Aquí no pasa nada

PELLO SALABURU, EL CORREO – 13/06/14

Pello Salaburu
Pello Salaburu

· Han elegido entre todos el camino para que el tortazo en las siguientes elecciones sea aún mayor.

No parece que el aviso de las elecciones pasadas haya sido tomado en cuenta por los grandes partidos. Salvo algunas dimisiones más o menos sonadas y soñadas, todo continúa sometido a presiones de baronías al viejo estilo, y no parece que nadie se haya puesto a reflexionar un poco. Aquí no ha pasado nada.

Así que habrá que esperar a las siguientes para que partidos de nuevo corte se lleven otro puñadito de millones de votos. Desde aquel día han seguido saltando nuevos hechos que recuerdan demasiado a corrupción o a esas formas de hacer política que tanto rechazo están provocando en la gente: desaparece el dinero público en trenes de alta velocidad en Barcelona, o en ‘epsilones’ y coches eléctricos en Vitoria, mientras los responsables prefieren dirigir sus ojos al mapa del tiempo; los miembros del Tribunal de Cuentas Públicas del País Vasco –tan prestos a sacar colores a todo lo que se les ponga a mano– se conjuran para dejar en solitario a su presidente, raquitizando el informe original, mientras los de Madrid se divierten haciendo reformas a trocitos en sus edificios y llevan a los mismos obreros a que les arreglen de paso el cuarto de baño, no vamos a perder el tiempo.

Todo ello de forma ejemplar, como cuando algunos de nuestros adorados (y protegidos) futbolistas escaquean sus ganancias y las convierten en dinero negro. Nada ha cambiado, ni nada se quiere cambiar. Los acusados de corrupción persisten impertérritos en sus puestos, tomando decisiones cada día, como si el tema no fuese con ellos, ni con los grandes partidos de los que son militantes.

Mientras tanto, ajenas a estas menudencias, las Cortes se aprestan a cambiar de rey. No toca hablar de otras cosas, nos recuerdan al unísono el PP y el PSOE de la izquierda plastificada. No es el momento. Claro, no lo es ni ahora ni nunca, hablamos de un instante inexistente, un problema filosófico existencial en el fondo.

Todos nos hemos convertido en monárquicos de forma obligatoria, hay cosas más importantes en las que pensar. Total, ¿para qué? Se pregunta un conocido periódico nacional, otrora crítico y reflexivo, que aplica el fervor del converso para intentar convencernos en vano de algo que saben no se vende con tanta facilidad. Nos dicen, todo serios, que la mayoría prefiere a Felipe VI (un 49%, se atreven a concretar), aunque un 62% quiere decidir en algún momento el modelo de Estado (añaden).

Estos datos me generan mucha confusión, porque pensaba que lo del modelo de Estado ya lo habíamos decidido –no me alcanza bien la memoria pero sería por el XVIII–, y que por eso no tocaba hablar ahora de estas cosas. Pero me estoy desviando, perdón. El caso es que ese periódico había pronosticado justo una semana antes de las elecciones, siguiendo las conclusiones facilitadas por la misma empresa cuyos servicios contrata para estas cosas, que el PP obtendría un 32,6% de votos y 19 diputados, mientras el PSOE se tendría que conformar con un 31,1% y otros 19 diputados. Podemos obtendría el 2,4% de votos y un diputado. Luego, a los siete días, las previsiones saltaron por los aires cuando se contaron las papeletas: el PP obtuvo un 26,5% y 16 diputados, y el PSOE un 23% y 14 diputados. Podemos obtuvo un 7,96%, con 5 diputados. Como se ve, clavaron en su predicción, solo se equivocaron en unos pocos millones de votos y en ocho diputados en los partidos que mandan o han mandado, y en cuatro en el partido respondón.

No han esperado demasiado para volver a la carga: no es necesario preguntar al personal si es monárquico o republicano, ya os lo decimos nosotros con nuestras encuestas infalibles: el 49% a favor de Felipe VI. Lástima que no podamos saber lo que dirían las papeletas de verdad. No nos lo permiten.

En política son necesarias las decisiones tomadas con la cabeza fría. Son necesarios también los símbolos. Ambas cosas están fallando. Tras la seca advertencia de los votantes no hay ninguna decisión, como no sea la de que no toca decidir –¿no toca? ¿no toca justo cuando se está cambiando de rey? ¿Cuándo entonces?–, a ver si os calláis de una vez. Se impide incluso la libertad de voto en el Parlamento. Nada, nadie actúa en serio contra la corrupción, no hay una sola noticia en este ámbito que nos traiga un poco de sosiego, aunque cada semana se descubran nuevas cuentas en Suiza.

Se mete en el cajón el tema de Cataluña, y la cadena que arrancó en Pamplona y llegó a Durango es una nimiedad para ese delegado del Gobierno que tantos votos independentistas está consiguiendo (cualquier día lo hacen miembro de honor de Sortu). Mientras tanto, el nuevo rey se esfuerza en dar otra imagen, moderna, con rostro serio y vestido más veces de militar –en diversas versiones– que de civil, porque es lo que corresponde a un rey preocupado por los problemas sociales y a una sociedad tan militarizada y amante de los tanques como la nuestra. Los asesores de palacio habrán aprendido de Obama que, como todo el mundo sabe, es el comandante en jefe del ejército de Estados Unidos y no ha dejado el uniforme desde que fuera elegido. No van a ser menos aquí.

Han elegido entre todos el mejor camino para que el tortazo en las siguientes sea aún mayor. Podemos habrá perdido ya su inocencia y se habrá dado cuenta –de hecho se está dando cuenta– de que las asambleas populares funcionan hasta donde funcionan y que al final se tendrán que dotar de estructuras no muy diferentes, en el fondo, de las del resto de formaciones. Pero no habrá perdido su capacidad para captar votos. O, si la ha perdido, habrá un nuevo Podemos que se hará con los votos de ciudadanos cansados de esta forma de hacer política. La verdad, es que quienes mandan no se molestan ni en cambiar algo para que nada cambie. No tienen imaginación ni para eso, que es el abc de la política.

PELLO SALABURU, EL CORREO – 13/06/14