Ansia de muerto

ABC 14/05/14
DAVID GISTAU

· Hacer oportunismo con un asesinato en el que todo apunta a motivos personales es, además de una imprudencia, un ejercicio de deshonestidad intelectual

LA impresión desoladora es que este momento español ansiaba una muerte. La ansiaba tanto, que el asesinato de Isabel Carrasco ha sido sometido a interpretaciones preconcebidas que ofenden el dolor primario de su gente –ni para eso hay respeto, ¿lo hubo alguna vez?– e ignoran los motivos probables del crimen que ha ido esbozando la investigación, tan antiguos como la condición humana y su capacidad de rencor. Un despido, un dinero, otras veces fueron la linde de una propiedad o un agravio familiar. La primera distorsión consiste en referirse a un crimen político, como si se tratara de una de esas asépticas ejecuciones terroristas, como cometidas por una máquina que no estuviera programada para reconocer la naturaleza humana de su víctima, con las que ETA solía reventar nuestras rutinas sociales, nuestro mismo proyecto de vida en común.

¿Quién parecía anhelar una muerte cualquiera, quién la deseaba tanto como para apoderarse de ella? Primero, los falsos profetas de la redención, los azuzadores del resentimiento, los que se congratulan como si un asesinato a tiros consagrara el castigo que merece «la casta» política. En el regüeldo, en la escatología, hay mucho de catarsis que solo afecta a la decencia. Hay mucho de esa crueldad siniestra que en España siempre ha ido asociada al imperativo ideológico, que en la crisis ha encontrado pretextos para hacer que el odio fluya más desinhibido. Este no habrá sido un asesinato terrorista. Pero la furiosa, inconcebible alegría de muchos delata que aún rigen las estructuras mentales de la complicidad, las que empezaban por cosificar al ser humano muerto hasta reducirlo a un despojo doctrinal que no merecía ni compasión. La crisis ha fabricado una versión propia del «algo habrá hecho», que encuentra sus coartadas en las hipotecas y los recortes, y que se vuelve aún más estremecedor cuando se arroga una lógica de la revancha justa, proporcional.

¿Quién más parece haber necesitado una muerte cualquiera, quién se ha apropiado también de este asesinato como si fuera el salvoconducto de sus propios prejuicios? Los que, mediante reflexiones ambiguas, y aun conociendo la identidad de las detenidas y las conclusiones provisionales de la investigación, han tratado de adjudicar el crimen al encanallado ambiente social. A los escraches. Ellos también hicieron la distorsión del crimen político porque estaban esperando un pretexto que confirmara el diagnóstico de la escalada violenta contra la clase política. Es evidente que existe esa pulsión destructora que amenaza los cimientos institucionales, que discute legitimidad a las urnas, que acosa a individuos incluso en su propia casa y que favorece la proliferación populista de engendros de la antipolítica que un régimen con el sistema inmunológico intacto solo toleraría como residuo excéntrico. Pero hacer oportunismo con un asesinato en el que todo apunta a motivos personales es, además de una imprudencia, un ejercicio de deshonestidad intelectual.

Sí, este momento español quería una muerte para culminarse. Ha tenido que apañarse con la que había disponible. Qué importa que la hayan provocado instintos mucho más viejos que la crisis, pero que en la premura de la interpretación han sido arrollados por la circunstancia de que la asesinada llevaba encima el carné de un partido político. Odio, demagogia, inmundos claqués sobre una muerta. A qué cabaña habrá que irse a buscar refugio, para que no lo involucre a uno este momento español.