Cascos Azules

DAVID GISTAU-El Mundo

LOS ENGAÑOS son más osados cuanto más tonto cree uno que es la víctima. Sánchez, que tiene con el engaño una relación parecida a la del Tony Leblanc del timo de la estampita, ha de considerar muy tonta a su sociedad, tal es la osadía de sus engaños. De entre los cuales mi favorito no es la tesis, no, sino la costumbre de presentar como propias, entre grandes fanfarrias, leyes que le vinieron heredadas del Gobierno anterior y a las cuales se opuso en su momento.

Los pícaros están arraigados en nuestra cultura, que admira una mala interpretación de la listeza que sirve para cagar al prójimo. Eso está en el mus y a partir de ahí irradia. En ese sentido, Sánchez no es distinto de las innumerables personas a las que uno jamás compraría un coche de segunda mano. Pero ocurre que las maniobras del listo profesional se vuelven peligrosas cuando constituyen la praxis de los asuntos de Estado. La última gran muestra de engaño escandaloso la contienen esos 21 puntos ocultos, escamoteados a la opinión pública –escamoteadas ya las urnas–, de la reunión con Torra. Y entre los cuales se contemplaría una «mediación internacional» para el «conflicto» –cuánto metalenguaje batasuno– que, más allá de las patrullas de interposición de Cascos Azules en la ribera del Ebro, a lo mejor nos depara la deliciosa escena de ver a aquel Ram Manikkalingam verificando el desarme de la Guardia Civil. (Y Borrell, ¿qué piensa de esto?).

Otro punto oculto es el de «desfranquizar» España. Cáspita. El desfranquizador que la desfranquice. Otra vez la teoría de Iglesias, la de la permanencia lampedusiana, como si cada español escondiera con maquillaje un bigotito franquista trazado con carboncillo para cometer de noche sus fechorías fascistas. Toda la sociedad española sería la Quinta Columna de la democracia, sus cuadros, sus élites, los niños, las mascotas, los panaderos, usted y yo, enfermos que esperan la desfranquización como un poseído el exorcista. No se engañen. A lo que se refiere Torra es a desespañolizar España, pues se apoya para su coacción en el complejo de culpa autoimpuesto según el cual los términos España y franquismo son sinónimos. Así ocurre en la mitología nacionalista que la izquierda divina tantas veces se ha mostrado dispuesta a validar. Eso viene permitiendo que a España le den lecciones de democracia posterroristas y supremacistas regresivos mientras no cabe esperar del presidente fullero que levante un contrapeso moral, pues él, por poder, profanará lo que haga falta.