Ignacio Camacho-ABC
- Las disculpas de Mbappé y Tebas a China son lamentables. Han sacrificado la libertad de expresión por sus intereses particulares
La frase del título fue la expresión exacta del Mbappé cuando le preguntaron por su ‘meme’ favorito. Se refería a uno en que su cara aparece inserta en un célebre póster del que, en efecto, no sólo fue un dictador en el más pleno sentido sino el responsable del mayor exterminio colectivo –digámoslo así para huir de tecnicismos jurídicos sobre el término genocidio– que la humanidad haya cometido. La hecatombe alimentaria del Gran Salto Adelante, la revolución cultural y las purgas ideológicas de posguerra liquidaron a más de cincuenta millones de personas en el cálculo más benigno. Y no es propaganda occidental: el propio Partido Comunista de China reconoció en una resolución oficial de 1981 los ‘trágicos errores’ del maoísmo.
El futbolista ni siquiera mencionó el nombre. Es probable que no lo supiera pese a que posee una formación superior a la media de la mayoría de sus colegas. Ahora seguro que lo sabe, y también que con eso no se bromea; ha sido cancelado en China, sus patrocinios comerciales retirados y su imagen prohibida en internet y borrada de cualquier producto donde apareciese impresa. De rebote, el régimen ha prohibido la retransmisión de partidos de la Liga española para que el mundo entero aprenda que el sentido del humor escasea en las dictaduras –Milan Kundera escribió sobre ello una excelente novela– y que es peligroso jugar con él si no quieres verte metido en dificultades con la segunda potencia del planeta. La sempiterna, ceñuda condena de la risa aristotélica.
Pero el verdadero problema consiste en que Mbappé se ha retractado. Y Javier Tebas, el presidente de la Liga, ha seguido sus pasos disculpándose ante ‘el pueblo chino’ y lamentando los daños causados. El sintagma del ‘pueblo chino’ es el primer error: es el régimen comunista el que se ha molestado y el pueblo sólo la víctima de su delirio autoritario. El segundo es calificar de ofensa la normalizada realidad histórica que reflejaba el comentario. Y el tercero consiste en disimular que el único daño lo han sufrido el jugador y el mercado del fútbol por la represalia injustificada e hiperbólica de un sistema tiránico que blanquea sus rasgos opresivos tras la fachada de un poderoso capitalismo de Estado.
No hay en el asunto nada por lo que excusarse. La reacción medrosa de la estrella y de Tebas se puede comprender en función del perjuicio sufrido en sus intereses particulares y en sus acuerdos comerciales, pero no deja de resultar lamentable que los negocios sirvan de pretexto para coartar las libertades. Como hace unos años, cuando en un viaje de Xi Jinping a Madrid un inocente animador callejero disfrazado de Winnie the Poo fue expulsado de Sol por las autoridades para no molestar al susceptible visitante. Aquí y en China, como suele decirse, un dictador es un dictador y Mao –yo tampoco había escrito el nombre, mecachis– fue uno de los más grandes. Nunca he compartido la idea de que los futbolistas deban dar ejemplo de valores morales pero tampoco hace falta que queden como cobardes.