Miquel Escudero – Catalunya Press

La Real Academia Española da siete acepciones de la palabra ‘crisis’. La cuarta es: “Situación política en que uno o más miembros del Gobierno han dimitido o han sido destituidos”. Aquí en España, nada de nada: risotadas, prepotencia, palabrería, fatuidad, ineficacia. Nadie del Gobierno ha hecho mal nada y sólo una funcionaria ha sido cesada: porque avisó de que cerca de cincuenta mil personas habían atravesado ya la frontera sin control alguno (lo propio de una república bananera). La razón comunicada de su cese es la ‘pérdida de confianza’ por no guardar el silencio debido. He dicho que nadie de ellos lo ha hecho mal, porque el Reino de Marruecos es un socio fiable y el Gobierno, como siempre, ha reaccionado de forma incomparable: no recibió ni informes ni avisos de los Servicios de Inteligencia acerca de la entrada en España de unas 80.000 personas descontroladas. O estos Servicios son absolutamente incompetentes o miente el Gobierno, lo que es costumbre; y, por esto, es lo más probable. En cualquiera de ambos supuestos corresponde cesar a los responsables, lo que está vetado. ¿Por qué? Porque quienes reparten la sacrosanta etiqueta de progresista son una casta de privilegiados fiables y tienen patente de corso.

El reciente paso de tuerca de maltrato sostenido a la ciudadanía ceutí está impregnado de palabras huecas y engañosas, no de acciones limpias de restitución. Para recuperar la esperanza, hay que luchar sin rendirse. Hay que rebelarse contra el lenguaje congelado y falaz.

Quien más quien menos, ‘todos’ hemos comprado unas gafas para ver (como si fuera una obligación o una oportunidad que no se podía dejar perder) el deslumbrante y fugaz espectáculo del eclipse solar del pasado 12 de agosto. Unas gafas que, siendo ‘buenas’, no dejaban ver nada que no fuera la oscuridad, salvo si nos aparecía el Sol eclipsado por la Luna durante unos segundos. Eclipse es una palabra griega que significaba ‘desaparición’. Sirve como metáfora del desvanecimiento de nuestra realidad social, a causa de un espejismo que nos alimenta la sinsustancia, ignorantes de que siempre la libertad y la igualdad pueden perderse. En el caso de Ceuta no hay (ni ha habido) disuasión, ni prevención, ni una respuesta militar adecuada y proporcionada a una agresión desarmada como la sucedida.

La invasión de Ceuta se produjo por mar, desde Marruecos. Oleadas y oleadas de personas que iban sólo con lo puesto, se saltaron a la torera la frontera. Una película de terror, con miles y miles de jóvenes y niños, no menos de cien muertos en la acción y unos cuantos bebés rescatados de las aguas por la Guardia Civil. Pero no huían de la guerra ni de una hambruna. ¿Iban con la conciencia de ocupar ‘su’ ciudad? Parece que, mayoritariamente, no. Pero sí quienes los enviaron y manipularon, y tienen al Gobierno Sánchez como cómplice por omisión y desatención. El asunto es que Ceuta, no digamos Melilla, tiene alto riesgo de pobreza y necesita mucha inversión económica, lejos de recibirla está siendo sacudida sin piedad. Se estima que todavía vagan por ella en torno a uno de cada ocho de los invasores que irrumpieron este mes. No se quieren ir y tampoco los repatrían (resuena la ridícula grandilocuencia de Albares; no se le cae la cara de vergüenza). Marruecos no les da comida ni bebida, se las tienen que dar organizaciones de aquí. Y una pregunta que nadie hace en voz alta: ¿Dónde hacen sus necesidades fisiológicas? Todo está fuera de control.

Sánchez acaba hoy sus largas vacaciones en la Mareta (la mansión de Hussein de Jordania que regaló al rey Juan Carlos, y que éste donó al Patrimonio Nacional); a diferencia de otros presidentes europeos, el nuestro veranea a cuerpo de rey. Pero el Gobierno Sánchez no autoriza a los Reyes a visitar la ciudad traumatizada. Por otro lado, la autoritaria ministra García niega que haya colapso en la Sanidad de Ceuta (¡cómo no puede haberlo!) y tiene el descaro de sermonear dando inapropiadas lecciones contra la xenofobia. No se puede reclamar serenidad cuando no hay firmeza para devolver a todos los que se han quedado de forma irregular, que todo lo invaden y todo lo alteran. ¿Por qué este Gobierno no tiene la voluntad de exigir a Marruecos que recoja a los suyos, incluidos los que pueden perder el curso escolar?

Una palabra para el abogado y economista Figaredo, diputado de Vox. Tuvo la ocurrencia de sostener con vehemencia repetida, que había que cazar y pescar a los invasores que permanecen en tierra. Es una expresión repugnante por tratarse de seres humanos y no admite disculpa; sólo está reservada para los animales. Más allá de las grandes diferencias que guardan entre sí los seres humanos, sólo hay una raza que consiste en la condición de persona, común a todos ellos. (Seguirá)