Cristian Campos-El Español 

Las imágenes de docenas de primates lanzándole cochambre al diputado francés Stéphane Claireaux en la puerta de su casa son un avance de lo que ocurrirá en España si los antivacunas y demás zumbados conspiracionistas logran trasladar al Parlamento la chatarra intelectual con la que inundan hoy las redes sociales.

En las cabezas de los de la conspiración judeomasónica internacional, es decir, en las de esa extrema derecha que ve nuestro país como un campo de batalla en el que los destripaterrones de un lado y del otro deben turnarse cada cuatro años para linchar al librepensador de turno, ahora les toca a ellos rellenar las cunetas con españoles.

Empezarán seguro por los de la tercera España, que son los que realmente les tocan las narices, y dejarán a los de la otra para el final. Entre Arrimadas y Echenique, es ella la que se lleva el 99% de su odio. Media España tiene antojo de 1936, y PP y PSOE parecen dispuestos a complacer ese antojo renunciando a cualquier fórmula que no pase por apisonar el centro y blanquear a los asilvestrados de sus extremos, ese tumor bobo del bipartidismo (como los nacionalismos vasco y catalán son el tumor bobo del franquismo).

Las cunetas siempre han sido los canelones de carne humana de ese festín para cuadrúpedos mentales que es la batalla cultural española. Pocos han entendido que cuando Cayetana Álvarez de Toledo llama a dar dicha batalla está hablando de algo muy diferente a lo que entienden por ello los populistas españoles.

Pero el debate en España está hoy monopolizado por unos tipos que creen que las vacunas son un experimento, por otros que creen que el sexo es electivo y por otros que creen que el socialismo funciona. El más listo de esa tropa no te da ni para varear olivos con un mocho, pero ahí andan, abriendo los telediarios día sí, día también.

Un solo ejemplo del delirio. El nuevo Cid Campeador de la España matamoros es hoy un serbio multimillonario que cree en la telepatía. Y un segundo ejemplo. Rafa Nadal ha pasado de héroe de la España eterna a sicario del globalismo trans-antifa-sostenible por decir que los adultos deben asumir la responsabilidad de sus decisiones. Una herejía, a lo que se ve. Así de alto cotiza hoy el IBEX-35 de las mentecateces.

Porque no hay hoy majadero en España que no proclame en las redes sociales con la solemnidad de un Nietzsche del pilón y mientras te enseña las muelas eso de “¡NO HABÉIS ENTENDIDO NADA! ¡LA TORMENTA SE ACERCA! ¡UN NUEVO MUNDO ESTÁ NACIENDO!”. No, el que lo ha entendido todo es él, que tuitea desde la taza del váter. Como para hacerle caso, al Bob Woodward de los inodoros.

En realidad, no hay nada que entender porque todo esto ya lo hemos vivido antes. Pero estos iluminados creen que el fascismo epistocrático saldrá bien esta vez. “Es que no se ha aplicado bien en el pasado” dicen. La monserga les sonará. La mejor de las opciones es que sólo sean unos caraduras que pretenden barrer de la vera de la teta del Estado a los chupópteros de la izquierda para ponerse ellos a mamar con fruición. La peor, que sean unos infantiloides convencidos, como Alberto Garzón, ese pobre hombre humillado que vive en un crossover de la Revolución de Octubre y Bambi.

Como doy por perdida a la izquierda, presa de ese nacionalsocialismo à la page que son las políticas de la identidad, lo que me preocupa es lo que pueda hacer Pablo Casado para evitar que se repita la misma historia de Pedro Sánchez con EH Bildu, ERC y Unidas Podemos, pero con Vox en el papel de sidecar de los melones del Gobierno.

Yo siempre digo lo mismo: Pablo Casado sería mejor presidente que candidato, pero el orden habitual de esos factores no es el que conviene a sus intereses.

Pablo Casado tiene más problemas. Uno de ellos es que al menos dos de sus barones, Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo, han dado ya con la fórmula para mantener a Vox en la irrelevancia. Y en este contexto “irrelevancia” quiere decir “fuera del Gobierno porque el PP ha sumado más que toda la izquierda junta”.

Otro de esos problemas es que esos dos barones pueden ser pronto cuatro y dejar a Génova como la única baronía popular de calado incapaz de resistir el empuje de Vox en los sondeos. La táctica de buscar victorias à la Ayuso para acabar demostrando que “no es Ayuso, sino el PP” tiene un riesgo y es el de que los votantes populares acaben deduciendo que “es el PP, no Casado” a la vista de que los únicos sondeos que se le resisten al PP, y en los que Vox no deja de crecer, son los nacionales.

He hablado dos veces con Pablo Casado en eso que se suele llamar “un contexto informal”. Esas conversaciones eran off the record y ahí se van a quedar. Pero las dos veces salí de ellas con la misma sensación: la de que Casado podría ganar las elecciones sin excesivos problemas si hablara en público tal y como habla en privado. Es el Pablo Casado que se atisbó durante las primarias frente a Soraya Sáenz de Santamaría y que desapareció tan pronto como saltó al campo para jugar a un deporte al que Pedro Sánchez acababa de cambiar todas las reglas.

Vox no es un inevitable histórico. A favor de los de Santiago Abascal juega su condición de lienzo en blanco para las fantasías de sus votantes. Fantasías que se evaporarán en cuanto Vox entre en algún gobierno y se compruebe que su margen de acción es el mismo que el de Unidas Podemos: el del sabotaje de algún sector esencial en la cosmovisión de sus rivales políticos. Que ese sector sea más o menos antipático, sectario o parasitario no cambia lo esencial. Vox es sólo una fuerza de choque ideológico.

Ya hay sondeos que le dan un 20% a Vox. Con un Vox en 70-80 escaños y un PP en 95-105, el pacto entre Casado y Abascal no sería el de Pedro Sánchez con Pablo Iglesias, sino uno en el que algunos de los ministerios medulares fueran a parar a manos de Vox. ¿Qué concederá Casado entonces? ¿Interior? ¿Economía? ¿Exteriores? ¿Hacienda? ¿Defensa? ¿Justicia? 

Casado no debe tomar decisiones en función del miedo a que la izquierda española le monte un Chile a su Gobierno. Pero la posibilidad está ahí y debe tenerse en cuenta porque la pulsión autodestructiva está en los genes de la izquierda. España, en cuyo seno medran tres bloques rocosos (el rojo, el azul y el negro de los nacionalismos), no puede permitirse que los tres se instalen en el guerracivilismo. Dos sí. Tres no.

Génova ha sellado la paz con Isabel Díaz Ayuso y ese es el primer indicio de inteligencia estratégica que deja entrever el partido desde el 5 de mayo de 2021. Su objetivo ahora es el de demostrar que Pablo Casado es tan capaz como sus barones de mantener en su suelo electoral (un 10%) a Vox. Ahora ronda el 18% a nivel nacional. Ese 8% lo ha de reducir a pulso el presidente del PP durante los próximos 12 meses.

Si Casado no lo consigue, España será ingobernable. Y ahí es donde Casado debe dar la talla de presidente antes de ser investido presidente. Porque si no puede con Vox desde la oposición, mucho menos podrá desde el Gobierno y con los abascales atesorando el doble de escaños que los que hoy tienen los garzones y las yolandas. 

Cerrado el caso Ayuso, Casado debe ahora centrarse en el caso Vox. Solucionado este, el caso Sánchez será pan comido para él.