Gorka Angulo-El Correo

  • El problema es que el rearme alemán no es el embrión de una fuerza europea y la UE debe empezar a actuar por sí misma y creerse lo que puede ser, una superpotencia

La gran coalición entre democristianos (CDU/CSU) y socialdemócratas (SPD) más débil de la historia en Alemania cumple un año, con sobresaltos permanentes desde la investidura ¡a dos vueltas! de su canciller, Friedrich Merz. La fallida elección como jueza del Tribunal Constitucional Federal de la jurista Frauke Brosius-Gersdorf, a propuesta del SPD, estuvo a punto de tumbar a un Ejecutivo abonado desde el primer día a las fricciones internas, las embestidas de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y las polémicas por abordar cuestiones hasta ahora intocables vinculadas a la seguridad, la defensa, la inmigración y el Estado asistencial, que necesitan ser reformadas con un amplio consenso.

Las llamadas ‘guerras culturales’ de la AfD obligan a la CDU a endurecer sus posiciones en temas como familia, inmigración o economía distanciándose del SPD y fracturando su alianza. Sumar a esto la deplorable actitud de 18 diputados de la CDU, niñatos de su sección juvenil, Junge Union, vestidos de Uniqlo, que parasitan ya en la política cuestionando en nombre de la modernidad la lealtad a su líder por un supuesto conflicto generacional, poniendo en peligro la unidad de su partido en una frágil mayoría gubernamental en el Bundestag.

La primera potencia europea vive sacudida por el aumento astronómico del gasto militar a costa de un Estado social debilitado. El día 22, el ministro de Defensa, Boris Pistorius (SPD), el político más apreciado, anunciaba el ejército convencional más fuerte de Europa. Se trata del mayor rearme desde 1945, con un gasto en Defensa que pasará de 86.000 millones en 2024 a 150.000 millones en 2029, con una previsión general de 460.000 efectivos en la Bundeswehr dentro de tres años. ¿Qué supone esto? En principio reposicionar a Alemania bajo la bendición de la OTAN y el dinero de la Unión Europea (UE) con un doble liderazgo, militar e industrial, sobre todo el segundo, como nueva industria tractora frente a la crisis del sector automovilístico.

A pesar de los recelos de Emmanuel Macron, por fin en la cuenta atrás para su despedida, nadie en Europa se altera con respecto a Alemania recordando el delirante ‘Lebensraum’ (espacio vital) y la temible Wehrmacht de Hitler. Ahora el ‘Lebensraum’ es la ‘Madre Rusia’ de Putin y la Wehrmacht, sus Fuerzas Armadas. El problema es que la nueva Bundeswehr no es el embrión de un euroejército, sino un programa nacional que no plantea una Europa de la Defensa.

La UE tiene unas instituciones fosilizadas, creadas en el contexto de la Guerra Fría y que se han ido extendiendo al Este como paradigma incuestionable de la libertad, el bienestar social, la democracia y una paz perpetua casi kantiana. El «dividendo de la paz» europeo, como apunta con acierto el historiador británico Timothy Garton Ash en su libro ‘Europa. Una historia personal’, recortó los gastos de defensa por debajo del 2% del PIB marcado por la OTAN e interrumpió los suministros de armamento y munición, reconfigurando los ejércitos de cada Estado frente a las amenazas de ‘agentes no estatales’. La UE no aprendió nada de la guerra en Yugoslavia, ha demostrado sus limitaciones con la invasión rusa de Ucrania y todavía no es consciente de que el enemigo ruso está en la puerta con el paraguas norteamericano cerrado por Trump.

Rusia mantiene una guerra convencional con Ucrania y hace tiempo que comenzó a tantear la respuesta europea en sus fronteras con diversas provocaciones en forma de ciberataques, sabotajes, violaciones del espacio aéreo o de la soberanía marítima de algunos Estados. Europa tiene que empezar a pensar y actuar por sí misma, sin Estados Unidos, creyéndose lo que puede ser: una superpotencia, con un solo ejército desde una nueva alianza militar, mutualizando cargas, efectivos y armamentos. Ir más lejos que su Política Exterior y de Seguridad Común.

Y es aquí donde Alemania debería liderar y marcar la hoja de ruta más allá de sus fronteras y presupuestos. Pero no olvidemos la cara B del incremento del gasto militar: el debilitamiento del Estado de bienestar, insostenible, según Merz. En Alemania, cierto, hay menos de dos trabajadores por pensionista, uno de cada tres euros que se generan se destina a pensiones, asistencia y gastos sociales, y la tasa de natalidad está por debajo de la de 1946. Pero un austericidio hasta 2030 de 38.000 millones solo en gasto sanitario obliga a un gran debate nacional y europeo en partidos e instituciones hasta conseguir hacer compatibles bienestar y defensa optimizando los recursos económicos.

El canciller Helmut Kohl comparaba al modélico Estado social alemán con un gran parque de atracciones. Con los recortes proyectados, Alemania solo puede alardear ahora de ser un gran parque temático de guerra con una economía de posguerra.