FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • Siempre nos quedará la duda de cómo hubiese podido evolucionar Chile, ese primer ensayo latinoamericano de tránsito desde la democracia al socialismo

Cincuenta años después de la muerte de Salvador Allende, en ese funesto 11 de septiembre de 1973, Gabriel Boric, el actual presidente chileno, reivindica su herencia y se abre paso como una de las figuras más relevantes de la nueva izquierda latinoamericana. Es casi inevitable, por tanto, indagar qué es lo que queda de aquel legado, en qué se asemeja lo nuevo a lo viejo. Operación difícil donde las haya, porque, para empezar, la figura de Allende está envuelta en el mito. Un mito, por cierto, que se erigió más por su suicidio durante el asedio de las tropas de Pinochet al palacio de La Moneda que por sus políticas concretas, frustradas de cuajo por la asonada militar. Y por ese emocionante discurso final: “Estas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Siempre nos quedará la duda de cómo hubiese podido evolucionar ese primer ensayo latinoamericano de tránsito desde la democracia al socialismo. En parte también, porque su labor de gobierno fue boicoteada desde el inicio por los poderes fácticos del país. Lo que es indudable es el ejemplo de coherencia y coraje que mostrara el personaje, que prefirió la muerte a la indecorosa huida que le ofrecieron los golpistas. La connivencia de los Estados Unidos de Nixon/Kissinger con el golpe mostró, además, cómo en 1973 todavía regía el esquema geopolítico de las áreas de influencia. Con la perspectiva que dan los años, este es quizá el rasgo más relevante. La gran potencia del Norte pasó de ejercer el malsano intervencionismo de otrora a la mayor de las indiferencias hacia sus vecinos del Sur. Y en esto tuvo mucho que ver el propio fenecimiento del modelo cubano y la frustración y la caída en el descrédito de los experimentos bolivarianos. Por otra parte, el medio de control más eficaz de la izquierda han resultado ser los “imperativos sistémicos”, la imprescindible adaptación al entorno económico de la globalización.

Y esto nos remite a Boric, el personaje más interesante de la izquierda latinoamericana y un convencido demócrata. Contrariamente a la época de Allende, la disyuntiva hoy no es entre socialismo y capitalismo, sino entre democracia y autocracia. Lo que quedó abierto de este último personaje, sin embargo, es si hubiera sido capaz de un tránsito hacia el socialismo dentro de la institucionalidad democrática. Recordemos que siempre se declaró defensor de la legalidad constitucional y que el mismo día del golpe, ante la amenaza militar, tenía previsto anunciar un plebiscito sobre su persona. ¿Cuál es entonces el margen de maniobra de Boric para crear algo así como una socialdemocracia latinoamericana, emancipada de los fantasmas castristas, todavía tan presentes en Allende, o de las tentaciones populistas bolivarianas? Para empezar, cuenta con un país excepcional en la región, cuyo índice de pobreza, según el Banco Mundial, pasó del 68% que registraba en 1990 al 7% en 2022. Lo que ignoramos es la permanencia en su cultura política de la oscura sombra del antimito, Augusto Pinochet.