Juan Carlos Girauta-El Debate
  • La enfermedad te debilita, te duele, te revienta, pero no necesariamente te degrada. Eso viene de que te arrebaten la dignidad. Y, sí, el tiempo al que nos remiten la cara y las palabras favoritas de Fernando Simón fue, insisto, fúnebre, áspero e indigno

La reaparición de Fernando Simón nos transporta a un tiempo fúnebre, áspero e indigno. Pese a la risa fácil e inevitable. Ha resucitado con los pies metidos en el plato: el nuevo virus no provocará contagios, sería muy raro, un par de casos a lo sumo. Este hombre no ha comprendido su destino. Está muy bien que siga con lo que sea que hace un epidemiólogo, pero no puede hablar en público. De nada. Quizá en el futuro, para comunicar la llegada del virus que acabará con todos. En cuyo caso se extendería la tranquilidad al colegirse la inocuidad del bicho. ¿Lo ven? Es inevitable. Los dos impactos de Simón son inevitables: la risa tonta y el pesar. Se trata por tanto de un efecto complejo, de dos emociones mezcladas, de un nuevo sentimiento. Algunos artistas lo han buscado siempre, aún lo buscan. En el cine sobre todo, siendo pocos los que lo tocan: quieren que el espectador se ría, una reacción física genuina e inevitable, pero que a la vez su ánimo se ensombrezca, y que toda la sala comparta la contradictoria e incómoda reacción, puesto que común es el recuerdo de algo terrible, atroz.

Atroz fue el modo en que nos degradaron. La enfermedad te debilita, te duele, te revienta, pero no necesariamente te degrada. Eso viene de que te arrebaten la dignidad. Y, sí, el tiempo al que nos remiten la cara y las palabras favoritas de Fernando Simón fue, insisto, fúnebre, áspero e indigno. La indignidad la puso entera el grupo de políticos desaprensivos que manejó las alarmas de pandemia y la pandemia de alarmas. Una catástrofe esta última que se llevó por delante el prestigio y la credibilidad de muchas personas. Jurídicas y físicas. Se llevó hasta la mínima confianza en que la sociedad sobrevive a todo, en que mañana las calles seguirán existiendo cuando salgas de casa. Pero no salías de casa. Es difícil que un confinamiento sea digno, pero no imposible. Lo que envilece es formar parte de una masa encarcelada en sus casas, sometida a los discursos motivadores de un líder de plástico, maltratada por una prensa que, en la peor tesitura, se puso unánime, engrasada ¡y optimista! Como la risa pintada en la cara rugosa y final de un payaso listo.

Hemos querido olvidar todo aquello, el ritual servil de los aplausos en las ventanas, la autoridad –militar, por supuesto– que informaba sobre el control de las críticas al Gobierno. Quizá olvidemos, pero nada impedirá que haya ocurrido lo que ocurrió desde que Lorenzo Milá tiró su carrera a la basura en quince segundos: las incalculables secuelas del encierro, y el lánguido ‘Resistiré’, y los chivatos o policías de balcón, y el millón de multas ilegales, y todo el aprendizaje de sumisión, y el comité de expertos que no existía, y las sucesivas vejaciones, y el convertirnos en párvulos, y el estabularnos y amordazarnos, y el miedo pringoso. Aquel paraguas bajo el que se levantaron fortunas y definitivos desapegos.