Joseba Arruti-El Correo
Reinventarse puede ser positivo. Más aún si es la cordura la que empuja a ello, si el giro es sinónimo de aprendizaje, incluso de contrición cuando el pasado pesa. Si se trata de camuflarse sin más, de cambiar para limitar el cambio, no hay sino un ánimo viciado presa de sus limitaciones. Pero cabe ir un paso más allá: inventando lo que uno fue para recomponer la propia identidad, o pretendiendo suplantar en todo o en parte la de otro.
Tras sorber los vestigios de la extinta izquierda confederal, asfixiada por su propia toxicidad, EH Bildu apunta hacia el PNV para sumar más en las elecciones venideras. Ninguna treta le frena en pos de ese objetivo. El último efluvio de su laboratorio de ocurrencias hiede más de lo habitual, al reivindicar la figura de José Antonio Aguirre para atacar al que fuera siempre su partido. ¿Para qué? Para pedir que se les haga un hueco en gobiernos de «amplio espectro» como antídoto frente al «fascismo». A saber: para tocar poder.
El lehendakari Aguirre es un referente de primerísimo nivel. Ejemplo de lo mejor que se puede ser en la vida y en la política. Y nadie debería atreverse a mentarlo, menos aún para apropiárselo, sin haber aprobado ni primero de ética. Ni el revisionista más insensato vincularía a un demócrata y humanista, comprometido hasta jugarse la vida, con los amanuenses de la siniestra socialización del sufrimiento.
La izquierda abertzale ocupa su tiempo reescribiendo la historia. De hecho, se alimenta de ello. Despliega su zalamería ante quienes detestaba con acreditada inquina, sin haber cambiado siquiera de portavoces. De considerar un «engaño» la propuesta de nuevo Estatuto defendida por Ibarretxe y zancadillearlo con deleite pasaron a querer usurpar su legado. Tampoco fueron más amables con Garaikoetxea cuando era lehendakari, y las buenas palabras de los últimos tiempos no les impidieron expropiarle el partido.
Yerra quien desfigura el pasado con procacidad hasta hacerlo irreconocible confiando en la desmemoria de los demás para lograr un puñado de votos. Apelando a grandes principios ajenos a su historia, a líderes que siempre condenaron sus fechorías. Acumular tantas contradicciones, tanto fingimiento, rasgará las costuras de la izquierda abertzale, que terminará no sabiendo ni quién es. Si quiso ser lo que fue, o si es lo que quiso ser. Si a ratos se siente izquierda confederal, más bien PNV o socialdemocracia de postín.
Hay quienes pueden presumir de los eslabones de su historia, de unas convicciones transmitidas de generación en generación que por democráticas e incluyentes no requieren de borrones. Otros son incapaces de gestionar su pasado, de deglutirlo. Y no han encontrado mejor manera de hacerlo que negando lo evidente, que nadie ha estado siempre más lejos de un demócrata que un totalitario.