Carta vasca

«Mientras las banderas de los Ayuntamiento todavía reclaman autonomía, el consenso es que la lucha armada debe terminar», escribe el periodista y escritor irlandés especializado en temas políticos del País Vasco y España, Paddy Woodworth.

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Resignados manifestantes vascos apuntan que la guerra violenta ha terminado

Una cadena de románticos aislados caseríos –Ordoki, Arizkun, Bozate, Erratzu– se despliega a lo largo de la carretera que lleva a Elizondo en el Valle del Baztán. Sopla suavemente el viento sobre el entrañable desfiladero de Izpegui antes de descender nuevamente hacia los tejados de pizarra de la iglesia de Saint-Etienne-de-Baigorri. El verde oscuro de los bosques de robles que visten estas estribaciones pirenaicas brillan este mes con un suave dorado de la floración de los castaños españoles.

Para los nacionalistas vascos, este es el centro, uno de la docena de desfiladeros que unen las Navarras gemelas, divididas actualmente por la frontera franco-española. Los dólmenes del bosque hablan de una sola herencia vasca antigua, y las muchísimas casas de piedra que conforman históricas calles principales y adornan los remotos pueblos son incluso más elocuentes.

Esos nobles edificios, cada uno de los cuales con su propios escudo de armas, y pertenecen a menudo a familias bastante comunes y corrientes son testimonio, por lo que dicen los nacionalistas, de la nobleza “universal” concedida a los vascos por los reyes de Navarra y Castilla. Es probable que esos reyes hubieran estado más motivados por el deseo de debilitar a los caudillos locales que por reconocer de una precoz democracia vasca, pero eso no se dice aquí en voz alta.

En caso de que usted se pregunte dónde se encuentra, al entrar en cada aldea del lado español las señales de tráfico tienen la leyenda Euskal Herria (la tierra de los vascos) por encima del nombre de la localidad.

Esta es una cosa interesante para hacer. Después de todo, nosotros no ponemos “Irlanda” en las señales de carretera hacia Tinahely o Baltinglass. Los signos en el valle del Baztán son tranquilo gesto de desafío de las autoridades municipales hacia el poderoso gobierno autónomo de la provincia. Una gran mayoría de los navarros creen que Baztán está en España. En el parlamento de Pamplona la identidad es una discusión permanente.

Estos gestos son habituales en los valles de los Pirineos del norte de la Navarra española. El euskera es todavíaa el modo de comunicación habitual. Ez denok gaude [1] (No estamos todos) proclama una pancarta en el balcón del ayuntamiento de la cercana Lesaka, mientras se prenden los cohetes anunciadores del inicio de las fiestas de San Fermín del pueblo. Es una referencia a los presos de la localidad dispersados en cárceles lejanas de su domicilio, presuntos o actuales miembros del grupo terrorista vasco ETA.

Sin embargo la fiesta se desarrolla con absoluta normalidad –si esta frase pudiera ser aplicada a este caso de alegría exuberante– con una media de menos presencia policial visible que una noche de sábado en cualquier ciudad irlandesa.

Abajo en la costa de San Sebastián, y ahora en la triprovincial región autónoma conocida como la Comunidad Autónoma Vasca, existe una yuxtaposición similar de gestos rebeldes y normales, incluso en la muy próspera, vida diaria.

El viernes por la noche, estaba disfrutando de unos excelentes pinchos y de una caña de cerveza con un amigo académico. Creció en un pueblo junto a un activo comando de ETA y ha escrito sobre el conflicto vasco de larga duración con una visión extraordinaria.

Paseando por la parte vieja de la ciudad hacia el siguiente bar, como todo el mundo, nos paramos para permitir que la manifestación de los viernes de los familiares de los presos pase junto a nosotros en una estrecha calle. Por delante va un coche con música de funeral. Mi amigo saluda a algunos conocidos. Las caras de los manifestantes muestran resignación, dignidad y mucho cansancio.

Mientras caminamos, mi amigo muestra su acuerdo con lo que he oido a todas las personas con las que he hablado en este viaje: la guerra de ETA ha terminado y sus aliados políticos están –finalmente- diciendo que el grupo no tiene otro futuro que no sea la disolución. Por supuesto, unos pocos intransigentes con explosivos y pistolas todavía pueden causar daños terribles. Pero el consenso para que se ponga fin a la violencia nunca ha sido tan fuerte.

Debería ser instructivo para los nacionalistas vascos que, el mismo fin de semana, tal vez un millón de catalanes marcharon –pacíficamente- en Barcelona, proclamando su identidad nacional diferente y-en muchos casos- su deseo de autodeterminación. Participaron todos los partidos de Cataluña, incluido el nacional Partido Socialista, con la única excepción del estridente partido de derechas Partido Popular. El debate sobre la identidad del estado español sigue siendo muy candente.

Una marcha en San Sebastián sobre el mismo tema no uniría a todas las fuerzas radicales nacionalistas vascas y solo atraería a unos pocos miles de personas.

Durante muchos años, ETA se ha presentado como la «vanguardia» de una lucha por la independencia vasca. Hoy en día es más evidente que nunca que todo lo que ha logrado en democracia es llevar jóvenes vascos a un callejón sin salida lleno de coches bomba y cadáveres, y que termina en una tumba o en una celda de la prisión.

Sólo cuando sus pistolas se callen el pueblo vasco tendrá una posibilidad real de negociar, como los catalanes, libremente su propio futuro – suponiendo que los demócratas de Madrid estén dispuestos a escuchar.

[1] NdT: en euskera en el texto original.

Paddy Woodworth, THE IRISH TIMES (Irlanda), 21/7/2010