Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • Sufro por España porque hoy, más que nunca, veo en peligro que el frente de la derecha pueda desalojar al sanchismo. Cada vez más sospecho que las elecciones no serán limpias. Dios y la Junta Electoral Central nos amparen

Recordarán que aquí hemos denunciado anteriormente el peligro de fraude electoral que creo que se deriva de que todas las encuestadoras den una amplísima ventaja al bloque de derecha frente a una sola que apunte a una victoria de la izquierda: el CIS. Ante las elecciones del pasado domingo en Brasil vimos algo parecido: el sábado publicamos aquí cuatro encuestadoras que daban entre dos y cinco puntos de ventaja a Bolsonaro y sólo una que daba 1,5 puntos de ventaja a Lula. Ha ganado Lula con una no tan estrecha diferencia de 3,4 puntos porcentuales. Con solo dos candidatos es mucho.

Eso podría indicar que sólo una empresa demoscópica sabe hacer las cosas bien. Pero en Brasil hemos visto otras cosas que dan lugar a sospechas. Y tal como están aquí las cosas, es para preocuparse. Enfrentamos unas elecciones en las que por primera vez hay muy fundadas dudas sobre el censo, sobre el voto por correo y sobre el voto CERA, el de los residentes ausentes. Y eso lleva a una situación en que todos pueden denunciar el resultado: los que han generado las dudas y sus víctimas. Un escenario infernal.

En España, la Junta Electoral Central es un organismo cuasi anónimo integrado por magistrados a los que nunca se ha puesto cara. Apuesto a que ahora van a aparecer con foto y nombre en la portada de los medios de comunicación. Después del Supremo hay que poner la presión sobre ellos. Y ellos van a ser el último baluarte cuando en las elecciones generales españolas pasen cosas como las que vimos el domingo en Brasil.

Lula supuestamente sacó casi un 20 por ciento más de votos en la segunda vuelta, después de la exigencia de un juez, que fue su abogado, de extender las elecciones por dos horas más. Esto es muy sospechoso y no quiero imaginar lo que sucedería en España si el PSOE exigiera algo así el próximo 29 de noviembre. Y la izquierda internacional y sus medios de comunicación afines lo están dejando pasar como algo normal.

Las cifras son francamente sorprendentes. La abstención pasó del 21,08 por ciento al 19,2 por ciento, según el Tribunal Superior Electoral. Se incrementó la participación en un 1,88 por ciento. Es decir, 2.723.008 sufragios. Y la de Lula Da Silva subió en un 4,75 por ciento de los votos. O lo que es lo mismo: 10.385.508 votantes. ¿Cómo se cayeron del guindo diez millones de brasileños que no sufragaron por Lula para hacerlo en segunda vuelta? ¿De dónde salieron repentinamente? Es decir: un candidato que empieza segundo gana con un aumento cercano al 19,3 por ciento y cuyo adversario también crece aproximadamente un 6,6 por ciento. Me gustaría que alguien nos enseñara en alguna democracia respetable un giro de los acontecimientos similar.

Esta izquierda tiene una capacidad sorprendente para sacar apoyos de debajo de las piedras. Ayer nos contaba en El Debate Jorge Aznal cómo Sánchez consiguió que creciera la audiencia del programa de Broncano un 258 por ciento de un día a otro mientras sus rivales no perdían audiencia. El milagro de los panes y los peces.

Yo creo que los indicios de fraude son francamente elevados. Las tendencias electorales muy rara vez se alteran radicalmente. Y aquí la izquierda sabe que puede hacerlo porque otra vez están en control de las calles. Después de ver los resultados de Brasil, no sólo siento por los brasileños o por los países donde la izquierda fue batida por la mínima como Perú o Colombia. Sufro por España porque hoy, más que nunca, veo en peligro que el frente de la derecha pueda desalojar al sanchismo. Cada vez más sospecho que las elecciones no serán limpias. Dios y la Junta Electoral Central nos amparen.