Francisco Sosa Wagner-Vozpópuli

¿No vemos cómo se aligera su condición de merluzos?

El cariñoso zarpazo de una ministra a un querido compañero de Gobierno ha consistido en atizarle el calificativo de «casi mala persona». Mala persona entera solo sería si perteneciera al atroz y feroz conservadurismo, pero, al compartir con ella aventura plurinacional, solidaria e inclusiva, se queda en «casi», un adverbio que resulta aliviador.

Merece la pena sacar partido al hallazgo de la señora ministra. La asendereada política española ganaría mucho explotándolo.

Las afirmaciones del «progre» no son profundidades sacadas de un pensamiento sentencioso, sino que son hueras charlatanerías, el resultado de la descomposición de una masa deforme de lugares comunes

Veamos el ejemplo del progresista y del «progre». Adelanto que una persona progresista merece respeto siempre que cumpla una condición: haber alicatado su pensamiento con lecturas escogidas y reflexiones propias. Si no es así, el progresista no es tal pues ha quedado devaluado a la condición grotesca de «progre».

Un «progre» es simplemente un botarate, un tarambana que repite, y además con desgarbo, lo que ha oído a su tertuliano de referencia o ha leído en el editorial de su periódico de cabecera. O peor, que ha aplaudido en un discurso de mitín, género oratorio que es bazofia de la democracia. Se trata de una «boca alquilada», expresión que usaba Jovellanos para aludir a los parientes remotos de estos destornillados. Porque las afirmaciones del «progre» no son profundidades sacadas de un pensamiento sentencioso, sino que son hueras charlatanerías, el resultado de la descomposición de una masa deforme de lugares comunes.

Pues bien, ¿no ganaríamos todos si, en lugar de tanto progre como hemos de soportar, estos fueran más humildemente casi-«progres»? ¿No vemos cómo se aligera su condición de merluzos?

Lo mismo podemos decir del separatista, es decir, de aquel pelmazo empecinado en prescindir del picante cosmopolita que la vida ofrece y preferir por el contrario rebozarse en lo insulso que tienen las malas hierbas de su huerto. Del sujeto que, en lugar de ver por encima de las bardas de su corral, achica su perspectiva a una geografía en abreviatura.

El «casi» comunista es el ibuprofeno, un remedio transitorio, pero remedio, mientras que el comunista de pieza entera es una malaventura en calamitoso estado de inflamación

¿No ganaría mucho ese separatista que tan incómoda nos hace la vida y cuya letanía de perpetuo descontento resulta tan aburrida, si le ponemos delante el «casi»? Si España se poblara de casi separatistas, no digo que habríamos llegado al edén de la paz y del contento, pero nadie me negará que conoceríamos la pequeña dicha del bálsamo. Un respiro de consuelo que nos permirtiría relegar su insoportable tabarra por algunos momentos que bien podríamos dedicar – más provechosamente- a escuchar una cantata de Bach.

Y lo mismo pasaría con el comunista si se conformara con ser «casi» comunista. Si este entusiasta de los grandes criminales de la Historia se relajara un rato, pongamos después de las comidas, y dejara de enumerar las lecciones teóricas de la lucha de clases, la dictadura del proletariado, el materialismo histórico, los modos de producción y similares monsergas y aceptara relegar su comunismo de parka sudada, a lo Marta Harnecker, a un rincón menos agobiante, todos saldríamos ganando. Podríamos decir que el «casi» comunista es el ibuprofeno, un remedio transitorio, pero remedio, mientras que el comunista de pieza entera es una malaventura en calamitoso estado de inflamación.

De donde se sigue que el «casi» de la ministra, probablemente empleado de forma inadvertida, como un efluvio llano de su destacada sesera, puede resultar una especie de manjar para el alma dolorida de esta España devastada y desvaída.