Fernando Navarro-El Español
  • Más de un siglo después, el tribalismo supremacista vuelve a camuflarse en la «ciencia» para desplegar toda su xenofobia: ahora se llama feminismo de género.

Hay básicamente tres razas: la blanca, la amarilla y la negra, pero sólo la blanca es creadora de civilización por su inteligencia, energía y capacidad artística.

No es extraño que haya tales diferencias, añadía Joseph Arthur de Gobineau, porque cada una de ellas procede de un foco evolutivo distinto. Casi podríamos decir que son especies distintas.

Dadas estas diferencias, las razas superiores degeneran al contacto con las inferiores, y es imprescindible preservar la pureza racial para evitar la decadencia.

De momento, la aristocracia de la raza blanca, los menos contaminados, son los arios.

Houston Stewart Chamberlain retomó las ideas de Gobineau y afirmó que, en efecto, los arios son los únicos capaces de crear cultura, ciencia, arte, moral y orden político. Y señaló a un enemigo concreto del pueblo ario: los judíos. Mezclarse con ellos garantizaba la degeneración.

Estas ideas formaban el sustrato Völkisch en el que enraizó el nazismo. Eran su fundamento «científico», que permitía dar una cobertura al tribalismo y la xenofobia.

Nuestro éxito como especie descansa en nuestra capacidad de cooperar y prevalecer sobre otras tribus, pero ésta es una moneda con dos caras.

En el anverso amable están el cariño fraternal, la amistad, y la disposición a ayudar (a los nuestros). En el reverso tenebroso está nuestra predisposición a destruir a los enemigos, que son todos aquellos que arbitrariamente decidimos que están fuera de nuestra tribu.

Esto, la rapidez con la que dividimos el mundo entre nosotros y ellos, con efectos inmediatos hacia los que se encuentran a uno u otro lado, ha sido demostrado en innumerables experimentos.

Bastan, para desencadenar el fenómeno, estímulos tan irrelevantes como repartir camisetas de distintos colores e incluso lanzar una moneda al aire.

Es decir, el tribalismo es un material altamente inflamable. Probablemente ni Gobineau ni Stewart Chamberlain eran conscientes de que sus teorías «científicas» no eran más que un disfraz especialmente eficaz para nuestra predisposición tribal, ni de que estaban sirviendo de combustible para el horror absoluto.

Pues bien, más de un siglo después, el tribalismo vuelve a camuflarse en la «ciencia» para desplegar toda su xenofobia: ahora se llama feminismo de género.

Y este jueves el feminismo de género ha dado un salto cualitativo, irónicamente, desde un ministerio llamado «de Igualdad».

Ana Redondo, uno de los personajes más banales de la política, ha ido más allá que Gobineau y ha afirmado que los hombres y las mujeres son «especies radicalmente distintas, que no tienen mucho que ver».

De nuevo, nosotras y ellos. Y, por supuesto, ellos, los hombres, son los malos de la película, porque los «ellos» sólo se definen para, a continuación, poder triturarlos virtuosamente.

En realidad los hombres, según Ana Redondo-Stewart-Chamberlain, no es que procedan de focos evolutivos distintos, sino que no han evolucionado.

Lo único que han hecho es crear, desde tiempos prehistóricos, un «patriarcado». Y su única aportación a la cultura ha sido un género «absolutamente machista y altamente sexualizado» llamado reggaetón.

Ahí puede que haya tenido razón.

Una imagen extraída de vídeos de la cuenta de Tiktok de Pedro Sánchez.

Una imagen extraída de vídeos de la cuenta de Tiktok de Pedro Sánchez. EE

Las mujeres «deben ayudar a evolucionar» a los hombres, dijo Ana Redondo.

Es decir, las mujeres, que están en un escalón evolutivo superior, tienen todo el derecho a corregir y mejorar a los hombres, y tal vez a meterlos en un zoo. O a disecarlos, y llevarlos a Bañolas, como si fueran bosquimanos.

Ahora imaginemos que un político dijera que las mujeres están en un escalón evolutivo inferior, y que hay que ayudarlas a evolucionar. Aunque consiguiera escapar a tiempo de un linchamiento, lo calificarían inmediatamente de machista y misógino.

Pues eso es exactamente la ministra de «Igualdad», sexista y misándrica.

Houston Stewart Chamberlain era racista y Ana Redondo es sexista, es decir, ambos son tribalistas desmelenados. Aunque desatar el tribalismo dentro de una sociedad, separando a sus miembros masculinos y femeninos, es un grado realmente excelso de estupidez.

Hace unas semanas, Pedro Sánchez apareció en uno de sus TikToks con una gorra en la que podía leerse «make science great again«. El jueves Ana Redondo nos mostró cuál es el estado actual de la «ciencia» sanchista.

Luego nos extrañaremos de que los chicos recelen profundamente del feminismo actual.