FRANCESC DE CARRERAS-EL CONFIDENCIAL

  • Los acuerdos pueden ser de dos tipos: un Gobierno «nacionalista» o uno de «izquierdas». Ninguno ofrece alternativas al callejón sin salida en el que está Cataluña
A una semana de las elecciones catalanas, los sondeos más fiables indican que todas las posibles coaliciones para formar Gobierno son de continuidad y no de cambio.

En efecto, por orden de probabilidad, los acuerdos pueden ser de dos tipos: un Gobierno «nacionalista», muy parecido al actual; o un Gobierno de «izquierdas», como el del Ayuntamiento de Barcelona más ERC. Ninguno ofrece alternativas viables al callejón sin salida en que está Cataluña desde hace ya muchos años. Una situación en la que no solo el mundo de la política, sino también la misma sociedad se van deslizando progresivamente hacia la decadencia económica, un progresivo malestar social, el latente conflicto civil y un indudable declive cultural.

El primer tipo de Gobierno, el nacionalista, estaría compuesto por JxCat (Puigdemont/Laura Borràs) y ERC (Junqueras/Aragonès), con las posibles ayudas parlamentarias de la CUP y del PDCat (Mas/Àngels Chacón), el partido más parecido a la antigua CiU. Entiendo que para cualquier lector algunas de estas siglas, y otras de ese ámbito que se podrían añadir, sean indescifrables. Ello es debido al fraccionamiento del nacionalismo durante los cinco últimos años, especialmente tras los sucesos de 2017: la fuga de Puigdemont y los suyos, por una parte, y el proceso de los que fueron juzgados por el Tribunal Supremo o la Audiencia Nacional.

Ninguno ofrece opciones viables al callejón sin salida en que está Cataluña desde hace ya muchos años

En todo caso, está claro que hay dos troncos básicos, JxCat y ERC, que representan a la mayoría de lo que se denomina «independentismo». También es curioso que los aspirantes a presidentes de la Generalitat (Borràs, Aragonès, Chacón) no sean muy conocidos y pocos años atrás fueran perfectamente desconocidos. Quienes los tutelan (Puigdemont, Junqueras, Mas), todos ellos hasta hace poco altos cargos de la Generalitat, en tiempos pasados, pero recientes, tutelan a sus cachorros al no poderse presentar por motivos judiciales. Por esto pongo entre paréntesis, y para que se aclaren los lectores, el apellido del protector y del protegido separados por una barra. Debo añadir a este enrevesado panorama el insólito caso de la CUP –nacionalistas anticapitalistas y asamblearios–, cuya candidata a presidir la Generalitat, Dolors Sabater, no estuvo presente en el debate de TVE de hace ocho días porque, al parecer, sus posiciones no son coincidentes con la mayoría de su partido.

Además, el intento de aplazamiento electoral por parte del actual Gobierno de la Generalitat mediante un decreto carente de todos los requisitos jurídicos necesarios y anulado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, cuando ya había comenzado la campaña electoral, ha añadido confusión al elector. Encima, las actuales dificultades para cubrir los puestos de presidente y vocal de las mesas electorales siembran aún más desconcierto, si cabe, a todo el asunto.

Todo ello muestra el carácter extraño e inédito de estas elecciones, que está provocando en los electores de todos los partidos muchas dudas a la hora de escoger el voto y que puede tener como consecuencia una elevada abstención, en contraste con la alta participación de los comicios anteriores de 2017: de más del 80% de participación parece que se pasará, según los sondeos, alrededor del 60 por cien, veinte puntos de diferencia que pueden ser claves en el resultado final. Por tanto, toda cautela en los vaticinios es poca y esta semana próxima puede ser decisiva.

Menos probabilidades de estar en condiciones de formar Gobierno es el posible acuerdo parlamentario entre ERC, PSC y Comunes (la versión catalana de Podemos). A este posible pacto lo hemos denominado «de izquierdas» para darle un nombre, pero se trata de una rara combinación entre un partido independentista de los años 90 (ERC), un partido socialdemócrata homólogo del PSOE actual (PSC) y un partido populista al modo actual. En efecto, una mezcla curiosa que tiene vagos antecedentes en los tripartitos de Maragall y Montilla, por un lado; y por otro es semejante, sobre todo, a las coaliciones de determinados ayuntamientos catalanes, en especial el de Barcelona dirigido por Ada Colau, hoy visiblemente desacreditado.

Esta posible coalición parlamentaria «de izquierdas» para formar Gobierno, reforzada por la sorprendente irrupción de Salvador Illa como candidato socialista en sustitución de Iceta, que ha pasado a ministro, tiene otra derivada de interés: reforzaría al Gobierno de Pedro Sánchez con una composición parecida y, sobre todo, un apoyo parlamentario, imprescindible en los casos decisivos, de ERC.

Por tanto, quien vota a Illa, persona de indudables cualidades personales, debe saber que está votando también a Podemos, en España y en Cataluña, y a ERC, además de al PSOE de Sánchez y al Gobierno que él preside.

La posible coalición «de izquierdas» reforzaría al Gobierno de Pedro Sánchez, con un apoyo parlamentario, imprescindible, de ERC

Total, sufridos lectores, estas elecciones no solo son elecciones catalanas, sino que tienen también claras repercusiones para el resto de España. Si gana el bloque nacionalista, ‘ho tornaran a fer’, no les quepa duda, no sé en qué forma y modo, pero lo volverán a hacer. Si gana el bloque «de izquierdas», se reforzará al Gobierno Sánchez en sus peores aspectos: las cesiones a los nacionalistas catalanes y vascos, tramitadas por Pablo Iglesias, contribuirán al desorden generalizado para poner en cuestión nuestro sistema constitucional.

Ya se ha comprobado que el famoso ‘seny’ catalán es el mito más desprestigiado de la historia. Solo una masiva participación de aquellos catalanes sensatos que salieron a la calle el 8 de octubre de 2017 podría evitar que en esta Cataluña tan lamentablemente sentimental tuviéramos, tras estas elecciones, más de lo mismo.