Ignacia De Pano-Vozpópuli

  • Lo que ahora todos vemos se parece muy poco a lo imagen que nos vendió durante tantos años

Contaba Zapatero, hablando de los inicios de su noviazgo, que uno de sus primeros regalos a Sonsoles Espinosa fue un libro de Borges al que añadió la siguiente cita a modo de dedicatoria: “El amor es producir una mitología privada y hacer del universo una alusión a la única persona indudable”. Apaguen ustedes sus mecanismos automáticos de activación de vergüenza ajena y vuelvan a leerlo, esta vez sin correr: “El amor es producir una mitología privada y hacer del universo una alusión a la única persona indudable”.

Ante semejante pedantería solo cabían en la destinataria dos reacciones posibles. O la huida a la carrera sin volver la vista atrás o la rendición total. Espinosa optó por la segunda opción, quizás hipnotizada por la mirada metálica de su pretendiente, tan parecida a la del personaje Kaa de El libro de la Selva, y ahí siguen juntos muchas décadas después, tras haber producido una mitología privadísima en la que Mammón, dios del dinero, se parece mucho en su sonrisa forzada al expresidente imputado.

Al arrullo del partido

Alguien que en su juventud es capaz de escribir esa dedicatoria sin sonrojarse es capaz también de vendernos una  etapa previa a la política como profesor de derecho Constitucional en la Universidad de León en la que sus acólitos, llevados por sus discursos vacíos y su voz campanuda, le imaginan prácticamente como catedrático. Pero nada más lejos de la realidad. Rodríguez Zapatero no llegó ni siquiera a hacer la tesis y su contratación se produjo en condiciones irregulares sin que llegaran a cumplirse los trámites obligatorios. Como no destacaba especialmente por sus ansias de trabajar y la tesis no avanzaba, se le avisó de que no se le renovaría el contrato, a lo que él respondió que no pasaba nada, que se iría de la Universidad para volver “al partido”. Partido del que nunca más salió, sin haber conocido durante el resto de su vida hasta la actualidad  un solo día de honesto trabajo en la economía privada que se desempeñara al margen de sus contactos políticos.

En su eterna impostura, posando siempre de intelectual cargado de buenas intenciones, impulsó desde el poder una agenda que no tenía más propósito que disolver los logros de la Transición. La llamada “memoria histórica” reabrió heridas que ya estaban cerradas y sus constantes referencias al pasado distinguiendo entre unos y otros españoles pavimentarían el camino que llevaría a la desintegración de nuestros valores cívicos, lo que permitió años después que un sujeto como Pedro Sánchez pudiera hacerse con al poder sin que el sistema inmunitario de nuestra democracia, que debió ponerse en marcha en las famosas primarias de su partido,  lo impidiera.

Piruetas psicológicas

Este personaje, que salió del poder obligado por sus socios europeos y por la realidad de una crisis económica brutal que él agravó por negarse a reconocerla, pasó de contar nubes y dedicarnos a los españoles frases tan ridículas y cursis como las de su primera dedicatoria a Sonsoles a quitarse la careta en privado para dedicar sus esfuerzos a ganar dinero de todas las formas posibles.

Lejos de su intención verse limitado por los principios éticos de los que parecía ser el principal valedor. Zapatero es un ejemplo perfecto de aquella máxima de que o haces lo que piensas o piensas como haces. Las piruetas psicológicas que este hombre se habrá visto obligado a hacer para vivir sin contradicciones internas su incoherencia vital han debido ser enormes. Pero todo ese entramado mental que le permitía vivir en la impostura haciendo exactamente lo contrario de lo que decía requería como elemento esencial de la oscuridad. Sus maniobras no podían ser conocidas, sus negocios y sus chanchullos no podían ser, por ellos mismos, los autores de su relato biográfico. De ahí que el que se haya levantado el velo cuidadosamente tejido durante años para ocultar y maquillar su trayectoria le haya resultado brutal. Y el episodio chusco y triste de las joyas escondidas en su caja fuerte, con su componente de urraca que se deja llevar por el brillo de las alhajas, especialmente letal.

Ya no cabe pasear libros de Borges bajo el brazo ni ir por el mundo con la sonrisa beatífica del que está desprendido de toda querencia por el vil metal. La realidad, con su brillo cruel de tubo fosforescente, se ha posado sobre su vida, su entorno y su casa sin contemplaciones. Y lo que todos vemos, la verdad que se revela, se parece muy poco a lo que nos vendió durante tantos años. Esa, y no otra, es la verdadera condena que está sufriendo. Verse  por primera vez en el espejo, y saberse visto, con buena luz.