Irene González-Vozpópuli

  • La dimisión de Keir Starmer no viene a depurar su responsabilidad en los hechos, primero como fiscal general y luego como primer ministro

Esto no es un caso de sucesos cometido en un país lejano. Hasta la fecha hay constancia de que al menos 250.000 niñas blancas británicas fueron víctimas de abusos sexuales durante décadas por redes de musulmanes principalmente de origen en Pakistán, la mayoría terceras generaciones, que no actuaron como una banda organizada criminal, sino como un clan tribal con códigos entre ellos con la finalidad de humillar al vencido, de demostrar su posesión sobre una sociedad y una tierra que desprecian, un botín tras una invasión. Las mujeres y niñas blancas. Lo que jamás ha sucedido es que un invasor no tenga bajas en su conquista, sino incentivos y premios por parte de los líderes de la comunidad conquistada por encima de los autóctonos. No es un caso de enajenación mental, sino de la mayor traición jamás conocida a lo largo de la Historia, la de los dirigentes de las democracias liberales en Occidente contra un pueblo despojado de su identidad que han castrado de todo instinto natural para defenderse mediante el látigo de doma del miedo paralizador a acusaciones de racismo, que causan la muerte civil en el Occidente suicida anti blanco.

El último clavo

Decían a las niñas que eran «basura blanca» o «kuffar» (infieles) que merecían ser castigadas. Barbaridades inenarrables. Este crimen colectivo se cometió y resultó impune porque las víctimas eran niñas blancas británicas de clase trabajadora, en muchas ocasiones de entornos vulnerables. Según el informe elaborado por las supervivientes y apoyado por Rupert Lowe, el líder de lo que llaman la extrema de la extrema derecha, las niñas eran utilizadas porque “estas chicas carecían de protectores masculinos que pudieran tomar represalias”. Las mismas redes se dirigieron a chicas sijhs hasta que las comunidades movilizaron la protección masculina colectiva y forzaron a las bandas a retirarse. A las chicas blancas británicas no se les permitió tal defensa. Y cuando algún padre fue a rescatarlas a esas casas de tortura fueron detenidos por la policía criminal por acoso a personas racializadas musulmanas. La mayor maquinaria de castración del hombre blanco ha sido el Estado liberal no identitario, que ha arrebatado el derecho a la legítima defensa en favor de un Estado que nos agrede. El último clavo ha sido ese repugnante feminismo que calla ante nuestros agresores y ataca a nuestros hombres, a nuestros posibles defensores. Nadie odia más a las mujeres que esas feministas.

Lo más cruel fueron las vejaciones a esas niñas, pero el mayor crimen es la traición cometida por el Estado por la democracia liberal, por una sociedad moderna destruida para ser esclava de su propia aniquilación. Cada una las instituciones del Estado que debían protegerlas las abandonaron: policías, fiscales, jueces, políticos, servicios sociales, escuelas, funcionarios o el servicio de salud. Las fuerzas policiales encubrieron e ignoraron denuncias reiteradas, criminalizaron a las víctimas en lugar de a los perpetradores, destruyeron pruebas y dejaron en libertad bajo fianza a violadores conocidos. Los servicios de asistencia social socavaron a los padres protectores, colocaron a los niños en centros de acogida convertidos en núcleos de tráfico, cerraron expedientes a pesar de haber indicios claros de explotación y tomaron represalias contra los denunciantes. El Servicio de Salud registró lesiones genitales, múltiples infecciones de transmisión sexual en niños de tan solo 13 años, embarazos causados por violación e intentos de suicidio, pero devolvió a las víctimas con sus abusadores sin derivaciones de salvaguarda ni atención por trauma. Las escuelas vieron cómo hombres mayores recogían a las niñas a la puerta, escucharon relatos de violaciones en el recinto escolar y respondieron expulsando a las víctimas en lugar de protegerlas.

Sociedades abiertas y barbarie

Se sacrifican miles de niños europeos vulnerables en el altar de la multiculturalidad por un puñado de votos que mantenga en el poder a los peores traidores a su patria y al pueblo que debían proteger. El Partido Laborista priorizó la dependencia electoral de los bloques de votantes musulmanes y, a continuación, congeló o diluyó las investigaciones, suprimió los datos sobre etnicidad y enmarcó las preocupaciones legítimas como «agitación de extrema derecha». En Reino Unido hay gente en la cárcel por escribir un tuit considerado ofensivo y racista contra esas comunidades de inmigrantes. En Francia, una chica denunció que fue violada por un inmigrante y en su testimonio afirmó que tenía miedo porque con la inmigración habían subido los delitos sexuales y la fiscalía francesa la persigue penalmente por un delito de odio a ella y no a su violador. Esto es lo que provocan las sociedades abiertas, barbarie.

Se prueba que las democracias sólo son viables en comunidades cohesionas que comparten la misma identidad fuerte y misma escala de valores, a más homogeneidad con la natural diversidad familiar, mayor éxito del sistema democrático. Por eso la democracia liberal es un arma de autodestrucción cuando permite la multiculturalidad y se desprecian virtudes como la verdad, la prioridad nacional y el patriotismo para borrarnos nuestra conciencia de pueblo. Dijeron que necesitábamos diversidad para mejorar, como si hubiese algún problema en nuestra identidad, para dividirnos. A la vista está que Europa necesitaba ser africanizada, tercermundizada.

La democracia de los violadores

Todo este enorme crimen fue mantenido por la búsqueda de votos de subculturas extranjeras importadas para que suba el PIB. El voto es identitario, especialmente el voto de los inmigrantes que no han sido deconstruidos para su autodesprecio, sino incentivados a despreciar las sociedades de acogida uniéndose más aquí contra nosotros que en sus países. No viven en la ficción de la modernidad de que eso de la identidad no existe o que es algo malo. Si hay una comunidad que entiende que la violación de niñas no es algo malo, y esa comunidad es numerosa, sólo puede triunfar la barbarie justificada por la democracia. La democracia de los violadores gracias a la sociedad abierta multicultural. Un problema irresoluble para las sociedades abiertas.

Gobiernos sucesivos carecieron de voluntad para enfrentarse a los patrones étnicos y religiosos. El Partido Laborista tiene una responsabilidad particular. Y la dimisión de Keir Starmer no viene a depurar unas responsabilidades que sólo podrían entenderse cubiertas si fuese arrojado al foso de estiércol junto a todos esos violadores pakistaníes de por vida, como él arrojó y encerró a miles de niñas, primero defendiendo la inmigración y luego dejando impunes a los agresores de, al menos, 13.000 niñas cuando era Fiscal General. Lo peor de su dimisión forzada y patética del perfecto hombre moderno siervo del globalismo es que se va para que la verdadera estructura de poder criminal, el Estado democrático multicultural, permanezca igual, una máquina de destrucción de su propio pueblo.