Jon Juaristi-ABC
- La univocidad o equivocidad del significado de Babel depende de quién y cómo interprete la palabra. O, mejor aún, es cuestión de quién manda. Por ahí van los tiros que dirige León XIV contra la IA
El título de este artículo es ambiguo: puede leerse como disyuntivo (una cosa o la otra) o como copulativo (una cosa y la otra). Los dos valores semánticos de la conjunción «o», que viene de la «aut» latina, son contradictorios. El primero opone; el segundo, asimila. La conjunción eusquérica «edo», en la que la lingüista María Jesús Torrens, del CSIC, cree ver la fusión de dos conjunciones latinas, la copulativa «et» y la disyuntiva «aut», asimilaría los términos que conecta, mientras que otra conjunción de la misma lengua, «ala», los opone, aunque toda regla tiene su excepción: es el caso del lema de ETA, «Aberri ala hil», traducción del «Patria o muerte» castrista, donde los términos conectados son equivalentes. Se trata de matar con el pretexto de la patria.
Pero volvamos al título. En su primera encíclica, ‘Magnifica humanitas’, León XIV opta por una interpretación disyuntiva. Según el Papa, Babel se opone a la Ciudad de Dios y a sus símbolos bíblicos –los muros de Jerusalén reconstruidos por Nehemías (Neh, 2-6) y la Jerusalén celeste del Libro de la Revelación (Ap, 21, 1-4)– , así como, por definición, a toda ciudad justa que acepte y proteja la diversidad humana. Escribe el Pontífice: «Quieren así [los hombres] asegurarse estabilidad y poder y ‘perpetuarse un nombre’, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización» (MH, 7). Esta es la traducción oficial española del fragmento, avalada por el Dicasterio para la Comunicación del Vaticano (es imposible consultar el original en latín, si algo así existe: en la web de la Santa Sede pueden leerse versiones de la encíclica en varios idiomas, desde el árabe al rumano, pero no el texto –latino– que correspondería al título latino).
En principio, la lectura del citado párrafo me produjo perplejidad. Por supuesto, me parece encomiable la defensa de la diversidad frente a la uniformidad; no puedo estar más de acuerdo. Pero, en el relato bíblico, la diversidad no precede a la construcción de la Torre. Por el contrario, es resultado de la confusión que Dios induce en los hombres para impedir que el proyecto culmine. Antes de que este se pusiera en obra, «erat autem terra labii unius, et sermonum eorumdem» (‘Vulgata’, Gen, 11, 1). O sea, «tenía entonces la tierra una sola lengua y unas mismas palabras», según la versión Reina/Valera. La Biblia de Ferrara traduce «un solo labio», pero hay coincidencia entre los textos católicos, protestantes y judíos acerca de este asunto. Antes de Babel, la lengua de la humanidad era una, como la humanidad misma.
Como León XIV, san Agustín opone Babel a la Ciudad de Dios, porque, según la tradición, el proyecto de Nemrod, el rey cazador, no fracasó del todo. En vez de una torre, él y sus sucesores construyeron una ciudad, Babilonia, la Gran Ramera, que ya en el ‘Apocalipsis’ se enfrenta a la Ciudad de Dios –la Jerusalén celeste– como ciudad terrena. De hecho, parece sostener que Babilonia precede a Babel como principio y fundamento del reino de Nemrod (Civ. Dei, XVI, 4), pero no cuestiona que la diversidad siga, y no preceda, al conato de construcción de la Torre. Según san Agustín, la diversidad de las lenguas fue obra del propio Dios, del mismo modo que lo había sido la lengua del Edén, única lengua humana que existía antes de Babel. De hecho, la tradición cristiana consideró, durante muchos siglos (prácticamente hasta la Ilustración), que las lenguas nacidas de la confusión, cuyo número era setenta y dos, contenían todavía algo de la sabiduría divina que el Creador habría infundido en Adán a través de la primera o primitiva lengua, la del Paraíso, que Adán y Eva hablaban y los animales entendían. Una de estas setenta y dos lenguas babélicas o babilónicas era el vasco, faltaría más. No así el hebreo, que, según el gran escritor católico franco-polaco Oscar Milosz, nació de la corrupción del eusquera.
¿Es Babel lo mismo que Babilonia? La homofonía y la supuesta condición geográfica caldea que ambas compartían podría avalar tal suposición, si bien existen otros posibles candidatos según el primer criterio: Bilbao, sin ir más lejos. O la Balbec proustiana, trasunto ficticio de la Bolbec real y altonormanda. Todas ellas son lo suficientemente confusas como para aspirar a identificarse con la pajolera Torre. El poeta eusquérico Gabriel Aresti llamó a Bilbao, su villa natal, «triste Babel de lenguas confundido». Eso sí, con concordancia vizcaína, porque Babel es femenino, como Bilbao misma.
En rigor, el nombre «Babel» tiene un significado fácilmente descriptible desde la filología semítica. Lejos de significar «confusión», como se sostiene en el Génesis, vale por…«Ciudad de Dios». En efecto, «Bab» significa «ciudad», por sinécdoque. En realidad es «puerta», como en árabe, pero «puerta» o «muralla» significan también ciudad. En el caso de «Babilonia», ambas sinécdoques se fusionan en la misma palabra: «Bab» («puerta») e «Ilun» («Muralla, ciudadela», como la Ilión homérica o los eusquéricos Irún e Iruña). Todos ellos significan lo mismo «ciudad amurallada». No así «Babel». Su segundo elemento es «El» («Dios»), como en el hebreo del Génesis: «Betel» –«Casa de Dios», el lugar del sueño de Jacob–, o «Israel», nombre que el propio El da a Jacob: «el que combate con Dios» (unas veces a favor, otras en contra).
O sea, que Babel remite, como toda palabra, a la ambigüedad pura. En realidad, la univocidad o equivocidad del significado depende de quién y cómo interprete la palabra. O, mejor aún, es cuestión de quién manda, según afirma Humpty Dumpty, el Huevo parlante o Tentetieso de ‘Alicia a través del Espejo’. Por ahí he creído entender que van los tiros que dirige León XIV contra la IA, pero conste que me ha costado y aún no estoy seguro del todo. Quizá porque nunca he considerado que la confusión de las lenguas sea el resultado de un castigo divino, sino la condición normal y natural del ser humano, vascos incluidos, que ya puede darse por afortunado si logra aclararse un poco sobre lo qué va la vida antes de la disolución final de las tres potencias del alma, empezando por la memoria, que san Agustín consideraba la más importante de todas (no la memoria democrática, obviamente, que es a la memoria lo que la democracia social es a la democracia). En fin, que todos somos Babel.