Olatz Barriuso-El Correo

  • La airada reacción del PNV al meme de Esteban fue un golpe en la mesa para hacerse respetar en Madrid y un síntoma de su impotencia

Pocas veces un chascarrillo ha provocado un impacto semejante en la política vasca y, por extensión, en la madrileña. Quizás los cerdos voladores con los que Josu Erkoreka minusvaloraba las posibilidades de Patxi López de llegar a Ajuria Enea podrían compararse con el ya histórico meme del piscinazo de Aitor Esteban: los socialistas vascos hicieron volar un globo con forma de cochino en el último mitin antes de que el hoy portavoz del PSOE en el Congreso se convirtiera en el primer lehendakari no nacionalista. Aquella tormenta en aquel lejano 2009 estalló en un momento en el que la ruptura entre las dos formaciones era evidente –tras la época Ibarretxe– y las heridas no se cerraron hasta más de un lustro después, cuando ambos salieron de la trinchera por mutuo interés. ¿Podría ahora el tuit del PSE marcar el inicio del fin de esa etapa de fructífera colaboración?

No parece probable, a pesar de que la crisis ha sido, y es todavía, de hondísimo calado: no en vano, el PNV seguía esperando ayer a que Eneko Andueza «levante el teléfono» para reconducir el desaguisado. «Ellos han provocado esta situación, ellos tienen que arreglarla», advierten en Sabin Etxea. «¿Les parece que esto es admisible y normal entre socios de gobierno?», se preguntaba un burukide para enfatizar que la reacción, digamos sobreactuada, a un meme perfectamente insustancial –de patio de colegio comparado con ‘La banda del Peugeot’ o ‘La isla de las corrupciones’, cimas de la mala baba generada por IA desde Génova– no se debía tanto a lo ofensivo del contenido sino a que la falta de respeto se produjese entre quienes han sellado un acuerdo que presupone lealtad.

Quien sí llamó a Aitor Esteban fue, el martes por la noche, un alto cargo de Presidencia del Gobierno para intentar detener la gigantesca bola de nieve que daba ya por finiquitada en muchos titulares la legislatura de Pedro Sánchez por desistimiento de los socios, el mismo día en que Junts volvía a evidenciar la soledad de Moncloa y el decreto de alquileres decaía en el Congreso, para desolación de los inquilinos afectados. Un sindiós que Sánchez no se puede permitir si de verdad quiere llegar a 2027 con mínimas garantías de no morir en el intento. La zozobra política en la que vive permanentemente el Gobierno PSOE-Sumar explica el jabón con que el presidente obsequió de buena mañana a los jeltzales e incluso el frustrado viaje a Bilbao de uno de sus hombres de confianza, Antonio Hernando, para supervisar las negociaciones para el nuevo Estatuto, lo que demuestra que igual algo de agua sí había en la dichosa piscina. De hecho, una de las preocupaciones de Moncloa al apagar el incendio era que los catalanes no se les subieran a las barbas pidiendo, ellos también, un emisario especial para el nuevo estatus.

Con todo, lo relevante no fue solo el cortejo de Sánchez al PNV y los elogios a su actitud «constructiva» – a pesar de un dardo medio escondido por no apoyar en su día la reforma laboral– , sino el tono inusualmente duro de la portavoz jeltzale, Maribel Vaquero. Una coerografía que venía a completar el teatral golpe en la mesa del martes a mediodía, un aldabonazo ‘made in’ Esteban que tenía como destinario no tanto a Andueza, con quien la química política es nula y sin perspectivas de mejora, sino a Sánchez, de quien el PNV sí espera todavía que, entre otras cosas, «deje de jugárnosla con Bildu cada vez que tiene ocasión».

Haciendo, al estilo chino, de la crisis oportunidad, cuando en Sabin Etxea se dieron cuenta que el meme no era una metedura de pata y que seguía, desafiante, en el ‘timeline’ del PSE, decidieron tirar por elevación y ascender a Hernando a representante «de Moncloa». Una estrategia para intentar hacerse respetar en Madrid que esperan les funcione mejor que «tener papeles firmados que no se cumplen».

No era tanto, pues, el preludio de una ruptura porque, en realidad, el PNV viene rompiendo con Sánchez –y avisando de que sólo se debe a los intereses de Euskadi para decidir el sentido de su voto– desde hace ya tiempo, concretamente desde que comprobó que atar su destino al de Moncloa perjudica seriamente sus expectativas electorales. Fue, más bien, un síntoma de su impotencia para rentabilizar el acuerdo de legislatura, un aviso con piscina al fondo para hacer saber que ellos también pueden elevar el tono, a lo Puigdemont, para hacer calar la idea de que Sánchez está acabado. Un mensaje de que los líos con Andueza en Euskadi no son políticamente inocuos en Madrid. A ver si así Moncloa se estira con la negociación de las transferencias, incluido el régimen económico de la Seguridad Social, o empieza a negociar los decretos o saca del cajón la ley de Secretos Oficiales. En definitiva, a ver si les da algo que llevarse a la boca que justifique la etiqueta, cada vez más pesada, de socios del sanchismo.