Ignacio Camacho-ABC
- El balance de estas tres semanas en Ceuta constituye una pavorosa mezcla de irresponsabilidad, pereza, abandono e incompetencia
Podía y debía haber convocado el Consejo de Seguridad Nacional tras lo que él mismo calificó de ataque a la integridad territorial del Estado. (¿Hay mayor amenaza a la seguridad nacional que ésa?). Podía y debía haber autorizado al Rey a viajar a Ceuta. Podía y debía haberse quedado en la ciudad al frente del operativo de respuesta. Podía y debía haber llamado a consultas al embajador de Marruecos para protestar por la complicidad como mínimo pasiva en la invasión. Podía y debía haber establecido con el líder de la oposición una línea de acción compartida y proponerle una reforma consensuada de la ley de Extranjería. Podía y debía haber solicitado a su amiga Von der Leyen una reunión de urgencia de los organismos competentes de la Unión Europea.
Y lo que hizo el presidente fue irse de vacaciones a Canarias tras una visita de ochenta minutos a la ciudad ocupada. Ignorar el clamor de ayuda de las autoridades locales. Enviar efectivos militares y policiales en condiciones de alojamiento y manutención lamentables. Ordenar a sus ministros que se desplazasen en goteo a aparentar que ayudaban. Achantarse ante el régimen marroquí mientras se enzarzaba en una ridícula guerra de pasaportes con Italia que suspendía en la práctica la libertad de circulación comunitaria. Y como remate, lanzar a unos cuantos agitadores subalternos a desviar la atención con críticas a Felipe VI, anticipando la estrategia con la que piensa desestabilizar el último pilar constitucional que aún resiste el zarandeo.
Casi un mes después del asalto, el Gobierno ha sido incapaz de recuperar la normalidad violentada. Ni siquiera de atender la que parece su preocupación prioritaria, que es la procurar a los ocupantes que aún quedan un espacio en mínimas condiciones sanitarias. De devolverlos ni se habla; pasarán meses, quizá años, hasta que los expedientes de expulsión pasen el filtro de la maraña burocrática. La población se desespera ante la situación de alarma ciudadana, con los hospitales colapsados, las calles inseguras, una multitud extranjera deambulando a sus anchas o acampando en las playas y la amenaza de brotes de difteria o de sarna. Pocas veces en esta democracia se ha echado tanto en falta en un territorio español la ausencia de España.
El balance de estas tres semanas constituye una pavorosa demostración de irresponsabilidad agravada por una mezcla de desidia, desprecio e incompetencia. Un fracaso político, civil, diplomático y de gestión que envía a la nación el mensaje derrotista de que las plazas norteafricanas están indefensas y que su precario estatus durará lo que el sultán alauita quiera. Pero sobre todo el de que al frente del poder ejecutivo hay un desaprensivo egoísta dispuesto a pasarse por el forro cualquier emergencia porque sólo le afecta lo que concierne a la continuidad de su peripecia fraudulenta. Un aventurero cuya resistencia constituye ya un peligro público para el país, al que conduce a una crisis de sistema tras haberlo arrastrado a un conflicto de convivencia.