Balanza jeltzale

 

El mapa del poder en Euskadi puede verse sacudido por la irrupción de una fuerza que había sido descontada también por el PNV. La probabilidad de que la izquierda abertzale se haga presente en las elecciones del 22 de mayo -con sigla propia o cedida- está atenazando al partido de Urkullu.

La pérdida del poder autonómico tras las elecciones de marzo de 2009 parecía condenar al PNV a tener que convertirse en un partido como los demás. Aunque la formación jeltzale sigue siendo singular. Proyecta una sensación de permanencia que va más allá de su historia centenaria. Nada que tenga que ver con el poder -sea político, económico o civil- le resulta indiferente. Sigue contando con la organización más sólida y estructurada de cuantas coexisten en Euskadi. Ocupa una posición más dominante que hegemónica dentro de la comunidad nacionalista. Ha evolucionado de la democracia cristiana hasta una socialdemocracia institucional sin siquiera reconocerlo. Despliega sus redes sobre un amplio caladero socioelectoral. Y su representación en las Cortes Generales sigue permitiéndole rentabilizar sus pocos escaños. Pero el PNV ha mostrado también su debilidad al tardar en enfrentarse a la presunta trama de corrupción y espionaje en Álava, porque se resistió a hacerlo como un partido más. Otras dos circunstancias están poniendo a prueba su entereza: su equívoca postura en relación al futuro de las cajas de ahorros y el dilema ante el probable afloramiento institucional de la izquierda abertzale.

El PNV es un partido de poder, y sus objetivos inmediatos son mantenerse en el gobierno de las instituciones forales y locales después de mayo próximo y regresar a Ajuria Enea en 2013. Ahora bien, ese poder nunca volverá a ser lo que era. Las áreas sobre las que el partido jeltzale podía ejercer su control están cada día más atomizadas y sujetas al entendimiento con unos u otros grupos de presión e influencia. Probablemente no haya una institución más partitocratizada que la Diputación foral de Vizcaya. Pero se trata de una excepción, e incluso de una ilusión óptica que contrasta con el debilitamiento general del poder partidario. A pesar de que los jeltzales necesiten creer que cuentan con un candidato propio para la presidencia del Athletic. Los partidos como tales no están diseñados para gestionar realidades complejas. Solo están preparados para mantener las cosas tal cual o, a lo sumo, para retardar cambios que resulten inexorables.

Es lo que le ocurre también al PNV. Puede ofrecer una apariencia de poder al controlar el órgano de representación de una caja de ahorros y designar a su principal gestor. Nada más excitante que una votación entre amañada e impredecible. Pero a partir de ahí, hasta a los jeltzales se les escapa casi todo lo demás, exceptuando algunas decisiones menores aunque les sean ventajosas. Es imposible de trasladar el todo o nada político a las vicisitudes que atraviesan las cajas de ahorros. Si en el seno del PNV han llegado al punto de síntesis de demandar la unión de las tres cajas vascas, ese fiel de la balanza jeltzale deberá atenerse a los embates del mercado y al seísmo que generará el decreto ley que apruebe el Consejo de Ministros mañana. A no ser que frente al mismo se erija, en nombre de la racionalidad financiera, un planteamiento también ‘de partido’ proclive a la ‘fusión fría’ entre las dos entidades que no son guipuzcoanas. Pero tras el reparto de papeles que pudiéramos adjudicar a Urkullu, Egibar o Gerenabarrena se halla la verdad de un imposible: los diques partidarios ya han sido desbordados. La duda que surge es si las formaciones políticas sabrán retirarse de una escena tan aparente como el del supuesto control sobre las cajas; si sabrán hacerlo sus dirigentes territoriales.

Hace dos años todo parecía indicar que el PNV se vería obligado a detener su péndulo patriótico en algún punto del arco que va del soberanismo más entusiasta al pragmatismo más moderado. Eso daban a entender las indicaciones de Urkullu en relación a la tregua de ETA y la evolución de la izquierda abertzale. Aunque el péndulo oscilara levemente entre una declaración y otra parecía haberse detenido en torno a una gestión concertada de la cuestión con el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Pero el movimiento que protagoniza la izquierda abertzale no solo pone a prueba la democracia. Supone, a muy corto plazo, la posibilidad de que el mapa del poder en Euskadi se vea sacudido por la irrupción de una fuerza que había sido descontada también por el PNV. La probabilidad de que la izquierda abertzale se haga presente en las elecciones del 22 de mayo -con sigla propia o cedida- está atenazando al partido de Urkullu.

El PNV no puede desaparecer de la foto que congrega a quienes reivindican la legalización de Sortu, pero tampoco puede prestarse a hacerle la campaña gratis. Se trata de un riesgo general para los jeltzales que adquiere tintes inquietantes en Guipúzcoa. La participación directa u hospedada de la izquierda abertzale en los próximos comicios locales y forales no representaría únicamente el avance hacia la normalidad que reclama el diputado general Olano. Porque podría convertir a Sortu o a la plataforma que brindase EA en la primera fuerza de dicho territorio. Un detalle imposible de eludir que forzaría al PNV a una negociación tan alambicada para el conjunto de Euskadi que acabaría con sus equilibrios internos y haría oscilar de nuevo su particular péndulo entre la acumulación de fuerzas abertzales y la coincidencia con las dos formaciones que le desalojaron de Ajuria Enea, PSE-EE y PP.

Kepa Aulestia, EL CORREO, 17/2/2011