Jon Juaristi-ABC
- ¿Para qué sirve el libre albedrío en la España de Sánchez?
Albedrío, del latín ‘arbitrium’, significa capacidad de juzgar y atenerse al juicio propio al elegir actuar de una forma u otra. El ‘libre albedrío’ es un principio ético y jurídico según el cual nadie debería ser obligado a actuar en contra de su propio juicio. Tiene bastante que ver con lo que los filósofos liberales denominan ‘libertad negativa’, o sea, la de no someterse a coacciones externas (salvo que uno decida libremente hacerlo) y, por supuesto, con la concepción cristiana de la libertad, que se identifica con dicho principio. Hay, sobra decirlo, filosofías que niegan el libre albedrío, y hay sistemas políticos que lo persiguen abiertamente. Por ejemplo, el socialismo y el comunismo. La pasada semana, la ministra comunista de Sanidad sostuvo que no se debe consentir que cada uno siga su libre albedrío. No es una idea original: la libertad, según la izquierda, consiste en el sometimiento de la voluntad propia a la necesidad histórica, o sea, a los intereses de la clase trabajadora, que son los intereses del partido socialcomunista identificados con los intereses personales del jefe o puto amo del partido, a través del que habla la historia, aunque a veces habla a través de un mangarrán como Óscar López o de una mangarrana como Mónica ‘Mater et Ministra’, pues la historia no desdeña valerse de mangarranes o mangarranas como oráculos, al contrario que Dios, que solo habla a través de profetas acreditados.
«Habiéndome robado el albedrío un amor tan infausto como el mío, ya recobrados la quietud y el seso, volvía de París en tren expreso», escribía Campoamor antes del socialismo, cuando se podía viajar en tren y la única amenaza al albedrío humano eran los amores infaustos. Acabo de volver de Vitoria en autobús (está la cosa como para volver en Alvia). Resulta que en Vascolandia prolifera una nueva versión de la kale borroka que responde al marbete de Gazte Koordinadora Sozialista: se define como soviética y antisemita y, de momento, enguarra las paredes de los mingitorios y de las universidades con pintadas como «Slava Stalin» (‘Gloria a Stalin’), porque son también antiucranianos y creen que el alma del filántropo georgiano se ha reencarnado en Putin. Han sustituido la ikurriña por banderas rojas y palestinas y se pirran por convertirse en la vanguardia de la nueva izquierda que auspicia Rufianet. No obstante, su verdadero modelo parece ser ‘la France Insoumise de Mélenchon’, cuyos alevines se dedican a apuñalar chavales católicos.
Va a tener razón Mónica Mangarraglan. ¿Qué pinta el libre albedrío en el lado correcto de la historia, donde campan felices los cerdos del rebaño de Epicuro (perdón: del Puto Amo)? Campan felices hasta sus jefes de Policía, y luego decían de la de Franco. En fin, entre Beria y Marlaska existió un término medio: Billy el Niño.