimos de las libertades y la democracia y a los otros del fascismo y la tiranía? Y, sobre todo, ¿por qué, esos mismos partidos que hoy defienden el indulto como forma de avanzar en el conflicto con Cataluña no piensan ni por asomo en aplicar la misma metodología a su política de la memoria histórica?