IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA-El PAÍS

  • Da la impresión de que los intelectuales y periodistas echados al monte y los políticos incendiarios están atrapados en una burbuja tóxica y delirante, en la cual los errores de este Gobierno ponen en peligro la democracia

No estoy seguro de si el discurso que hoy pronunciará Ramón Tamames es el mismo que se ha filtrado a la prensa. Sea o no el texto que finalmente se defienda, resulta sumamente instructivo sobre el estado mental de nuestras derechas y sobre la visión política tan peculiar de su autor. Contiene algunas cosas verdaderamente chuscas, desde el homenaje que el candidato se tributa a sí mismo hasta el espacio dedicado al asunto de Gibraltar, pasando por las referencias a la leyenda negra y algún chascarrillo sobre la serie The Crown. En fin, todo muy propio del personaje y de esta moción de censura tan anómala. Hay también algunas afirmaciones incorrectas que yo pensaba que a estas alturas nadie defendía, como que los partidos nacionalistas están sobrerrepresentados en el Congreso. Pero, desde luego, lo que más me ha sorprendido ha sido la introducción de un nuevo concepto en la ya frondosa tipología de los regímenes políticos: la “autocracia absorbente”.

Hablando en nombre de quienes, como él, lucharon en su juventud por la libertad y la democracia, afirma: “No podemos dejar de expresar nuestra perplejidad ante una situación como la actual de España, que se asemeja más a los de una autocracia absorbente”. ¿“Absorbente” acaso como una bayeta? ¿O como un aspirador que recoge las últimas migajas de democracia?

Por desgracia, Tamames no desarrolla la idea, aunque, ya metido en truculencias verbales, añade en el párrafo siguiente que en el Gobierno hay mucha demagogia y mucho populismo, “en línea con las distopías descritas en la literatura filosófico-histórica por Huxley u Orwell”. Se trata, en última instancia, de crear un modelo autoritario disfrazado con “los ropajes formales de la democracia”. Ahí tienen al autócrata de Pedro Sánchez, siempre tan absorbente y tan bien vestido.

Hay que rebuscar en el texto para encontrar el fundamento a una acusación de este tenor. Quizá sea el párrafo que aparece un par de páginas más adelante, cuando Tamames se dirige directamente al presidente y le espeta estas palabras: “Desde La Moncloa Vd. ha hecho lo inimaginable y a cualquier precio por controlar la Corte Suprema y el mencionado Consejo General. Y más o menos, lo mismo ha ocurrido ya con el Tribunal Constitucional.”

No estoy seguro de cuáles son esas maniobras de control del Tribunal Supremo a las que se refiere el candidato, pues no las detalla. Quizá esté pensando en las reformas del Código Penal sobre los delitos de sedición y malversación, que tanto escándalo han producido en círculos conservadores. Esas reformas, sin embargo, se han llevado a cabo de acuerdo con los procedimientos que nuestro ordenamiento legal establece, obteniéndose las mayorías requeridas por la Constitución. Se presentan las reformas como escandalosas porque se dice que son ad hoc, aprobadas para beneficiar a los líderes independentistas, lo cual parece verdad hasta cierto punto, pero quienes se rasgan las vestiduras ahora no dijeron nada cuando el Gobierno de Mariano Rajoy endureció en 2015 el delito de malversación a raíz de la consulta de 2014 organizada por la Generalitat de Artur Mas, o cuando José María Aznar introdujo en 2003 el delito de convocatoria de un referéndum ilegal en el Código Penal para disuadir al lehendakari Juan José Ibarretxe de que fuera adelante con su plan. No hubo entonces acusaciones de autoritarismo ni de degradación democrática, supongo que porque esas reformas, tan ad hoc como las actuales, se aprobaron para combatir el independentismo.

En cualquier caso, confundir un cambio del Código Penal con un intento de control del Tribunal Supremo ya es mucha confusión. Dice Tamames, además, que el intento de control se ha extendido al Consejo General del Poder Judicial, si bien vuelve a hurtar una explicación de en qué ha consistido ese intento, y olvida mencionar el pequeño detalle de que se trata de una institución con una mayoría conservadora caduca desde hace más de cuatro años porque el Partido Popular, en un desprecio indisimulado a la Constitución, se niega a renovar este órgano. Añade que “más o menos” lo mismo se ha hecho con el Tribunal Constitucional. Pero en realidad lo que ha sucedido es que se han renovado cuatro de los magistrados de dicho Tribunal (dos nombrados por el Gobierno y otros dos por el Consejo General del Poder Judicial) cuando tocaba. Hubo un intento del sector conservador del propio TC de resistirse a su renovación, pero felizmente las cosas se recondujeron.

No quiero decir con esto que no haya motivos de crítica a las reformas legales del Gobierno. Sería enormemente positivo para nuestro Estado de derecho que ningún Gobierno, ningún partido, legislara de forma ad hoc. Pero se pierde del todo la razón (y se cae en el ridículo) cuando se va al extremo de afirmar que estamos ante un Gobierno autocrático o iliberal. El problema es que no son sólo ocurrencias personales de Tamames. La acusación a Pedro de Sánchez de autócrata es frecuente desde hace meses en los medios derechistas. Se habla con entera normalidad de que el Gobierno ha dado un golpe de Estado. Vox lanza esas acusaciones, el Partido Popular las reproduce con sordina y los intelectuales desfachatados les dan carta de naturaleza a través de sus intervenciones en la esfera pública.

Hace unas semanas, se dio a conocer un manifiesto firmado por 255 intelectuales y expolíticos (“Manifiesto a la sociedad española ante el desafío constitucional”) en el que se reproducían algunas de estas exageraciones, hablando de “una mutación que transgrede la división de poderes, priva a las Cortes Generales de su primacía democrática, desactiva atribuciones esenciales del Tribunal Constitucional y suprime mayorías cualificadas y quórums en el Consejo General del Poder Judicial…”. Es una lástima que los autores del manifiesto no hayan incluido una sola referencia al ya mencionado bloqueo del CGPJ por parte del PP, ni a todo lo que hemos ido averiguando sobre el abuso de poder que se cometió desde el Gobierno de Mariano Rajoy con las operaciones clandestinas de espionaje y difamación contra rivales políticos (concretamente, contra Podemos y los independentistas catalanes). Rebajar el delito de malversación es mucho más grave, dónde va a parar. Cuando se utiliza una doble vara de medir de forma tan descarada, se pierde la credibilidad.

Leyendo los textos de Tamames, de los 255 intelectuales, de los periodistas echados al monte y de los políticos incendiarios de la derecha, da toda la impresión de que están atrapados en una burbuja tóxica y delirante. Son incapaces de contrastar sus argumentos con la realidad y por eso lo que hacen es darse la razón los unos a los otros, repetir la consigna y elevar el tono, con la esperanza de hacer el ruido suficiente como para que la gente acabe pensando que un Gobierno más de nuestra democracia, con sus meteduras de pata y sus aciertos, se ha convertido en una amenaza al sistema. Y ruido hacen, desde luego, hasta llegar a la absurda moción de censura de hoy, convocada cuando solo faltan unos meses para que se celebren las elecciones.

Lo que más les desespera a todos ellos es que fuera de nuestras fronteras nadie les preste atención alguna y reciban su relato con indiferencia o incluso con desdén. En Europa nadie se cree que Sánchez sea un autócrata, absorbente o no absorbente. Y no se lo creen no porque estén desinformados sobre lo que sucede en nuestro país, sino porque están fuera de la burbuja.